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Los "misterios" de la voz

Cuando se canta de veras

PEDRO DE LA HOZ

Cantar es algo más que emitir sonidos agradables al oído. Se puede tener un timbre hermoso, se puede cultivar técnicamente ese delicadísimo instrumento -el más frágil de todos- que es la voz y quizá no trascienda el resultado, sencilla y llanamente porque haya faltado arte.

Se puede ser atractiva o atractivo, ofrecer una imagen atildada o elegante, dominar la pista, contar con el respaldo de los medios de difusión, vender millones de copias de discos, ser popular, sin que por ello exista una fórmula que garantice una estatura artística permanente.

En estos tiempos caracterizados por el perfeccionamiento de los mecanismos de promoción de la industria cultural a escala internacional y de la globalización del pop, una buena parte de los protagonistas de la canción ligera no son más que piezas de marketing, productos efímeros lanzados al mercado, estrellas fugaces.

Hay todavía entre nosotros quienes se lamentan de que nuestro país no aporte figuras a ese mercado y, más aún, los que decretan una supuesta crisis de la canción cubana sobre la base de que la estética de la balada pop no esté privilegiada.

Esa percepción olvida el peso de una tradición y las líneas fundamentales de desarrollo de nuestra cancionística. Afortunadamente contamos con una sucesión trovadoresca que define, aún en la actualidad, un modo de ser, tanto en la composición como en la interpretación, dentro de una rica pluralidad.

Casi nadie, y eso sí lo toma en cuenta la industria cultural, espera de nosotros epígonos de Julio Iglesias o Juan Gabriel, sino a los dignos herederos del irrepetible Benny Moré, de Barbarito Diez -no le hacía falta la pista para cantar, porque le sobraba arte- y la magnífica Paulina Alvarez, de Bola de Nieve -con su voz de persona era único- y Rita Montaner única también por el amplio espectro que cubrió con rigor excepcional.

No se trata de estigmatizar a quienes interpretativamente se afilien a los códigos de la llamada canción ligera -hace falta esa opción-, pero la suerte y la verdad va de parte de los que se inscriben orgánicamente en la corriente central de nuestra cancionística -trova y bolero, metamorfoseados en múltiples estilos. Interactúan en la actualidad varias generaciones de intérpretes de garra y sólo a vuelo de memoria me permito recordar cómo Roberto Sánchez, Fernando Alvarez y Lino Borges, de probada veteranía, Mundito González, y Manolo del Valle, con maduros desempeños, y Miguel Angel Céspedes, Lázaro Méndez y Ramón Fabián Veloz son portadores de una identidad irrenunciable, como también una amplia gama de intérpretes femeninas, entre las que distingo, por muy distintas razones, a Omara Portuondo y Elena Burke, cumbres de una topografía a la que se integra desde la fuerza dramática de Lourdes Torres y la indiscutible musicalidad de Beatriz Márquez hasta la entrega vital de Anabel López, pasando por la suprema delicadeza de Míriam Ramos y la integralidad sorprendente de Raquel Hernández, sin olvidar que Sara González es, a su vez, una bolerista fuera de serie ni que existen jóvenes promesas que como Tania Tania se hallan en vías de encontrar su destino.

Tal vez el capítulo más incierto en nuestra cancionística pase por una promoción que ayude a fijar jerarquías y a socializar calidades, a separar la paja del grano. Incluso que compulse a los intérpretes a ser más exigentes en sus repertorios, en su proyección escénica y su continua superación artística. Y que contribuya, por supuesto, a que el público, cada vez más, sepa distinguir el gato de la liebre.

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