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 Editorial
El compromiso de los
escritores y artistas
CON EL VI Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, el
movimiento intelectual reveló, una vez más, su vocación participativa en la obra
revolucionaria de nuestro tiempo.
Fidel, en las palabras de clausura, otorgó al cónclave una
dimensión histórica. Lo hizo no sólo por el fructífero resultado de las deliberaciones
y el alcance de los acuerdos, sino tomando en cuenta la organicidad y la altura de un
proceso que alentó, a lo largo y ancho del país, reflexiones y propuestas que se
corresponden con la magnitud de las tareas que en el orden del pensamiento y de la
creación cultural encara la sociedad cubana en la encrucijada de esta época. Estos
aportes se inscriben en el alistamiento de toda la sociedad en defensa de una obra
política y social que es en sí misma una alternativa singular en el mundo contemporáneo
y en virtud de ello combate imperfecciones e insuficiencias, en medio de difíciles
circunstancias económicas y de un orden internacional marcado por el caos y la
desigualdad.
Ante todo, los artistas y escritores representantes de la vanguardia
en este sector mostraron su unívoca identificación con el concepto de que salvar la
cultura es salvar la nación, y de que el desarrollo del proceso histórico que hizo
emerger paralelamente ambos fenómenos sigue siendo el hilo conductor para resguardar la
patria frente al peligro real que representa la avasalladora e inevitable globalización
de corte neoliberal.
Siendo cada vez más cubanos, defendiendo con renovados aires todos
los días lo cubano, como se dijo y reiteró en estos días, seremos cada vez más
universales. Todo se arriesga en esta batalla: la permanencia de la Patria, nuestra
identidad nacional, la justicia social que hemos conquistado. El ejército de creadores de
la Revolución, expresión él mismo de la obra que ella ha sembrado durante 40 años,
permite que nos sintamos capaces de enfrentar y vencer este gran reto de la humanidad
contemporánea. Tenemos un arma fundamental.
Llamó la atención de los que siguieron las sesiones del Congreso
-desde el rico y fecundo proceso nacido en las provincias hasta el magno evento del
Palacio de las Convenciones-, el franco ambiente de discusión democrática que
caracterizó estos encuentros; la participación diversa y el respeto por todas las
opiniones; el estilo de trabajo colectivo en que se sumieron creadores y dirigentes de la
cultura y otras esferas de dirección política, estatal y empresarial; el sano ejercicio
de la crítica y la autocrítica cuando se estimó conveniente, surgidas estas últimas no
de la compulsión ni del mandato sino del libre examen de la conciencia individual. Un
extraordinario estímulo a la profundización de los debates fue la activa participación
de Fidel, cuyos aportes como dirigente político y originalidad de pensamiento forman
parte de nuestro caudal intelectual.
La agenda del Congreso cubrió un amplio espectro temático que
trascendió los tópicos artísticos y literarios; fueron jornadas fecundas de compromiso,
reconocimiento y aliento para la creación. Sus acuerdos y proyecciones consolidan una
política cultural diseñada para encauzar el desarrollo del talento creador y satisfacer
los reclamos de la vida espiritual de los cubanos. Se vio la necesidad de reforzar el
papel de las instituciones culturales, de acrecentar el diálogo sistemático entre
creadores y promotores, de prestar una atención preferente al sistema de enseñanza
artística, de potenciar todos los factores que facilitan el trabajo cultural comunitario,
de avanzar en nuevas formas de organización y estímulo de la creación. Pero también se
evidenció la capacidad renovadora del pensamiento cubano y la madurez de un sector
decisivo en la definición de nuestro desarrollo.
A nadie escapa la importancia de la cultura como elemento
aglutinador del tejido vivo de la nación. Sentirse y saberse cubano es una expresión
espiritual arraigada en sentimientos y convicciones. Promover esa identidad desde una
perspectiva social que privilegia los valores de la solidaridad, la justicia y la lucha
por la equidad y el mejoramiento humano sin estrechas fronteras nacionales es misión que
asumen lúcida y comprometidamente nuestros creadores, conscientes de que con ello
responden tanto a la tradición cultural heredada como a las exigencias actuales.
Tales premisas fundamentan la unidad de la intelectualidad cubana en
torno a una Revolución en la que desempeña, junto a otros sectores de la vida nacional,
un papel protagónico. Unidad, en este caso, no significa uniformidad ni nivelación
estética. Nuestra cultura es múltiple y diversa, cohabitan signos estéticos de
diferente tipo y los códigos artísticos y literarios reflejan novedades sorprendentes.
El arte y la literatura, por su naturaleza intrínseca, interpretan y evalúan las
complejas relaciones sociales, abordan las luces y las sombras, promueven la reflexión y
la crítica. No hay obra auténtica sin conflicto ni tensiones, sin contradicciones ni
riesgos. El denominador común radica en la defensa de una identidad, en el interés por
servir, en la pasión por la entrega. Y sobre todo, en la responsabilidad ética.
La cultura puede y debe contribuir al fomento de un sentido de la
vida cuyas metas y aspiraciones sean radicalmente distintas a las que fundamentan el
capitalismo. La cultura cubana, para decirlo desde una inspiración martiana, se presenta
como marco insuperable para que el hombre se reencuentre consigo mismo.
Nuestros escritores y artistas se preocupan porque su obra no
naufrague en los vericuetos de un mercado cuyas leyes implacables lastran de mediocridad
una buena parte de las producciones de la industria cultural globalizada desde el centro
hegemónico del poder mundial; y se pronuncian contra las manipulaciones que imponen esos
circuitos, contra el empobrecimiento nivelador del gusto, contra la norteamericanización
del espíritu, y en favor de imágenes y palabras que den cuenta de nuestra realidad y
nuestras esperanzas. Confirman y renuevan la tradición antiimperialista por la que se ha
orientado el pensamiento y la práctica culturales del país y recuerdan que el
pensamiento más avanzado, desde el punto de vista político y social, ha sido siempre
predominante en la cultura cubana. Se identifican con el paradigma intelectual martiano y
trabajan por hacer viable el proyecto de una modernidad en la que es posible y necesario
el cumplimiento real de los ideales postergados de libertad, igualdad y fraternidad a
escala universal.
En correspondencia con ese modo de ser y actuar, los intelectuales
cubanos se consagran al enfrentamiento de los desafíos de esta hora, también conscientes
de que salvar la cultura representa una contribución esencial al triunfo de una política
que encarna permanente voluntad de resistencia y transformación. Vanguardia política,
integrada por nuestro Partido, y vanguardia intelectual convergen en la Revolución. Se
trata de una verdad que a los anexionistas duele y de una condición que garantiza el
crecimiento espiritual de la nación. Ese compromiso es reconocido y respetado en una
sociedad como la nuestra, que reivindica de forma definitiva y eficaz la participación
fecunda de los creadores en la construcción de la patria y en la fundación de nuestro
porvenir socialista. |