EDITORIAL

Por eso y para eso somos seres humanos

DESDE HACE meses el país enfrenta una intensa sequía, considerada como de las más graves que se hayan padecido, y en algunas provincias orientales ha sido mucho más severa por sumarse a la escasez de lluvias de etapas precedentes.

De su impacto en el abasto de agua a la población, la agricultura cañera y no cañera, la ganadería, las presas y la acuicultura, se ha estado informando a nuestro pueblo, como también de las medidas que se han ido tomando local y centralmente para enfrentar los efectos de este fenómeno meteorológico que, a pesar de aguaceros y hasta tormentas eléctricas esporádicas que se han producido en las dos últimas semanas por alguna que otra región, continúan siendo serios pues, en lo esencial, no ha cambiado el panorama de las principales cuencas y fuentes suministradoras.

Recientemente se dieron a conocer asimismo las decisiones emergentes adoptadas por la alta dirección del Partido y el Gobierno para aliviar al máximo la falta de agua que sufre la población en muchas localidades y reducir al mínimo posible las afectaciones en la producción de alimentos agropecuarios y acuícolas.

Esos acuerdos, como se publicó, han significado asignar más de 50 millones de dólares de las reservas con que cuenta el país, tanto en recursos materiales adicionales (equipos, combustibles, fertilizantes y otros insumos) que se han estado distribuyendo para respaldar las acciones puestas en marcha por la Agricultura, la Pesca, Recursos Hidráulicos y los órganos locales de la Administración, como para la adquisición de alimentos con destino a la población de las provincias y municipios con situaciones más críticas, y poder asegurar las cuotas de arroz y leche en lo que resta del año, por la disminución de esas producciones nacionales a causa de la sequía.

Cuando se conocen las dificultades económico-financieras del país, como nos pasa a los cubanos ya que, además de vivirlas en nuestras actividades cotidianas -laborales, familiares y personales-, somos informados con frecuencia por nuestros más altos dirigentes del Partido y el Gobierno, se aprecia mejor la trascendencia que comportan decisiones de este tipo, máxime cuando para nadie es secreto que el país no dispone de las ventajas crediticias que se otorgan a otras naciones ni produce las divisas suficientes con qué encarar simultáneamente todas las necesidades básicas.

Es de imaginarse, por tanto, las ocasiones en que hay que optar por uno entre varios requerimientos a la hora de asignar determinados recursos.

Pero, además, hechos de este tipo, casi por sí solos -si no hubiera otros muchísimos que existen y que a veces hay quienes subestiman por considerarlos derechos adquiridos-, corroboran la justeza de nuestro sistema y la suerte de contar, por la propia preeminencia de la propiedad estatal sobre los bienes fundamentales de la nación, con un Estado capaz de acudir de inmediato en apoyo de los necesitados, y disponer de recursos y reservas centralizadas, aunque sean limitadas, para afrontar situaciones de esta envergadura.

No es este un caso aislado. Quizás por ello hasta nos pase inadvertido, sobre todo a quienes no hayan tenido que pasar por estos trances. Tal vez no sean los daños por sequía los más característicos, aunque de ellos pudieran hablar muchos campesinos que por esta causa perdieron cosechas y plantaciones y fueron protegidos por el Estado.

Sobran los ejemplos, desde los más tempranos años de la Revolución, en que no se desamparó a ningún damnificado a consecuencia de los estragos de otras catástrofes naturales. De la ayuda brindada por las afectaciones de ciclones, temporales, inundaciones, penetraciones del mar pueden testimoniar decenas, cientos de miles de familias de la ciudad, del campo, de la montaña.

¿Quién no recuerda el Flora, el Alma, el Frederick, el Kate, el Lili, las sucesivas penetraciones del mar por el litoral norte habanero...? ¿Cuántos no han visto arrasadas o dañadas sus viviendas, volados sus techos, desaparecidos sus bienes esenciales... y, además de la ayuda inminente, más tarde o más temprano se les han facilitado los medios para resarcir lo perdido?

Y ¿cuántos países, hasta con mayores riquezas que el nuestro, pudieran decir lo mismo ante situaciones similares? ¿Cuántos pueblos tienen la certeza de que ante un desastre natural, sus gobiernos asistirían a aquellos que más pierden en lo inmediato, incluso posteriormente? De lo ocurrido en algunos de ellos son testigos miles de nuestros médicos, enfermeras, constructores, que han formado parte de brigadas de ayuda a varias naciones en tales circunstancias, como expresión de la solidaridad militante de Cuba, que tampoco ha faltado a otros pueblos ante catástrofes naturales o trágicos accidentes.

Las generaciones de cubanos que ya pasan de la llamada tercera edad, los que fueron testigos de lo sucedido en nuestro país antes de 1959, tienen por su propia experiencia personal mayor ventaja para aquilatar el valor de una respuesta gubernamental como la que hoy está produciéndose en el territorio oriental, o como la que nos hemos acostumbrado a recibir en cada momento necesario gracias a la Revolución.

Para los más jóvenes, a quienes afortunadamente les falta memoria histórica de estas realidades y solo han vivido las bondades de la obra revolucionaria, todo esto suele percibirse como algo natural, tan normal como admitir que son hijos de otros tiempos en que el destino de unos se convirtió en deber de todos.

Lo cierto es que podemos exhibir, con el mismo orgullo con que mostramos nuestros logros en otras esferas y lo que hemos sido capaces de alcanzar en estos últimos difíciles años, que por complejas que sean las circunstancias, los cubanos no estamos desamparados.

Ello reafirma la vigencia de la ideología revolucionaria, uno de cuyos postulados esenciales recordó Fidel en su reciente visita a Granada:

"Todos los seres humanos somos iguales, nadie tiene derecho a ser indiferente al dolor y a los sufrimientos de los demás. Cada hijo de cada familia tiene que ser como hijo de la propia familia; cada hermano de otra familia tiene que ser como nuestro propio hermano, el padre como el propio padre, la madre como la propia madre.

"Por eso somos seres humanos y para eso debemos ser los seres humanos, cuando hayamos vencido definitivamente las injusticias que durante miles de años se han cometido, cuando podamos constituir una humanidad digna de los seres pensantes que la construimos".