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Mito para incautos
NIDIA DIAZ
MULTIPLES Y diversas han sido las fábulas que a lo largo de su historia ha tenido que inventar el capitalismo para justificar su malsana esencia y algunas se le han venido abajo estrepitosamente como la de la llamada democracia representativa, cada día menos democrática y menos representativa.
La bancarrota se produce precisamente en la era de las "certificaciones", cuando universalizar el modelo deviene condición indispensable del hegemonismo del capital monopolista transnacional.
Esta es la razón por la que de manera creciente se produce un divorcio entre las aspiraciones y necesidades de los votantes y las intenciones y posibilidades de los candidatos para safistacerlas.
En el Tercer Mundo el tema electoral pasa hoy por la dificultad de los países subdesarrollados a decidir por sí mismos, cuando el neoliberalismo sitúa cada vez más el poder real en manos de entes transnacionales y de la acción de los principales países capitalistas desarrollados.
Sea quien sea el candidato, re-presente tal o cual signo ideológico le serán impuestos determinados requisitos para poder gobernar, como son las rígidas políticas de ajuste económico, apertura de los mercados nacionales a los capitales foráneos, privatizaciones del patrimonio del país, bajar los niveles de inflación y déficit fiscales, o la reducción brutal de los programas sociales.
En pocas palabras, cuando la gente vota por alguien en el sistema burgués, lo que ese candidato tiene que hacer está prescrito, está determinado, le ha sido impuesto y también aceptado.
Y es que se ha producido una dramática transferencia de poder en el orden económico y político a organismos y países fuera de las fronteras nacionales que ha agudizado la crisis de credibilidad de ese modelo de democracia.
Votar y participar son acciones cívicas que han dejado de tener un significado para la mayoría de las personas que ven esfumarse sus esperanzas de ser representados en este o aquel nivel de gobierno porque los elegidos sólo pueden representar los intereses de la maquinaria política que los encumbró.
La lucha de los candidatos no es por persuadir a los votantes de preferir uno u otro programas, sino que se acompaña con hacer potable la imagen con que "cautivar" a aquel cada vez más minoritario sector de los que acuden esperanzados a las urnas.
Esa imagen, con frecuencia nada tiene que ver con la propuesta política que representa. Muchos son los casos de políticos que proyectan una imagen democrática y al llegar al cargo se ven obligados a adoptar medidas antipopulares como son las que impone el Fondo Monetario Internacional.
Si analizamos los principales procesos electorales que tuvieron lugar en América Latina, y el Caribe Hispano (excepto Cuba) entre los años 1994-1997 así lo comprobaremos.
En las presidenciales que se desarrollaron en 16 países de la región la mayoría de los presidentes alcanzaron menos del 31% de los sufragios de los electores inscritos.
Allí, en el período señalado, el nivel de abstención en relación con el total de ciudadanos con derecho al voto fue del 30,86%, lo que significa que en América Latina y el Caribe Hispano dejaron de votar 70 589 362 electores, cifra a la que habría que añadir entre el 4% y el 5% más de los que votaron en blanco o anularon la boleta.
Los niveles de abstención en Bolivia fueron de un 30%, en Paraguay de un 24%, en Brasil de 17,72%, en Uruguay de 16,65%, cifras que crecerían de añadírseles las boletas anuladas.
De tenerse en cuenta el total de electores con derecho a voto tendremos presidentes que han sido electos sólo con el 14% o el 17% del electorado. La lista es aún más larga si incluimos a aquellos que no rebasan con sus votos el 30% del total de los inscritos.
Ejemplos sobran para demostrar la falta de representatividad y de participación de la democracia burguesa y no solo con cifras electorales.
Su incapacidad no se resume en la asistencia mayor o menor a las urnas, en lograr más o menos número de votos.
El problema radica en que el sistema da muestras crecientes de agotamiento al descansar en un modelo, el neoliberal, que como ningún otro anterior se basa en la exclusión de las mayorías, a quienes no ya el poder sino el más elemental de los derechos humanos, el de la vida misma, les está siendo vedado.