INTERNACIONALES

Comisión de Derechos Humanos

Vieja torta para nuevo cumpleaños


NIDIA DIAZ

En medio de un jolgorio fue inaugurado ayer, en Ginebra, el 54 período de sesiones de la Comisión de Derechos Humanos y todo porque este año se conmemora el aniversario 50 de la Declaración Universal de esos derechos, los cuales nunca han sido tan comprimidos y preteridos como en los finales de la centuria que está por concluir.

Para aquellos que no creen en la magia ni en las leyendas, hubiera bastado con retrotraerse en el tiempo e interrogar a algunos de los más famosos oráculos acerca del destino y la validez de aquella Declaración para que comenzaran a creer.

Si aquel 10 de diciembre de 1948 le hubiesen preguntado al de Delfos, por ejemplo, habría augurado con poco rango de error que aquel documento tendría un futuro incierto; cómo no tenerlo si entonces 2/3 partes de la humanidad vivían bajo el yugo colonial y aquella situación de servidumbre y esclavitud ni siquiera fue tenida en cuenta para exigir a los firmantes la renuncia a aquel sistema infamante que algunos de ellos representaban.

Y es que la Declaración Universal de Derechos Humanos nació mutilada, viciada, limitada, porque se aprobó al amparo de la guerra fría, con el colonialismo como telón de fondo, sin que la mayoría de la humanidad estuviese representada en aquella solemne sesión y, sobre todo, signada por la interpretación "occidental" de que hay humanos que no deben tener derechos.

Razón suficiente para que los festejos por la conmemoración del aniversario 50 de aquella Declaración no nos hagan olvidar cuánto camino falta por recorrer para realmente universalizar su contenido.

Quiénes pueden creer hoy que el Norte desarrollado es igual al Sur, subdesarrollado; cómo creer que el modelo neoliberal con el que el capitalismo inaugura un nuevo milenio da iguales derechos a todos; de qué derechos humanos hablar a los niños que en el Tercer Mundo tienen que abandonar la escuela para traer el sustento familiar porque sus padres fueron cesanteados, o a aquellas niñas que apenas en la pubertad hipotecan para siempre su adultez a manos de la prostitución.

¿Cómo decirle a muchos pueblos de Africa, Asia y América Latina que existe tal Declaración si generación tras generación mueren sin haber conocido la luz eléctrica, el agua corriente o los servicios de salud y educación?

¿Qué explicación dar a las decenas de miles de hombres y mujeres que hoy integran los movimientos de los Sin Tierra o los Sin Techo, mientras los latifundistas y los casatenientes viven de espaldas a su realidad?

¿En cuál de sus artículos quedó plasmado el derecho al desarrollo?

En un gesto de altruismo propagandístico, Occidente aprobó una Declaración Universal de Derechos Humanos que a muchos se les negarían siempre, o que se convertiría en instrumento de políticas hegemonistas.

El 54 período de sesiones de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas volverá a ser este año una prueba de ello, cuando el gobierno norteamericano intente, cada vez con menos apoyo, poner a la Revolución Cubana en el banquillo de los acusados y no porque no haya hecho un culto cotidiano de tales derechos sino porque precisamente defiende de manera irrenunciable su derecho a construir un país con independencia nacional y justicia social, donde su pueblo decide libremente su destino y su lugar en el mundo.

Los días que vendrán nos darán la razón.


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