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 Batman
y Robin resbalan en la azotea


Los protagonistas de Batman y Robin, la cuarta parte de una entrega seriada que
comenzó hace casi diez años, están a tono con el filme: Mucha ropa musculosa sobre una
osamenta de vuelo endeble.
ROLANDO PEREZ BETANCOURT
La depresión de los años 30 en los Estados Unidos le estiró el
certificado de nacimiento a Batman. También a Supermán y a otros héroes invencibles,
portadores de una musculatura plagiada de aquellos semidioses con los que los escultores
del renacimiento llenaron las calles y palacios de la Florencia renacentista. Los mismos
historiadores del arte norteamericano se encargaron de diagnosticar las motivaciones
políticas y sociales que dieron lugar al nacimiento de Batman y sus congéneres:
evasión, escapada mental de una realidad reinante más allá de las cuatro paredes en las
que eran consumidas las tiras cómicas.El resultado fue una estética altamente apreciada
por todo lo que de renovador traía, tanto desde el punto de vista de las complejidades
mentales del vengador de la noche como por la manera en que eran dibujadas las
historietas, en las que predominaba el gótico como estilo.
A finales de los cincuenta, Batman y su mundo fueron cambiados en
función de una infantilización del protagonista. Así, haciéndole perder en rasgos de
adulto, el hombre murciélago se convertía en un personaje plano, propicio para el
consumo no solo de una audiencia infantil, sino también como mercancía ideal para la
industria de la juguetería. Un nuevo giro vendría en los años ochenta de la mano de un
grupo de importantes ilustradores. Ellos comprendieron que la época no estaba para seguir
con la moralina del personaje caballeresco, actuando solo por un abstracto concepto de la
justicia, y les devolvieron a Batman y su entorno buena parte de la humanidad perdida y
también una cierta sordidez a las historias. Sobre esa concepción, y los indudables
aportes de su talento, fue que trabajó Tim Burton en las dos primeras y sorprendentes
entregas cinematográficas, verdaderos éxitos de público y de taquilla. Joel Schumacher,
dirigiendo el Batman Forever que marcó la tercera vuelta a la pantalla del héroe,
demostró que podía aportar dentro de las maestrías exhibidas por su predecesor. Sin
embargo, en esta cuarta parte que vimos el sábado por la televisión, Batman y Robin,
Schumacher y su guionista, Akiva Goldsman, resbalan tan estrepitosamente que casi pudiera
pensarse en un certificado de defunción para la posibilidad de nuevas entregas.
Batman y Robin recuerda uno de esos dibujos animados de factura
japonesa que tanto pasan las televisoras del mundo (incluyendo la nuestra) donde
semidioses musculosos no paran de propinarse porrazos de todo tipo. Esta cuarta cinta del
murciélago hombre es una apoteosis del efecto especial (¡que ya se sabe puede lograr
grandes cosas!) y nada más. La historia es insulsa comparada con las anteriores y el
guión, si alguna vez lo hubo a la manera que indican las reglas, resulta aplastado por
una sucesión de correrías que no dejan respirar. Sacudidas y traqueteos que, sin
embargo, llegan a aburrir. Evidentemente los realizadores apostaron por una supuesta
simplicidad pueril con miras a la taquilla más abarcadora y les restaron a los personajes
de Ciudad Gótica ese encanto satírico y hasta acerbo, a la mejor manera del rebote
postmodernista, obtenido en las anteriores cintas. Trataron de probar si acaso esto
último con la malvada, pobremente interpretada por Uma Thurman, Poison Ivy, y lo que
lograron fue una representante nada feliz de la causa ecologista, portadora, por demás,
de un tufillo reaccionario, ligado a la desmedida exaltación del cuerpo humano como eje
determinante de que hace gala el director, ya desde los primeros planos del filme.
La producción de Batman y Robin resultó la más cara de las cuatro
entregas. También la de menor recaudación.
Ejemplo de que ni siquiera en las superproducciones regidas por los
efectos especiales, el dinero decide el punto final, es capaz de coronar, cuando las ideas
no están claras. |