NACIONALES

El Maine en su viaje sin retorno


Rolando Rodríguez

A las 11 de la mañana del 25 de enero de 1898, el crucero acorazado de segunda clase, Maine, mientras mostraba calladamente su casco blanco a lo largo de la pestilente playa que ceñía la embocadura de la bahía de La Habana, fue objeto de los ánimos enconados, las bravatas y las burlas de grupos integristas apostados allí y en las proximidades del hotel Miramar, cerca de la glorieta del Prado. El navío, destinado a la escuadra que cuidaba las aguas del norte de las Antillas, había sido botado al agua en Brooklyn en 1890 y su tripulación estaba compuesta por 24 oficiales y 331 marineros.

No se ocultó al capitán de la nave, Charles D. Sigsbee, que el recibimiento de las autoridades españolas fue cortés pero frío. Conocía la razón: en medio de las intimidaciones que Washington ejercía sobre Madrid, para que se le pusiera fin a la guerra de Cuba y se le traspasase la Isla o, al menos, su control, al buque se le había encomendado una visita reputada de amistosa que a cualquiera podía antojársele de muy extraña. Además, se produciría en momentos en que todavía se olfateaban en el ambiente de La Habana los disturbios provocados por los elementos integristas a causa de la implantación del régimen autonómico. El mismo Sigsbee entraba en el juego de la provocación: como anotó, había querido llegar cuando la ciudad estuviese en plena actividad. De esa manera, se pondría ante los ojos españoles la musculatura naval de su país.

Anclado junto a la boya número 4, el buque quedó al pairo entre las aguas remansadas y azules de la bahía, siempre con sus calderas encendidas, en perpetua vigilia ante una eventualidad. A sus marineros, luego de un corto paseo por la ciudad el primer día de su llegada, no se les autorizó bajar más a tierra, porque el cónsul de Estados Unidos, Fitzhugh Lee, lo determinó así en previsión de algún incidente.

Los días decursaban. A principios de febrero, el embuste empleado para justificar la presencia del navío empezó a resultar insostenible. "La gente tiene la impresión de que la visita del Maine no tiene propósitos amistosos", escribió Lee el 2 de febrero, al subsecretario de Estado William R. Day.

Por fin, a las 9:40 p.m. del día 15 una horrorosa explosión convirtió el buque en un pecio que fue a reposar al fondo de la bahía habanera. En total, 266 marinos, entre los que se incluyeron dos oficiales, resultaron muertos en la catástrofe.

Ahora quedaban por ver las causas que habían propiciado el siniestro. En los primeros momentos se estimó accidental. El día 16, Lee informó a Day que se inclinaba a pensar en un origen fortuito, a causa de la cercanía de las santabárbaras a los pañoles de carbón y la combustión espontánea de este. Hasta John D. Long, el secretario de Marina, llegó a expresar que se trataba de un hecho casual y de la Casa Blanca se filtró que no había razones para sospechar que había otra causa que un accidente. Incluso, casi enseguida, la Secretaría de Marina colocaría un aviso redactado por el profesor Alge, perito prusiano de esa dependencia, en el cual sostenía que la explosión no podía ser de ningún modo el resultado de un torpedo o fuerza exterior. No obstante, un clamor acusatorio contra España comenzó a levantarse en Estados Unidos. De eso se encargó la prensa jingoísta, la cual no vaciló en volcar acusaciones sobre España. "Esto significa la guerra", proclamó John Radolph Hearst, propietario del Journal. El furor se empezó a respirar en el ambiente, y los jingoes no ocultaban su desazón porque el inquilino de la Casa Blanca no acababa de irse a una guerra que desde hacia tiempo propulsaban. "Daría cualquier cosa porque el presidente McKinley enviase mañana la flota a La Habana", escribió Theodore Roosevelt el 16 de febrero.

Casi de inmediato, la Casa Blanca y la Secretaría de Marina cambiarían de opinión y dejarían de hablar de la causa fortuita. Tenían sus razones. Cuando Roosevelt hizo su afirmación, parecía desconocer lo que aquella misma noche iba a descubrir el senador Fairbanks al visitar a McKinley. Según confiaría, lo halló envuelto en una fiebre guerrerista. Esto quiere decir que había concluido que, al fin, tenía en sus manos la justificación para lanzarse sobre España, para obligarla a ceder Cuba de una u otra manera.

A pocas horas de la explosión, el país ibérico mostró su interés por examinar los restos del navío e interrogar a los sobrevivientes. Hasta no obtener autorización estadounidense no debían proceder a la investigación física del pecio. Pero Sigsbee dilató el permiso con el argumento de que debía esperar la llegada de los buzos para desarrollar trabajos en los restos. De inmediato, Washington designó una comisión encargada de la pesquisa, encabezada por el entonces comodoro William T. Sampson, que saldría para La Habana el 20 de febrero y que debía actuar con total independencia de los españoles.

Las evidentes prevenciones hispanas de que se fuese a inculpar a su país de las causas del siniestro, se confirmarían enseguida, porque a poco de arribar la comisión, ya Lee había cambiado su impresión inicial del origen accidental de la explosión e informaba a la Secretaría de Estado que las municiones de 10 pulgadas estaban intactas, y las investigaciones preliminares probaban que un torpedo había causado la explosión.

Resultaba obvio que, de concluirse que la explosión se había originado en el exterior del buque, todo apuntaría a que los autores del crimen habrían sido españoles. Tan delirante resultaría la búsqueda de cualquier prueba acusatoria que Lee telegrafiaría que habían encontrado un despacho de la Western Union, del 15 de enero, en el cual el contralmirante Manterola, jefe del apostadero de La Habana, decía a la comisión naval española en Londres: "Urge envío cable eléctrico", y, según él este se trataría de lo utilizado en la mina. Desde luego, según tal razonamiento, el marino español debía haber sabido con días de antelación la decisión de McKinley de enviar el Maine a Cuba, la cual solo tomó el día anterior a que zarpara. Consciente de la contradicción de fechas, Lee mintió descaradamente y dijo que el arribo del buque se conocía "desde muchos días antes".


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