NACIONALES

El Santo Padre le tiene un
gran cariño al pueblo cubano


LUIS BAEZ

CIUDAD DEL VATICANO.-El Cardenal Agostino Casaroli nació en Castel S. Giovanni, provincia de Piacenza, Italia, el 24 de noviembre de 1914. El 25 de mayo de 1937 fue ordenado sacerdote.

Cardenal Agostino Casaroli.

En 1961 el Papa Juan XXIII lo nombró subsecretario para los asuntos eclesiásticos extraordinarios y en 1967 Pablo VI lo elige arzobispo y secretario del Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia hasta 1979, cuando fue investido Cardenal y nombrado Secretario de Estado y Prefecto del referido Consejo.

Durante 10 años fue Secretario de Estado. Algunos analistas lo consideran el arquitecto de la política vaticana de diálogo con los países socialistas del este (Ostpolitik).

Se retiró el 1 de diciembre de 1990 al aceptar el Papa su dimisión, presentada el año anterior al cumplir los 75 años de edad, según lo establecido por el derecho canónico.

Actualmente ostenta la condición de Vice-Decano del Colegio Cardenalicio aunque por su edad ya no participa en el Cónclave para elegir Papa pues el límite son los 80 años.

Desde hace años se dedica a la atención a jóvenes con mala conducta, presos y es muy sensible a estos problemas.

Hombre de gran experiencia en eventos internacionales, se ha dedicado los últimos años a ofrecer conferencias en Italia y en el exterior sobre temas diversos, a partir de su experiencia política y diplomática.

Es una persona muy respetada por su historia. Modesto y austero. Con una formación cultural sólida. La comunicación con él resulta fácil.

L.B.:- Usted es considerado internacionalmente como una de las personalidades más descollantes de la diplomacia vaticana en las últimas décadas. ¿Cómo ve hoy el papel de la Iglesia en las nuevas situaciones creadas y sobre todo en la promoción solidaria de los países más necesitados de desarrollo?

A.C:- Es una pregunta de gran interés. Considero que la Iglesia, hablo de la Iglesia católica no para excluir a las demás, pero en fin es a la que conozco mejor, tiene realmente un papel muy importante.

Siempre lo ha tenido, pero en este momento más, porque se han perdido y se están perdiendo muchos valores, valores humanos, no solo religiosos o cristianos, valores de la persona, derechos humanos, el derecho de los pueblos a tener una vida digna. Se están perdiendo realmente estos valores.

Considero que las iglesias en general, pero hablemos de la Iglesia católica, tienen un papel muy grande de ayudar a la sociedad civil con sus medios, para resucitar en los jóvenes estos valores de solidaridad humana. Considero que el papel de la Iglesia es fundamental pero no exclusivo de ella.

L.B.:- ¿Ha visto realizadas sus aspiraciones?

A.C.:- Confieso, pero en voz un poco baja, que he tenido una desilusión. Cuando pasaron los acontecimientos de 1989 y 90, no en un sentido de acabar con la forma de gobierno e ideología que evidentemente no era la que nosotros aceptábamos que había en esos países de Europa del este.

Yo esperaba que después de tantos años de trabajo, de luchas, algo quedaría como es el concepto de la solidaridad, de la fraternidad humana, deber de trabajar no en el sentido egoísta, sino de colaboración para el servicio de todos.

Esperaba que realmente se crearía no digo el hombre nuevo, lo cual es muy difícil, porque ni el cristianismo ha llegado a crearlo: hombres nuevos sí, pero no el hombre nuevo.

Pero en fin, que los jóvenes crecidos en un cierto ambiente, con cierta educación resultaría una juventud realmente con un sentido de altruismo, no de egoísmo, que podría ser la base de un mundo realmente algo nuevo y desgraciadamente hemos visto que no es así.

Se ha visto, hablando de Rusia, el surgimiento de mafias, de diversas formas de corrupción, y eso para mí ha sido realmente una gran desilusión.

Esperaba que algo quedaría, de este sueño, de esta utopía, de transformar el mundo, transformar el hombre, transformar los jóvenes. Si hablamos de occidente esto se ve de la misma manera.

Hablando de la solidaridad, de preocupación por el bien común, el bien de todos ha bajado muchísimo.

Me había hecho la ilusión de que las nuevas generaciones que han crecido en cierto clima, sin estas tentaciones de egoísmo, serían una juventud más sana, más humana, prácticamente más cristiana. Esto para mí ha sido una desilusión.

L.B.:- ¿Cómo se imagina la solución de los grandes problemas y conflictos que aquejan a la humanidad en estos años finales del segundo milenio?

A.C.:- Imaginar es bastante fácil, pero más bien, imaginar con un fundamento realista, digamos no. ¿Cuáles son estos grandes problemas? Hay tantos, no empiezo por orden de importancia, sino así como me vienen a la mente.

Comienzo por el problema ambiental de la Tierra. Creo que es realmente un desafío fundamental para el mundo del mañana. Pienso en los jóvenes, los muchachos, en los niños de hoy. No soy un ambientalista pero considero que eso es un problema fundamental.

Es una cuestión política, moral, y por eso también es un problema de iglesias. Creo que en ese sentido se puede hacer bastante, pero con tal que los responsables en general de las naciones del mundo se den cuenta de la existencia del problema, de su importancia y se comprometan realmente.

Otro asunto es la pobreza. Más de una vez he expresado la idea de que lo que fue el peligro del arma nuclear hasta tiempo reciente es ahora el problema de la pobreza que puede estallar como una verdadera bomba atómica.

Naturalmente veo sobre todo el problema moral y humano, pero también el problema de la seguridad, de la tranquilidad, de la paz del mundo. Considero que este es un problema superior y no veo hasta ahora que el mundo se comprometa suficientemente para resolver esta situación.

Muchas palabras y también creo en las buenas voluntades, pero me parece que hasta ahora falta una coordinación de las voluntades, de los compromisos, de los responsables para enfrentarse con lo que es realmente el problema del mañana.

Estoy hablando de la pobreza, sufrimientos, muertes, enfermedades, etc.; del subdesarrollo, es un problema humano, pero también ese tiene aspecto de seguridad del mundo.

Se podría hacer toda una lista de problemas pero a estos dos que he mencionado se les puede agregar el de las enfermedades. Ahora tenemos el SIDA. Cuando no vivo en el Vaticano donde la mayoría de las personas somos ancianas vivo con jóvenes y una gran mayoría no tienen conciencia de la gravedad de estos asuntos.

El mundo y cuando digo el mundo, hablo de las fuerzas políticas, sociales, culturales, religiosas, todas ellas tienen necesidad de unirse para enfrentar estos problemas.

Tengo una gran consideración de las organizaciones internacionales, que muchas veces no hacen, no digo todas, no hacen lo que tendrían que hacer empezando por las Naciones Unidas.

Pero no veo otra solución, otra posibilidad de solución, sino de unir esfuerzos de una manera sistemática para resolver estas situaciones.

L.B.:- ¿Cómo recuerda su visita a Cuba y su encuentro con el Presidente Fidel Castro?

A.C.:- Visité Cuba invitado por el Episcopado, no por el gobierno, pero éste fue muy acogedor. Mi visita no tenía carácter oficial. Pero la noche antes de partir Fidel llamó a la Nunciatura, en esos momentos me encontraba en la Catedral diciendo misa y le informaron que estaba ausente y a la hora que estaría de regreso.

Fidel llegó alrededor de las 11:30 de la noche. Estuvimos hablando alrededor de dos horas. Fue una conversación de aspecto humano, cordial.

Una de las primeras cosas que me dijo el Comandante: "pensaba en un Monseñor gordo y me encontré con un hombrecito muy modesto, muy humilde". Esta fue la primera impresión positiva para él de mi persona.

La conversación se desarrolló sin ningún tipo de agenda, ni la finalidad del encuentro era establecer algo concreto, algo político de relaciones Iglesia-Estado, pero en fin todos esos problemas fueron hablados.

Tengo un recuerdo con un poco de nostalgia, porque he encontrado no solo al país, sino a un hombre de inteligencia superior, de gran cultura y con ideas, naturalmente no coincidíamos en todas las ideas, pero en fin la conversación fue muy interesante y también bajo ciertos aspectos agradables. Hablar con un adversario inteligente es mucho mejor que hablar con un amigo no inteligente. De manera que el recuerdo es un buen recuerdo.

L.B.:- ¿Se han vuelto a encontrar?

A.C.:- Sí. El pasado año cuando él visitó Roma fui invitado en unión de otras figuras de la Iglesia a un almuerzo ofrecido por el Presidente cubano. Para mí fue realmente revivir el encuentro que habíamos sostenido en Cuba. Además su entrevista con el Santo Padre.

De manera que, digamos, la visita, no podemos abusar del término histórico, pero en fin, sí fue una contribución al desarrollo histórico de las relaciones entre Cuba y la Santa Sede.

L.B.:- ¿Cómo enjuicia usted el bloqueo norteamericano a Cuba?

A.C.:- Nosotros no somos muy favorables a bloqueos pues los que más sufren son los más necesitados. Para mí es un poco delicado expresar un juicio digamos político-histórico sobre este hecho concreto.

Espero que la situación pueda desarrollarse de manera que permita llegar a una solución justa y digna, porque evidentemente los pueblos hidalgos como el pueblo cubano, prefieren seguir sufriendo que perder un poco de su dignidad.

L.B.:- El bloqueo ha sido condenado por la Santa Sede.

A.C.:- No quiero entrar más en el tema porque después de haber dejado mis funciones como Secretario de Estado mi principio es de más bien estar calladito, para no interferir indirectamente, involuntariamente. El bloqueo hace sufrir a mucha gente.

L.B.:- ¿Cuál es su apreciación del trabajo realizado en Cuba por el desaparecido Monseñor César Zacchi?

A.C.:- Fue mi gran amigo. Una persona de un corazón grande y mucha inteligencia. El quería mucho a Cuba y a sus dirigentes políticos. Siempre me decía que si sentía algo tenía que manifestarlo.

Tenía no solo aprecio sino cariño hacia los cubanos y para mí esto fue una gran lección. Decía que si se quiere llegar a algún resultado, a buenos resultados, o a resultados, hay que poner esta comprensión, este cariño como base de la negociación.

L.B.:- ¿Qué recuerda con mayor emoción de sus años al frente de la Secretaría de Estado?

A.C.:- Es una pregunta sencilla, pero muy difícil, por la riqueza de recuerdos que tengo. A mí me tocó algo verdaderamente único en nuestra historia de la diplomacia pontificia y tal vez de diplomacia en general, de haber firmado en 1964 un agreement con el gobierno comunista de Hungría y al año siguiente firmar otro diciendo que no valía más. Construir y destruir porque se había cambiado radicalmente la situación.

El ministro húngaro con quien había firmado me manifestó que había aprendido mucho de la diplomacia pontificia pues se podían decir cosas muy desagradables sin ofender. Le respondí: Ministro, prefiero que me diga usted cosas muy agradables ofendiéndome.

Esto está pasando también con Yugoslavia, con lo que queda de Yugoslavia, Croacia, Serbia. El protocolo que firmé en 1965 en Belgrado no tiene más razón de existir. Esto me tocó como en el Guinnes de los records. Algo único.

L.B.:- Del Papa Juan XXIII, ¿qué imagen conserva?

A.C.:- Hermosa. No tuve muchas ocasiones de hablar con él pues era entonces Subsecretario de lo que se llamaba Congregación para Asuntos Extraordinarios de la Iglesia.

No he olvidado mi último encuentro con él, que me resultó muy emocionante. Yo acababa de regresar de Budapest y Praga. Estuvimos conversando durante dos horas. Ya estaba enfermo. Fue veinte días antes de su fallecimiento. Estaba muy lúcido y me dio el siguiente consejo: "no tenga prisa. Las cosas tienen que llegar a su madurez".

L.B.:- ¿Cómo aprecia la visita del Santo Padre a Cuba?

A.C.:- Estoy muy contento con la visita. Espero que sea muy positiva. El Santo Padre le tiene un gran cariño al pueblo cubano. El tiene un gran interés que la situación de Cuba se desarrolle en un sentido positivo. Positivo no solo internamente, sino frente también al mundo exterior.

 


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