 
Las mujeres dan una importante contribución a la
seguridad alimentaria del mundo y de sus familias.
Las que alimentan al mundo

SARA MAS
NO SERIA revelación alguna afirmar, a esta altura de la vida en el
planeta, que la responsabilidad mayor de la producción de alimentos en el mundo recae
sobre el esfuerzo y las habilidades de las mujeres.
Esa certeza que se confirma a diario desde las estadísticas de
productoras de alimentos, elaboradoras industriales o sistemáticas e imaginativas
realizadoras en las cocinas de los hogares, ha sido razón de peso para que la
Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO),
acuñara este 16 de octubre, Día Mundial de la Alimentación, con el lema "Las
mujeres alimentan al mundo".
La importante contribución femenina a la seguridad alimentaria del
orbe y de sus propias familias ya no puede pasar inadvertida a los ojos de muchos.
Más de la mitad de los alimentos generados en el mundo lo producen
ellas, quienes son responsables de la elaboración del 80% de los alimentos básicos en
Africa y aportan entre el 50% y el 90% de la mano de obra para el cultivo del arroz en
Asia, según informes de la FAO.
Pero además, en casi todo el globo las mujeres invierten hasta
cinco horas diarias recolectando leña y agua y otras cuatro preparando comida.
En las actuales circunstancias de Cuba, con considerables
reducciones de los servicios de apoyo al hogar, de artículos de la canasta básica
familiar y por reiteradas carencias financieras y materiales, aun cuando se advierten
discretas mejorías en algunas opciones alimentarias a la población y se mantiene el
apoyo y subsidio estatales a los alimentos de primera necesidad, también la creatividad y
esfuerzo de las familias, y particularmente de las mujeres, han sido decisivos en la
garantía alimentaria.
Y no se trata de menospreciar el desempeño masculino, con una mayor
presencia y preocupación notable en los momentos más duros de la cotidianidad, sino de
valorar con justicia esas tareas del hogar a veces compartidas, otras no, consideradas
frecuentemente como deberes de esposas y madres, y que constituyen también una ocupación
importante para la economía nacional, la reproducción de la fuerza de trabajo y la
satisfacción de las necesidades elementales del ser humano.
Las cubanas son, además, el 33,3% de la fuerza laboral en la
industria alimentaria, el 22% en la pesquera, el 20,9% en el sector agropecuario y el
18,3% en la industria azucarera.
"Las mujeres han demostrado cumplir un papel activo en el
desarrollo cuando les dan las oportunidades y recursos. Son eficientes, dinámicas y
abiertas a las innovaciones", afirma Jacque Diouf, director general de la FAO.
Pero lo cierto es que el panorama mundial es diferente y está
generalmente invadido por prejuicios legales, estructuras sociales y pocos progresos
sociales y humanos que dificultan la mejoría económica de las mujeres y aumentan la
feminización de la pobreza.
Según informes de Naciones Unidas la cantidad de mujeres que viven
en la pobreza creció un 50% desde la década de los 70 en comparación con el 30% de su
contraparte masculina.
Y a ello se añade que las desigualdades de este mundo tan mal
repartido mantienen en franca alienación y desventaja a los países subdesarrollados.
El informe de Desarrollo Humano 1998, dado a conocer el pasado 9 de
septiembre, da cuenta de un quinto más rico de la población mundial, el cual consume hoy
el 45% de toda la carne y el pescado, en tanto el quinto más pobre se aprovecha sólo del
5%. El consumo medio de proteínas, por ejemplo, es de 115 gramos por día en Francia y de
32 gramos en Mozambique.
Los pobres no sólo se benefician menos, sino que sufren además los
efectos más dolorosos de los hábitos de consumo insostenibles, al punto que las
prácticas excesivas de las naciones industrializadas han agotado reservas de peces y
disparado los precios del pescado, principal fuente de proteína hoy para casi mil
millones de personas en países en desarrollo.
Cifras y verdades que mantienen a la humanidad frente a los
desafíos de dos graves problemas casi siempre acompañados: la pobreza y el hambre. |