CAMAGUEY.-El Festival Nacional de las tablas le rindió homenaje por
sus 30 años a Teatro Escambray, nombre emblemático en la historia de la escena nacional.
A esta agrupación, asentada en las estribaciones del lomerío villaclareño, se le
atribuye el mérito de haber sido una institución escuela, a lo largo de su existencia.
Es cierto que ahora el grupo no guía sus contenidos y estética por la impronta de los
años 60: En aquella fecha -con Sergio Corrieri al frente y Gilda Hernández como uno de
los brazos decisivos, entre otros fundadores- de la propia realidad salían los argumentos
de las obras.
En la documentación de Teatro Escambray, y en la memoria de mucha gente, están
recogidas aquellas obras resultantes directas de las investigaciones de terreno: desde La
Vitrina, de Albio Paz, estrenada en 1971 pasando por El juicio, de Gilda Hernández,
aparecida dos años después, hasta Ramona, de Roberto Orihuela, de 1977, por solo citar
tres piezas altamente significativas. En esta primera etapa, si se pudiera hablar por
cortes de la trayectoria del grupo, son llevados a escena los dos problemas fundamentales
del campesino: la tierra y las nuevas formas de convivencia social.
Luego entró una época también sobre la base de cierto realismo estético, pero
temáticamente más allá de los confines del macizo montañoso: en los años 80, entre
otros importantes títulos, fue Molinos de viento, de Rafael González, el que más
polémica suscitó.
Los 90 le plantean el gran reto a la agrupación; algo así como ser o no ser al
cambiar no sólo las estructuras organizativas del teatro cubano, sino además la propia
práctica de reflejar centralmente la vida del entorno más inmediato. Con esto último,
el país entra en difíciles condiciones económicas que le recortan a Teatro Escambray el
concepto itinerante de representación.
Pero el colectivo prefirió seguir existiendo, incluso asentado en La Macagua, a 42
kilómetros de Santa Clara, donde desde el inicio se construyó su campamento y todavía
gestan y crecen las obras allí. En esta etapa se alejan del drama realista anterior y se
adentran en poéticas regulares del movimiento teatral del país.
Pero, en honor a la verdad, Teatro Escambray siempre tuvo una visión amplia de
repertorio y creó un público a lo largo de toda la Isla. Ahora se presenta aquí fuera
de concurso con cuatro puestas: Paloma negra (1994), escrita por el propio director
general, con un amplio reparto en el que participan jóvenes de nuevo ingreso en el grupo;
Como caña al viento, de y por Carlos Pérez Peña, quien ya suma 28 años en la nómina
del Escambray; y La pobre rica y Doctor sabelotodo, con dirección de Orisel Gaspar;
espectáculos unipersonales estos tres últimos.