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30 años de Teatro Escambray

Jorge Ignacio Pérez

CAMAGUEY.-El Festival Nacional de las tablas le rindió homenaje por sus 30 años a Teatro Escambray, nombre emblemático en la historia de la escena nacional.

A esta agrupación, asentada en las estribaciones del lomerío villaclareño, se le atribuye el mérito de haber sido una institución escuela, a lo largo de su existencia.

Es cierto que ahora el grupo no guía sus contenidos y estética por la impronta de los años 60: En aquella fecha -con Sergio Corrieri al frente y Gilda Hernández como uno de los brazos decisivos, entre otros fundadores- de la propia realidad salían los argumentos de las obras.

En la documentación de Teatro Escambray, y en la memoria de mucha gente, están recogidas aquellas obras resultantes directas de las investigaciones de terreno: desde La Vitrina, de Albio Paz, estrenada en 1971 pasando por El juicio, de Gilda Hernández, aparecida dos años después, hasta Ramona, de Roberto Orihuela, de 1977, por solo citar tres piezas altamente significativas. En esta primera etapa, si se pudiera hablar por cortes de la trayectoria del grupo, son llevados a escena los dos problemas fundamentales del campesino: la tierra y las nuevas formas de convivencia social.

Luego entró una época también sobre la base de cierto realismo estético, pero temáticamente más allá de los confines del macizo montañoso: en los años 80, entre otros importantes títulos, fue Molinos de viento, de Rafael González, el que más polémica suscitó.

Los 90 le plantean el gran reto a la agrupación; algo así como ser o no ser al cambiar no sólo las estructuras organizativas del teatro cubano, sino además la propia práctica de reflejar centralmente la vida del entorno más inmediato. Con esto último, el país entra en difíciles condiciones económicas que le recortan a Teatro Escambray el concepto itinerante de representación.

Pero el colectivo prefirió seguir existiendo, incluso asentado en La Macagua, a 42 kilómetros de Santa Clara, donde desde el inicio se construyó su campamento y todavía gestan y crecen las obras allí. En esta etapa se alejan del drama realista anterior y se adentran en poéticas regulares del movimiento teatral del país.

Pero, en honor a la verdad, Teatro Escambray siempre tuvo una visión amplia de repertorio y creó un público a lo largo de toda la Isla. Ahora se presenta aquí fuera de concurso con cuatro puestas: Paloma negra (1994), escrita por el propio director general, con un amplio reparto en el que participan jóvenes de nuevo ingreso en el grupo; Como caña al viento, de y por Carlos Pérez Peña, quien ya suma 28 años en la nómina del Escambray; y La pobre rica y Doctor sabelotodo, con dirección de Orisel Gaspar; espectáculos unipersonales estos tres últimos.

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