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Lo cubano más allá de la moda

Pedro de la Hoz

Cuarenta y siete semanas consecutivas lleva el disco Buenavista Social Club entre los diez títulos de música latina más vendidos en los Estados Unidos y Canadá, según la prestigiosa revista Billboard. Anclado en el séptimo puesto en la apertura de septiembre, esa producción discográfica, que como se sabe obtuvo el último Grammy en la categoría de música tropical, comparte el honor de figurar la misma cantidad de semanas en la exigente lista de los 50 éxitos latinos de Billboard con la producción Afrocuban All Stars, en la que coincidentemente participan parte de los intérpretes de Buenavista...

Solamente tres discos superan a los registros cubanos, Exitos y recuerdos, de Selena (61 semanas); Me estoy enamorando, de Alejandro Fernández (49) y Sobre el fuego, de India (48). World Circuit, la misma compañía que ha promovido los proyectos de Juan de Marcos González, ex integrante de Sierra Maestra, quien tuvo la idea de interesar a Ry Cooder en rescatar la música popular tradicional cubana, acaba de entrar con un tercer elemento en la lista: un disco grabado en La Habana hace poco con el maestro Rubén González como protagonista.

Llama la atención que estas posiciones hayan superado a las opciones comerciales del llamado pop latino entre las que se encuentran grabaciones de Alejandro Sanz, Luis Miguel, José Luis Rodríguez y Ricardo Arjona.

Si a todo esto sumamos el impacto de las giras de orquestas cubanas por diversos puntos del territorio norteamericano y el canadiense, en las que no solo pesa lo tradicional, como Cubanismo, la orquesta eventual creada por Jesús Alemañy, o Compay Segundo y la Aragón, sino también la creación contemporánea bailable (elocuentes los éxitos de Los Van Van, NG la Banda, Revé e Issac Delgado en los dos últimos años) y, por supuesto, el jazz, a partir del cada vez más amplio reconocimiento a Chucho Valdés e Irakere, sin olvidar los recientes sucesos de Maraca y Otra Visión y Mezcla, se puede tener una idea de la reinserción de los valores de la música cubana en el panorama actual de la industria cultural.

No debe obviarse, desde luego, el factor coyuntural. Después de un largo paréntesis en el que las raíces cubanas, bien afincadas en la comunidad hispanonorteamericana, no tuvieron un contacto directo con la cultura viva de esa nación, afectada por la implacable guerra económica de sus gobiernos contra Cuba, los 90 han abierto una nueva oportunidad matizada por dos singularidades: el auge del multiculturalismo como realidad asumida por cada vez más vastos sectores de la sociedad estadounidense y el interés por descubrir lo que había sucedido en verdad con la música insular en las décadas de  distanciamiento.

Es curioso el hecho de que el hielo haya sido roto por los circuitos alternativos de la industria fonográfica, que han sabido aprovechar los resquicios de una legislación diseñada para abortar cualquier posibilidad de negocios con Cuba. Tanto en el caso de los discos como en el de las presentaciones en vivo, los autores y músicos cubanos están obligados a insertarse en fórmulas de intercambio no lucrativas. World Circuit, Hannibal, Qbadisc, Ahinamá, Tumi, entre otros sellos, han tomado una iniciativa a la que respondieron los "inventores" de la salsa, Ralph Mercado y Jerry Massucci, y que ha originado la avidez de las grandes transnacionales (BMG, Warner, Universal et al) por el producto cubano.

Algunos han querido ver en este boom de nuestra música una moda o una operación nostalgia y les asiste una cuota de razón, pues en la industria cultural la promoción juega con esos recursos. Pero, al final del cuento, la sintonía rebasa esos presupuestos sobre la base de las siguientes evidencias: la cualidad de los géneros (son, guaracha, bolero, danzón) para renovarse y expresar sensibilidades contemporáneas aun en sus formas más tradicionales, la multiplicidad funcional de los productos sonoros, la coherencia evolutiva, y la capacidad para relacionarse con otras músicas sin perder su identidad.

Comoquiera que para la industria cultural, la crítica y, sobre todo, el público, no ya el hispano sino el anglosajón, no ha pasado inadvertida esa dimensión de la música cubana, los términos de su presencia adoptan un carácter de permanencia. Lo que en un momento quizá haya parecido una golondrina, es una nutrida bandada.

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