Prevención social

La ley del barrio

Historia de un reparto avileño con mala fama y de cómo se ha trabajado allí para espantar las conductas inapropiadas

ORTELIO GONZALEZ MARTINEZ

CHINCHA COJA olía a barrio malo, a bronca, a guarfarina, a la ley del más fuerte. En la década del 80 ocurrían casi 200 delitos por año, a razón de poco más de 15 por mes.

Para cualquier foráneo entrar en ese condominio a las 12:00 de la noche significaba exponerse a los más variados peligros. Hasta la Policía lo pensaba más de dos veces a la hora de ir a los suburbios de ese barrio, enclavado en la parte sureste de la ciudad de Ciego de Avila.

A pie, en moto o bicicleta, cada mañana llega al sector.

Chincha Coja ya no es Chincha Coja. Poco a poco ha ido cambiando la imagen, y también el nombre. Ya muchos en la ciudad comienzan a hablar del reparto Roberto Rivas Fraga, del Consejo Popular de igual nombre, y de lo que allí se hace para quitarle la mala fama, no desterrada totalmente.

AMANECER EN BARRIO MALO

El primer teniente Pedro Báez Méndez le dijo a su esposa: "Mañana me voy para Chincha Coja".

"¡Chincha Coja!", exclamó ella. Abrió los ojos y encogió los hombros.

Al otro día, por orden de la máxima dirección de la Policía en la provincia, decidió traspasar las fronteras y su vida cambió. Desde hace 10 años es el Jefe del Sector en ese barrio. Con su llegada todo comenzó a ser diferente.

"Lo primero que hice fue ver las cosas sobre el terreno, recorrerlo, aprenderme el nombre de los malhechores más connotados. Me di cuenta de que una buena parte de los 9 792 habitantes del barrio tenían conductas inapropiadas. No pocos elementos empleaban el tiempo para colar guarfarina, jugar al prohibido -sobre todo a la bolita-, en riñas callejeras, en el hurto y sacrificio del ganado mayor y la venta de carne de res.

"Pero era imposible comenzar a trabajar solo. Convoqué a reuniones por áreas con los militantes del Partido, la Juventud, la Federación y con todas las familias honestas que estuvieron dispuestos a ayudar, porque la delincuencia no podía seguir ganando terreno.


Felipe y María, dos de los vecinos que no se cansan de ayudar
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"Los contactos fueron breves. Duraron menos de una hora, pero todos los que asistieron mostraron su interés por colaborar, y así comenzaron a actuar.

"Ello significó robarle horas al sueño, casi mudarme para el sector. Había que ganarle la batalla a la delincuencia porque si los maleantes actúan, nosotros, que somos más, actuamos también".

Y así, en lo que va de 1998 han ocurrido 30 delitos menos que en igual período del año anterior, y el índice de operatividad muestra una mejoría sustancial.

"En la actualidad -explica- terminamos un levantamiento, cuadra por cuadra y casa por casa, para saber con exactitud el potencial humano que tenemos, sus características. Esta labor permitirá emprender nuevas acciones en bien de la comunidad".

ME DICEN TIA

Con la filosofía de que no hay niños malos, Dulce María Monagas anda y desanda el barrio. Con la experiencia de más de 30 años como trabajadora social -los últimos cinco como jefa del destacamento Tania la Guerrillera, dedicados a esa labor-, llega a las casas donde hay menores que requieren de su atención.

Asegura que hasta ahora no le han cerrado ninguna puerta. "Al contrario, les explico cuál es el motivo de la visita y siempre me tratan bien, aunque algunos padres me han dicho: ¡ese no entra por camino. Nosotros estamos cansados de aconsejarlo!".

"Enseguida me doy cuenta que existe un mal de fondo, problemas de crianza, de educación. Casi siempre, detrás de cada niño con dificultad, está el mal ejemplo de los mayores, están esos que dicen sentirse cansados. Yo me pregunto: ¿cómo un padre o una madre puede cansarse de sus hijos?

"Aquí los he tenido desde los ocho o nueve años hasta que son grandes. La mayoría de ellos está encaminada. Me ven y me dicen tía.

"El trabajo tiene que ser concreto, hay que llegar a la familia. Mira, aquí cada quien responde por un grupo de niños con problemas y, entre todas, los llevamos a la playa, a la discoteca, al cine", apunta Dulce María, la mejor trabajadora social de la provincia durante varios años.

El incesante quehacer de estos trabajadores sociales va más allá del reparto Rivas Fraga y ya han extendido su radio de acción al Hogar de Ancianos, la Casa de Niños sin Amparo Filial, el círculo infantil Ñico López, la escuela Julio Antonio Mella... "Es verdad -asevera-, a veces llegamos tarde a algún caso, pero..."

ES MEJOR TARDE QUE NUNCA

Mayra de Dios Gutiérrez no imaginó que de la noche a la mañana, por culpa del amor, su vida se convirtiera en una pesadilla. "Me enamoré de él a primera vista, y ya usted sabe".

Con una disposición generosa, acepta perturbar la paz de su memoria y en unos segundos vuelve a cabalgar por el inicio de la década del 80, cuando Manuel Pino Rotete, su elegido, andaba de bar en bar, perseguido por las broncas, y también por las fuerzas del orden.

"Poco a poco me iba hundiendo -manifiesta Manuel en la tranquilidad de su hogar. Estaba acabando con la familia y conmigo mismo -se levanta la camisa y enseña en un santiamén heridas y marcas, quizás el trofeo más doloroso de toda su vida. Yo salía pa'a la calle y no sabía a la hora que regresaba. Tenía la certeza de que a lo mejor un día no viraba jamás, porque no me gustaban los abusos y cuanta bronca veía, me la cogía pa' mí. Otras las buscaba yo ¿Mayra? Algunas veces andaba conmigo, pero casi siempre se quedaba en la casa.

"En ese mundo yo me sentía bien, o mejor dicho, creía que me sentía bien. No oía consejos de nadie, a pesar de las súplicas de Mayra y de las reiteradas advertencias de la Policía. Estuve preso, pero ya cumplí."

Sin ningún sobresalto ni preocupación, cómodamente sentado en la sala de su casa, habla de realidades que rondan las aventuras de ciencia ficción, pero que eran eso: realidades; de los tiempos en que la frase "arriba mis vikingos" era el llamado al combate entre las pandillas de dos barrios.

Hoy Manuel piensa distinto, agradece las llamadas de atención, los consejos de los vecinos y la actitud del Jefe del Sector de la PNR, quien sin amenazas y con palabras muy claras siempre le dijo que la única solución a sus problemas era que se retirara de esa vida desordenada.

Ciertamente, desde hace tiempo la paz volvió al hogar. Mayra trabaja en el hospital provincial Antonio Luaces Iraola y Manuel en el sector de la Cultura.

Lo más importante, a decir del primer teniente Pedro Báez es que Pino Rotete tomó el camino correcto y se incorporó plenamente a la sociedad. "Estamos convencidos de que con la fuerza de la comunidad podemos darle jaque mate al delito e imponer la ley del barrio, que es la ley de la mayoría".

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