NACIONALES

Compartir las riquezas
y defender la justicia ha
sido el factor fundamental
de nuestra resistencia


PALABRAS PRONUNCIADAS POR EL COMANDANTE EN JEFE FIDEL CASTRO RUZ, PRIMER SECRETARIO DEL COMITE CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA Y PRESIDENTE DE LOS CONSEJOS DE ESTADO Y DE MINISTROS, AL SER CONDECORADO CON LA ORDEN "AMILCAR CABRAL" DE LA REPUBLICA DE CABO VERDE, EN EL PALACIO DE LA REVOLUCION, EL DIA 14 DE ABRIL DE 1998, "AÑO DEL ANIVERSARIO 40 DE LAS BATALLAS DECISIVAS DE LA GUERRA DE LIBERACION".

(VERSIONES TAQUIGRAFICAS-CONSEJO DE ESTADO)

Muy estimado Presidente de la República de Cabo Verde, su excelencia Antonio Manuel Mascarenhas;

Estimados miembros de la delegación de Cabo Verde;

Compañeras y compañeros:

Ayer, después de su llegada, recibí la noticia de que habían decidido, en nombre del pueblo de Cabo Verde, honrarme con esta condecoración, algo en lo que no había estado pensando; pero que, sin embargo, me emocionó profundamente, porque sabíamos que no se trataba de un simple gesto de carácter protocolar, sino de un verdadero gesto de amistad y fraternidad hacia nuestro país y hacia nuestro pueblo.

Es que a mi mente vinieron inmediatamente los recuerdos de mi amistad con Amílcar Cabral. El visitó muchas veces a Cuba en aquellos primeros años de nuestra lucha como país independiente por primera vez en la historia y país revolucionario, solidario con todas las causas justas de este mundo, y él realmente quería mucho a Cuba y admiraba a los cubanos.

Podría decir que con pocos dirigentes llegué a tener esa relación de amistad tan profunda como la que desarrollamos Amílcar y yo. Siempre que por alguna razón o por otra venía a Cuba de visita, asociada a la solidaridad, o a algún evento internacional, conversábamos durante largas horas, y no puedo olvidar con cuánto amor él hablaba de sus islas de Cabo Verde, de Guinea Bissau, de los pueblos que luchaban por liberarse del colonialismo, y, en general, de los pueblos de Africa.

El era no solo un luchador activo, un organizador del pueblo, un decidido partidario de adoptar el único camino que entonces estaba al alcance de las antiguas colonias portuguesas, que era la lucha armada para alcanzar la independencia, sino un pensador de gran capacidad intelectual, un creador y un hombre extraordinariamente humano.

Me gustaba mucho de él lo que pensaba hacia el futuro; era un hombre joven -estoy hablando de los años sesenta y tanto-, activo, incansable, que pensaba en el futuro de Africa y de su país de origen.

Un día, incluso, me dijo que él pensaba que entre Cuba, Cabo Verde, Guinea Bissau, las antiguas colonias portuguesas y el Africa negra en general, entre los cuales teníamos tantos amigos, en un futuro debían crearse algunas formas de vínculos políticos institucionales.

Vea usted en qué época, hace más de 30 años. Es como si adivinara el mundo futuro que se nos viene encima, y él estaba en esos momentos dedicado a la tarea inmediata de la independencia de su país y de la independencia de las demás colonias portuguesas en Africa, que fueron las últimas en independizarse y tuvieron que hacerlo a través de una larga y dura lucha.

No llegó a vivir algunos episodios extraordinarios de esta época, como fue la desaparición del campo socialista y de la desintegración de la Unión Soviética, países de los cuales recibió un apoyo firme y constante.

El soñaba con un mundo más justo, con un nuevo orden económico internacional, con un mundo más fraternal y con un mundo más solidario.

Murió antes de que ocurrieran esos acontecimientos dramáticos que rompieron el balance de fuerzas en el mundo, en favor de los que fueron precisamente nuestros conquistadores y nuestros colonizadores. Se rompe la balanza en favor de aquellos a los cuales durante siglos dedicamos el sudor y la sangre de los hijos de Africa, de los hijos de América Latina y de otras regiones del mundo.

Cómo me habría gustado, en tiempos como este, conocer los criterios y el pensamiento de Amílcar. Qué estaría sugiriendo en estos momentos de la globalización neoliberal que estamos viviendo, de este orden que se está imponiendo en condiciones tan duras para nuestros países que están aun por desarrollarse, puesto que vivimos siglos bajo el coloniaje y contribuyendo al desarrollo de los países más ricos del mundo.

En esta época se ha puesto de moda pedir excusas de hechos que ocurrieron, como la conquista, el genocidio de los pobladores de estos continentes, el renacer de la esclavitud en los tiempos modernos a través del secuestro y la esclavización de millones de africanos. Cuando parecía que la esclavitud era cosa de la antigua Roma o de la antigua Grecia, surgió de nuevo aquí en este hemisferio y surgió también en Africa hasta finales del siglo pasado.

Después conocimos el neocolonialismo y todas las formas de explotación: el intercambio desigual; las deudas gigantescas, impagables prácticamente, que les impusieron a nuestros pueblos; la explotación de sus recursos naturales, de tal modo que cientos de millones de personas viven hoy día incluso peor que los que vivían en la época del colonialismo.

Por esas cosas hoy se escuchan pedidos de excusa. Vaya, nos alegramos de que se pidan disculpas a todos aquellos que durante siglos fueron víctimas de la injusticia y de la explotación; pero no debieran bastar disculpas. Hace falta algo más que disculpas, hace falta solidaridad, hace falta justicia para estos pueblos que tanto sufrieron, hace falta compartir las riquezas que tanto ayudamos a crear, hace falta tener muy en cuenta que una gran parte del mundo está todavía por desarrollarse.

Yo hacía hoy algunos de estos comentarios en mis conversaciones con la delegación, que no voy a repetir aquí, acerca de una serie de problemas que están padeciendo nuestros pueblos en muchos campos: en el campo económico, en el campo de la educación, en el campo de la salud; las enfermedades que nos azotan por todas partes; el clima que cambia y no fuimos nosotros los del Tercer Mundo los que cambiamos ese clima, porque apenas consumimos el 20% o el 25% de la energía. Nuestros bosques han sido arrasados y no han sido reemplazados, los desiertos se extienden, las sequías se multiplican, o las lluvias excesivas que hacen todavía más difícil el esfuerzo que debemos realizar los países de las zonas tropicales, como Cabo Verde, la mayor parte de Africa y la mayor parte de América Latina y de Asia.

Ahora empiezan a asustarse los propios países ricos cuando en el centro de Europa empiezan a aparecer inundaciones que nunca habían existido, o cuando de repente en el invierno no hace frío, o hace demasiado frío en algunas partes y en otras ninguno.

No fuimos nosotros los que trajimos esas calamidades al mundo, por eso tenemos el deber moral y el derecho a exigirles a los países ricos un orden social más justo. Quizás estaría mal decir más justo y debiéramos decir un orden social justo, un orden social que contenga toda la justicia a la que aspiran nuestros pueblos y que alcanzaremos. Tardaremos más tiempo o menos tiempo, pero la historia y la evolución de la sociedad humana nos conducen hacia un mundo que tiene que ser diferente, porque un mundo como este no podría sobrevivir y se convertiría en una tragedia no solo para nosotros, sino para todos.

Cómo me habría gustado escuchar las reflexiones de Amílcar en años como estos.

Amílcar tenía mucha esperanza en su pueblo, en los pueblos de Africa, en los pueblos de América Latina

Amílcar tenía mucha esperanza en su pueblo, en los pueblos de Africa, en los pueblos de América Latina y confiaba en que avanzarían.

El muere antes de que se alcanzara la independencia de las antiguas colonias cuando ya estaba muy próxima, como consecuencia incuestionable, no de la generosidad de los colonizadores, sino de la lucha y de los sacrificios de los pueblos; y tan grande fue esa lucha que incluso revolucionó a la propia metrópoli que colonizaba a esos pueblos.

Amílcar no pudo ver aquello, pero estoy seguro de que lo previó con mucha claridad. El estaría orgulloso de lo que es hoy su pueblo, de lo que ustedes están haciendo allí en condiciones tan difíciles de país isleño, lo que impide las comunicaciones; donde hay que ir por mar o por aire.

Todo eso es costoso; hoy hablábamos de eso, cuesta más todo. En una ciudad de 300 000 ó 400 000 habitantes, a veces un equipo médico -les decía yo hoy-, muy especializado, atiende a todas las personas que viven allí; o un equipo de especialistas en determinadas enfermedades resuelve un problema de una población de 400 000 habitantes. Ustedes, distribuidos en nueve islas esos 400 000 habitantes, cualquier servicio que establezcan tienen que repetirlo en otros muchos lugares.

Si lo tiene en uno solo, ¿qué es lo que puede hacer un país con mayor población, o una isla más grande, digamos, como sucede en el caso de Cuba? Muchas veces hay servicios que nosotros establecemos en occidente, en el centro y en oriente, y 11 millones de personas son atendidas en esos servicios, porque pueden viajar y no tanto por avión, que es muy caro y no es masivo, sino vienen por carreteras o vienen por tren.

La electricidad está unida en occidente, en el centro. A veces falta en una de las partes del país y viene de la otra. Eso no lo pueden hacer países como los del Caribe, por ejemplo, o países como Cabo Verde, porque se hace más difícil, más costoso.

Hay que persuadir al mundo de la situación de estos países, hay que exigir para ellos el máximo apoyo, porque tienen que enfrentarse a todas esas dificultades; y aun nosotros, que somos un país mayor, con 11 millones de habitantes, sufrimos en parte las consecuencias de nuestra condición isleña: no hay manera de conectar la electricidad de Cuba con ningún otro país, no hay manera de establecer un gasoducto, o un oleoducto en mares muy profundos.

En Europa todas las naciones están comunicadas por sus redes eléctricas, los ferrocarriles, las carreteras, los gasoductos, los oleoductos. Son ventajas que no tienen nuestros países y que hacen nuestra lucha más dura y más difícil.

No dejaremos que nuestras conciencias sean derrotadas

A pesar de eso luchamos y avanzamos, y seguiremos luchando y seguiremos avanzando, y seguiremos creando conciencia en el mundo. No dejaremos que nuestras conciencias sean derrotadas, que nuestras justas ideas sean aplastadas; tenemos que hacer que nuestras justas ideas venzan en todo el mundo, sobre todo en el Tercer Mundo, y que venzan, que penetren, que se hagan parte del pensamiento de los países altamente desarrollados y ricos, que tanto consumen en cosas suntuarias, que tanto despilfarran cuando 1 000 millones de personas no conocen el alfabeto, cuando miles de millones de personas son pobres y pasan hambre.

Estas ideas avanzarán y nosotros estamos comprometidos a luchar por estas ideas, a seguir avanzando; y estamos dispuestos a seguir siendo internacionalistas, aunque hoy nuestra primera misión internacionalista es defender esta trinchera de la Revolución, pequeña trinchera con recursos limitados, pero que aún puede contribuir y cooperar con los demás países de ese Tercer Mundo, y hacemos en la medida de nuestra fuerza colaboración técnica, trasmisión de experiencias, formación de profesionales, científicos y técnicos, o el aporte de profesionales para resolver algunas necesidades de los pueblos.

Nosotros no tenemos mucho, pero lo poco que tenemos sabemos compartirlo. Compartir las riquezas y defender la justicia ha sido el factor fundamental de nuestra resistencia, de que Cuba esté aquí, a pesar de que en un momento nos vimos sometidos a un doble bloqueo.

Cuando desaparecen el campo socialista y la URSS, para nosotros fue un nuevo bloqueo, porque perdimos nuestro mercado, nuestro comercio, nuestro suministro de piezas, de materias primas, de equipos, y el viejo bloqueo se mantuvo y se mantiene con toda su fuerza; sin embargo, hemos resistido, y estoy seguro de que Amílcar se sentiría orgulloso de sus amigos cubanos, como nosotros nos sentimos orgullosos de nuestros amigos caboverdianos, de nuestros amigos africanos, de nuestros amigos angolanos, de nuestros amigos de Namibia y de nuestros amigos sudafricanos.

Vemos con inmensa alegría cómo se ha levantado como un sol para toda la humanidad ese hombre extraordinario que es Nelson Mandela, que se pasó en la cárcel 26 ó 27 años, sin perder la confianza, sin perder la esperanza, sin perder la fe, y lo que es más importante todavía: sin perder la dignidad, sin perder el honor, sin rendirse. Así se levanta una de las figuras que quedará como ejemplo para los pueblos de Africa y del mundo.

Cuánto me alegra que ustedes hayan simbolizado el nombre de Amílcar en el más importante título honorífico de la que fue su patria, aunque él fue un patriota no solo de Cabo Verde, sino un patriota de Africa y del mundo.

Me alegra también mucho saber que ustedes están construyendo un monumento en Cabo Verde para recordar la figura de Amílcar Cabral. Otros pueblos construirán también monumentos a Amílcar Cabral, y otros pueblos y el mundo construirán monumentos a hombres como Nelson Mandela, porque esos son los hombres dignos de recordarse perennemente, porque fueron los precursores, los que trazaron el camino; como lo fue en el siglo pasado José Martí, orgullo de nuestra patria, convertido hoy en el símbolo máximo del patriotismo y del honor de Cuba.

Les agradezco infinitamente este gesto y especialmente cuando recuerdo cuán unidos estuvimos en la lucha contra el apartheid, en la lucha por la independencia de las últimas colonias de Africa; lo unidos que estuvimos defendiendo la independencia alcanzada por Angola, que todavía lucha, pero lucha ya con más esperanzas que nunca y más sólida que nunca, a pesar de los problemas que tienen todavía pendientes para alcanzar la paz.

Contribuimos juntos a esa paz, mientras el apartheid contribuía al derramamiento de sangre y otros, que hoy piden excusas, enviaron armas y dinero para organizar bandas que costaron la vida de cientos de miles de angolanos. Nosotros lo sabemos porque estuvimos allí cerca de 15 años hasta la derrota del apartheid en las históricas batallas de Cuito Cuanavale y el sudoeste de Angola.

Sabemos cuántas aldeas fueron arrasadas, cuántos niños y mujeres fueron asesinados en Angola. Hoy día por esas cosas se reclaman tribunales internacionales, juicios contra crímenes de guerra, cuando todavía está fresca la sangre derramada con las armas de aquellos que pusieron en manos de gente irresponsable esos instrumentos de muerte, y grandes recursos económicos y del propio país.

A pesar de eso, sentimos satisfacción de ver que Angola marcha y que el mundo comprende hoy mejor la verdad de Angola, la lucha de Angola y los errores que se cometieron con Angola.

Tenemos mucha razones para sentirnos satisfechos los cubanos y los caboverdianos, porque juntos colaboramos durante muchos años, y la isla Sal quedará también en la historia de Africa y de la lucha de los pueblos por la liberación, quedará en la historia de nuestro país, en la memoria de nuestros combatientes internacionalistas y en la memoria de las futuras generaciones, porque por esa isla caboverdiana pasaron, yendo y viniendo durante casi 15 años, cientos de miles de internacionalistas cubanos.

Por eso, aunque este homenaje que habíamos ideado para el Presidente, para la delegación y para el pueblo caboverdiano se ha convertido en un recíproco reconocimiento, algunos podrían decir que es un intercambio de condecoraciones, y los que tal cosa dijeran realmente serían gente ignorante, porque si por primera vez prácticamente se produce este tipo de ceremonia aquí, a los ojos de nuestro pueblo que lo está observando por la televisión, nunca se habían dado tampoco las excepcionales circunstancias de que dos pueblos tan pequeños, dos islas tan hermanadas, hayan dado un ejemplo como el que dimos ambos pueblos y hayan hecho una contribución como la que cubanos y caboverdianos hicimos en favor de los pueblos de Africa.

Es justo que un día como hoy, a través de nosotros, que no somos más que modestos representantes de nuestros pueblos, intercambiemos estos reconocimientos.

Muchas gracias (APLAUSOS).


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