INTERNACIONALES

Pinochet, senador vitalicio

Y yo sigo siendo el Rey


NIDIA DIAZ

Aunque estaba escrito, no pocos dudaron que el día llegaría en que Augusto Pinochet ocupara el escaño de senador vitalicio diseñado por él mismo para perpetuarse en el poder.

La víspera -también como estaba escrito-, entregó la jefatura del Ejército y pasó a retiro de la vida militar no sin antes reivindicar el golpe de Estado que protagonizó un cuarto de siglo atrás y llorar por los uniformados muertos.

Algunos califican ambos hechos como "una victoria de la democracia" por cuanto interpretan que el ex dictador buscó en el fuero parlamentario un escudo de protección contra los eventuales procesos penales y constitucionales que podrían juzgar su pasado.

Otros, sin embargo, consideran la omnipresencia de Pinochet en la vida política chilena como "el gran candado" con que se busca mantener cerrada la institucionalidad de las injusticias, las cuales no sólo tienen que ver con los crímenes de la dictadura sino con el inclemente modelo económico que vino de su mano.

Unos y otros no dejan de tener razón.

La Constitución aprobada en 1980 podría ser el nudo gordiano de toda esta historia cuando ya los síntomas de agotamiento de la dictadura se dejaban ver a causa de la reorganización del movimiento popular en medio del combate y, como consecuencia de que los intereses que habían aupado y apoyado a Pinochet apostarían una nueva carta: la del retorno de la civilidad.

Un viejo refrán asegura que "perro huevero, aunque le quemen el hocico", y el general golpista no estaba dispuesto a purgar culpas compartidas.

La Carta Magna de 1980 fue la gran maniobra política de Pinochet frente a quienes un día le solicitaron sus sucios servicios y estaban dispuestos a sacrificarlo en la nueva era de la democracia.

Ahora, los uniformados al despedirlo con el título de Comandante benemérito, lanzan un mensaje: Pinochet se va, pero se queda.

En Chile, la transición nació viciada y maniatada por un pasado que mantiene dividida a la sociedad.

El Senado que este miércoles juró en Valparaiso en medio de pasiones desatadas, quedó integrado por 20 legisladores de la coalición de gobierno, 18 opositores de derecha, nueve designados y él, Pinochet.

Correlación suficiente para augurar que los tres procesos que han quedado abiertos contra el flamante senador vitalicio conseguirán únicamente la exposición pública de los crímenes y desmanes del sátrapa, pero jamás conseguirán una condena en su contra.

El nuevo Senado es, a no dudarlo, el muro de contención contra cualquier intento de modificar la Constitución. La garantía del poder siniestro de Pinochet y de la derecha que lo acompañó y acompaña.

Al asumir Pinochet su escaño de senador vitalicio, la letra muerta de la Constitución cobró vida irreverente e irrespetuosamente para escarnio de la mayoría de los chilenos y para todos los demócratas en el mundo.

Con la consumación de este acto, lo nuevo ha sido que el "smog de los consensos" alcanzados en Chile en el tránsito hacia la civilidad se ha disipado y la sociedad volvió a polarizarse.

Lo otro ya se sabía y para que nadie se llamara a engaño, los militares despidieron a su general con su canción preferida, "...Y yo sigo siendo el rey..."


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