Uruguay

Por el filo de la navaja

NIDIA DIAZ

LA GEOGRAFIA, quizás, tuvo su cuota de responsabilidad. Al situarlos en uno de los extremos laterales del continente, los uruguayos, por vocación o por instinto, parecieran preferir el centro. Por eso allí todo tiene un carácter peculiar y lo que para otros pudiera ser imprevisible, en el Uruguay todo resulta a la larga, predecible.

Esa es quizás la razón por la que el incremento de los movimientos sociales de protesta que tienen lugar en las últimas semanas en Montevideo y que las agencias internacionales de prensa reflejan con preocupación, algunos políticos uruguayos del oficialismo lo interpreten como la mala digestión que hacen los sectores populares de las consecuencias de los programas neoliberales que los tres gobiernos del tránsito democrático han aplicado.

Pero nada que no tenga solución porque a diferencia del de su predecesor, Lacalle, el gobierno de Julio María Sanguinetti ha llevado a cabo una política económica, neoliberal pero gradualista y, cuando está casi al final de su mandato, las medidas estratégicas de ese corte ya fueron aplicadas.

A lo sumo, estos movimientos de protesta social podrían caldear el panorama político uruguayo en un año preelectoral y en el cual las apetencias de poder comienzan a lacerar la coalición gubernamental que nació como resultado de reformas constitucionales, y que busca cerrar el paso a la izquierda pero desde ya comienza a pensar más como partidos en campaña que como fuerza coaligada.

Los movimientos de protesta social no pueden ignorarse, pero ¿cómo anda la salud del resto del espectro político en el mesurado Uruguay?

El Partido Colorado, enfrenta este año preelectoral con lo que considera su mejor carta de crédito: los resultados macroeconómicos de su gobierno, el balance de las cifras que, por supuesto, tienen una traducción a la inversa en el plano social, pero de eso no se habla.

Los colorados tienen, sin embargo, su Talón de Aquiles: Sanguinetti no tiene un sucesor que pueda intentar sustituirlo en la presidencia con aspiraciones de éxito.

Existe sí, un Jorge Battle, del sector de la derecha neoliberal que es la figura colorada mejor colocada en las encuestas pero al interior del Partido. Battle ha perdido cuatro veces la elección nacional. Es un hombre con manejo interno pero esto no es suficiente para trascender en el voto.

Por otro lado está el Partido Nacional (Blanco) donde comienzan a mostrarse signos de desentendimiento de lo que hasta ahora ha sido la coalición de gobierno.

A diferencia del coloradismo, entre los blancos hay varias figuras con posibilidades de proyectarse como punteros en la carrera presidencial lo que pudiera convertirse en una lucha de contrarios que de vencer en las justas nacionales dejarían maltrecha la unidad interna de la organización.

Entre ellos está Alberto Volonté quien liderea el sector mayoritario del Partido, muy comprometido con la coalición y el compromiso colorado-blanco.

Pero resurge con fuerza el ex presidente Lacalle, representante de la derecha neoliberal quien, sin duda, en el mediano plazo, romperá con el gobierno para marcar su propio perfil aun cuando todos estén comprometidos con la gestión del cuatrienio.

Lacalle, como apuntan los analistas, ha ido pasando el Rubicón tras recuperarse de las denuncias de corrupción hechas contra su gestión en el anterior mandato y está logrando que regresen una buena cantidad de políticos de la corriente que él representa, tras haber ido antes a engrosar la fracción de Volonté.

El ex mandatario, es un político de recorrido como también lo califican los observadores del escenario nacional, de vinculación con los caudillos locales y en las encuestas comienza a levantarse.

Su discurso no es confrontativo con la gestión de Sanguinetti pero tampoco es de compromiso, sabe marcar la distancia para caminar con paso propio.

Frente a la derecha en el poder, está la izquierda uruguaya: el Frente Amplio (FA), por antonomasia la alternativa antineoliberal que luego de discrepancias internas comienza a recomponerse y tiene en Tabaré Vazquez su carta de triunfo.

No por casualidad colorados y blancos, la derecha toda, está en su contra. Atacar a Tabaré es cerrar el paso al carácter antimperialista y antioligárquico del FA como fuerza política

Pero el camino de Tabaré a la candidatura de la izquierda está empedrado de no pocos escollos. No puede olvidarse que el Frente Amplio está formado por un conjunto heterogéneo de fuerzas políticas que dentro de la izquierda recorre todos los matices.

Y donde una minoría asume posiciones francamente de oposición, mientras una mayoría aunque habla de crear un proyecto alternativo de hecho, en la práctica, propone una política económica que a corto plazo no va a modificar mucho lo que ya existe y, otro sector más moderado que dice francamente: vamos a respetar todo lo rescatable del programa de Sanguinetti.

Razón de más para que en lo que resta de aquí a octubre de 1999 todas las baterías estén concentradas contra Tabaré Vazquez, que en las últimas elecciones fue el político más votado a la presidencia del Uruguay en toda la historia del país y no pudo asumir el sillón ejecutivo por la llamada Ley de Lemas mediante la cual el candidato más votado de una lista (lema) sumaba para sí los votos de sus contrarios.

La izquierda uruguaya tiene ante sí un reto histórico.

Actúa en un país donde el espectro político siempre tiende al discurso moderado, al centro, y la alternativa del Frente Amplio, será caminar por el filo de esa navaja con un accionar y un discurso que tampoco lo lleve a renunciar a sus principios ni rebajar el contenido de su programa en busca de conquistar a toda costa a ese electorado centrista.

 
 
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