NACIONALES

Ethel y Julius Rosenberg

"Nuestro respeto por la dignidad
humana no está a la venta"


PEDRO A. GARCIA

Años después de la caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS, ante un periodista norteamericano, Alexandr Feklisov, ex coronel de los servicios de inteligencia soviéticos, mientras paladea su vaso de té con limón, sonríe por la exuberante imaginación del reportero, quien imagina a los Rosenberg como espías del celuloide, mezcla de Stirlitz, James Bond y Arkady Renko.

Así, separados por rejas, los mantuvieron hasta el momento de su ejecución.

Para evitar malentendidos, Feklisov habla lentamente, como escogiendo las palabras: "Julius Rosenberg no sabía nada sobre la bomba atómica, no pudo ayudarnos. Y aun así lo mataron". El periodista indaga sobre Ethel: "Ella nada tenía que ver con el asunto -responde el ex coronel-, era completamente inocente. Creo que sabía algo de las actividades políticas del esposo, pero por saber, solo por eso, no se mata a la gente".

ENCRUCIJADA DE ODIOS

Para entender el proceso de los Rosenberg, hay que remontarse a la realidad norteamericana de los años subsiguientes al fin de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo, después del llamado de Churchill a la cruzada anticomunista. En EE.UU. comenzó a hablarse con fuerza de la "infiltración bolchevique" en los medios intelectuales, especialmente en el mundo del cine.

En 1947, se había estrenado la película Crossfire (Encrucijada de odios), un canto al antirracismo y al antisemitismo; curiosamente, el director y uno de los guionistas de la cinta fueron llevados con ocho cineastas más al Comité de Actividades Antinorteamericanas. La cacería de brujas había empezado.

Estas diez notables personalidades se negaron a contestar si eran comunistas o no porque tal pregunta en un tribunal violaba el derecho constitucional de libertad de pensamiento. El Congreso de los EE.UU. hizo caso omiso de la Carta Magna y autorizó a los jueces a condenarlos a penas de cárcel por desacato.

A partir de esta condena, la cacería de brujas alcanzó a actores y actrices. Al diccionario cinematográfico se incorporó el vocablo "blacklisted", es decir, integrante de la lista negra que invalidaba trabajar en el cine. A Lee Grant, cuyo debut en Detective Story (Antesala del infierno) fue calificado de actuación brillante, por aparecer en el siniestro listado, no la llamaron a hacer cine en Hollywood durante los doce siguientes años.

Peor suerte corrió Abraham Polonsky, realizador de Force of evil, una joya del cine negro. Tanto él como su esposa, maestra en una escuela californiana, fueron incluidos en la lista negra. A ella la cesantearon por ser la cónyuge de un blacklisted. Después de 21 años y por intercesión de Robert Redford, Polonsky volvió a Hollywood para dirigir Tell them Willie Boy is here.

De 1947 a finales de 1953, Hollywood vivió en una encrucijada de odios. Un personajillo como el guionista Martin Berkeley obtuvo fama al denunciar a 154 compañeros de trabajo. Pronto tendría seguidores, aún peores, en otros medios intelectuales.

ANATOMIA DE UN ASESINATO

Cuando la URSS detonó en 1949 su primera bomba atómica, en EE.UU. se desató una campaña propagandística que intentaba demostrar que solo mediante el espionaje los soviéticos pudieron obtener el secreto atómico.

Un físico, Klaus Fuchs, confesó "voluntariamente" haber suministrado información a la URSS sobre la bomba atómica. Un químico de Filadelfia, Harry Gold, reconoció "voluntariamente" haberse reunido con Fuchs y mencionó un soldado, David Greenglass, como perteneciente a la red de espionaje. Greenglass, a su vez, delató a su cuñado, Julius Rosenberg, como el jefe de la red.

Julius fue detenido; luego corrieron igual suerte su esposa Ethel y Martin Sobell, ingeniero de profesión. Tras 21 días de juicio, los Rosenberg fueron condenados a la silla eléctrica; Sobell, a 30 años de cárcel.

A Sobell lo defendió un jurista amigo, experto en bienes raíces. "Mi esposa tocó en la puerta de los grandes abogados, pero sin resultado", recordaría años después. "Algunos amigos cruzaban la calle cuando me veían llegar, solo para evitar ser vistos conmigo", testimoniaría su esposa. "Si alguien tenía problemas, sus amigos se retiraban. La gente tenía miedo", añadía Sobell.

Solo en una atmósfera tal de miedo puede conseguirse, con pruebas tan endebles, la condena a muerte de dos seres humanos. El famoso croquis de la bomba atómica, supuestamente entregado a Julius, fue analizado por los especialistas. "Esto solo pudo haber engañado a un niño -comentó irónicamente Albert Einstein-, ya que serviría perfectamente bien de trampa para cazar ratones".

El gobierno de Eisenhower, que había heredado de la administración anterior la condena a muerte de los Rosenberg, no estaba muy seguro de la legalidad del proceso. El 3 de junio de 1953 les propuso a los sancionados el indulto "si confesaban su culpabilidad". "No nos prestaremos a purificar el sucio expediente de un fallo fraudulento y una sentencia bárbara -replicaron Julius y Ethel-, (...) Nuestro respeto por la verdad, la conciencia y la dignidad humana no está a la venta".

Aún así, la administración Eisenhower mantuvo sus esperanzas de una retractación e hizo colocar un teléfono en la sala de ejecución conectado con la Casa Blanca. Trataron de socavar la entereza de Ethel, dada su condición de madre de dos niños pequeños, y le ofrecieron la libertad si cooperaba. "Mi marido es inocente como yo misma lo soy -reiteró en más de una ocasión-, no habrá fuerza de separarnos en la vida ni en la muerte".

Entre las ocho y las nueve de la noche del 19 de junio de 1953, el teléfono conectado a la Casa Blanca solo sonó una vez: para comunicarle al presidente Eisenhower que Julius y Ethel Rosenberg habían afrontado con dignidad la muerte.


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