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La penúltima diatriba
MARCOS ALFONSO
NO TUVIERON opciones para dar a conocer la noticia: ni policías, ni guardias a caballo, ni patrullas, ni bayonetas. Nadie fue obligado a votar. Cada cual concurrió a los colegios por sus propios pies y en el momento que consideró oportuno. Cada quien votó por todos o por el candidato de su preferencia. Tan elocuentes, puros y transparentes resultaron los comicios del último domingo en Cuba, que incluso hasta la palabra fraude, tan común en cualquier proceso electoral en el planeta, estuvo desterrada de las informaciones.
Aunque en ciertos enfoques de algunos despachos cablegráficos, y con mayor crudeza en espacios noticiosos de algunas televisoras extranjeras, no todo fue color de rosa. Y sin mucho a qué asirse, se aferraron a su comidilla cotidiana: Que si los candidatos representan a un partido único y no hay opositores; que si no existe democracia; que el pueblo fue prácticamente obligado a desfilar ante las urnas; que se creó un clima de presión psicológica. Nos espolearon las entendederas. Resultó algo así como una penúltima diatriba (cuándo será la última está por ver).
Una televisora suramericana, por ejemplo, en busca de su "exclusiva" manipuló de tal forma la información que resultó rayana con la ingenuidad: a textos llenos de falacias contra nuestro país leídos por el locutor que distorsionaban lo acaecido en los comicios, los acompañaron con imágenes que decían per se cuál fue el clima real que reinó en la Isla el domingo último.
Lo lamentable es ver y sentir cómo los grandes patrones de la información a nivel internacional tratan de presentar las realidades a su manera, a su conveniencia editorial.
No basta el bloqueo que desde hace más de 35 años se le impone a Cuba; no son suficientes los engendros que los enemigos de la Isla conciben a diario para asfixiarnos. ¡No! Todo es poco para que no aparezcamos en la escena pública, a menos que sea para colocarnos en el banquillo de los acusados. Es como si este país no existiera, salvo para criticarlo y asediarlo.
¿Y qué ha hecho Cuba?: trabajar en silencio, luchar sin descanso, resistir el embate sin perder el sueño. Ahí están los índices de salud, tan anhelados por millones de seres en el mundo, que nada envidian, e incluso superan a veces a los niveles que alcanzan países desarrollados; sostener contra viento y marea un sistema educacional gratuito; desarrollar los valores morales y espirituales de los hombres; garantizar libertad plena de derechos y justicia social; poder enarbolar el estandarte genuino de la dignidad y la soberanía; defender lo que queremos y amamos; no dejarnos intimidar ni corromper con falsos cantos de sirenas. Pocos son los que divulgan, y menos los que publican, esas tangibles verdades. Qué le vamos a hacer, ese es el mundo que nos ha tocado vivir.
Lo acontecido el 11 de enero, cuando casi ocho millones de cubanos acudieron por sus convicciones ante las urnas, es muestra irrebatible de los sentimientos nacionales.
¿Son tan incrédulos ciertos informadores al no percibir que la votación de marras no fue solo para elegir a los 601 diputados y los 1 192 delegados a las asambleas provinciales? ¿No se percataron acaso de que ese 98,35% de los electores -calificado por alguien de apático- que acudió ante las urnas, solo con su presencia, demostró que prácticamente no existe el abstencionismo en el país? ¿Nada les dicen las boletas anuladas o en blanco que constituyeron solo un 5%? ¿Fue o no acaso un plebiscito a favor del mundo que soñamos y del proyecto político que defendemos?
En las asambleas -nacional o provinciales- ¿están o no presentes todos los sectores y estratos sociales del país?: Obreros, campesinos, intelectuales, científicos. Creyentes. Militantes o no del Partido Comunista de Cuba... Todos elegidos mediante un proceso que se inició en los barrios con los vecinos, en los centros de labor o estudio de los postulados, en sus organizaciones de afiliación. La mitad de los elegidos son delegados de base del Poder Popular. Y todo sin pasquines ni campañas de propaganda, a contrapelo de lo que dijeron ciertos despachos, pero sí con un mayoritario consenso popular a todos los niveles de la sociedad.
Nada es suficiente. Nada parece convencer. Incluso, más allá de los deseos y las buenas intenciones que puedan albergar quienes tienen el deber de comunicar, ese tipo de informaciones no figura entre las "prioridades" de sus editores. Es algo así como el viejo trabalenguas que donde dije digo, no dije digo sino dije Diego.
La conciencia ciudadana, esa que mueve montañas, resultó la protagonista de este nuevo voto por Cuba. Pocos son los pueblos en el mundo que pueden exhibir tan alto grado de democracia y que sus iguales los representen en el máximo órgano de poder del Estado.
Esos hechos, dolorosamente, no son generalmente reflejados por las grandes transnacionales de la información. La verdad sobre Cuba, ha dejado de ser noticia para ellos.