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 85 años en la llama del verso
Serafina Núñez y las rosas del porvenir

LUIS SUARDIAZ
¿Los elegidos mueren jóvenes? Hace casi cuatro décadas
Nicolás Guillén volvía sobre el tema, ya que, en efecto, son numerosos los casos de
escritores y artistas que terminaron súbitamente su tránsito cuando todavía tenían
mucho por hacer. Mas, también, decía Nicolás, sobran ejemplos de longevos que en sus
años últimos nos entregan obra perdurable.
Por otra parte el simple existir sin nada que aportar fue duramente
criticado en los versos que Archibald Macleis dedicó al navegante Bernal Díaz: Lo
triste no es morir,/ Lo triste es el menguado vivir cuando no queda vida. Pienso
en todo esto con motivo del octogésimo quinto cumpleaños de la imbatible Serafina
Núñez. Nacida en su ciudad de siempre, La Habana, el 14 de agosto de 1913, ella puede
afirmar con Whitman que se halla aún grávida de vida. Sus primeros versos los publicó
Juan Ramón Jiménez en su caudalosa selección titulada La poesía cubana en 1936.
En el siguiente lustro dio a conocer tres cuadernos líricos: Mar cautiva, Isla en
el sueño y Vigilia y secreto, este último con prólogo de su siempre amigo y
admirador Juan Ramón, ya en 1941.
Fue Gabriela Mistral quien logró que Serafina, maestra normalista y
estudiante de Pedagogía, consiguiera una plaza años después de su graduación. Muy
activa en organizaciones femeninas, en programas radiales y órganos de prensa, solía
ofrecer recitales en diversas instituciones culturales y obreras, sin embargo no publicó
otro poemario hasta 1956, esta vez en México y con prólogo de su devoto Luis Alberto
Sánchez. Páginas suyas siguieron apareciendo en antologías y publicaciones seriadas,
pero brillaron por su ausencia sus libros en las bibliografías de varias décadas hasta
que, en espera de un libro mayor, preparamos una edición especial en 1992 de Los
reinos sucesivos, cuaderno en el que se juntan composiciones de sus primeros
tiempos con otras de reciente factura, cuando ya muchos pensaban que la larga faena como
maestra, los trajines domésticos y el desvivir le habían apartado de la poesía escrita.
Así pues reaparecía con todas sus galas la que, en apariencia, pertenecía ya al ilustre
pasado donde reinaban sus espléndidos sonetos, sus elegías, sus cantos de tono
filosófico o de acento social.
Volvió al ruedo Serafina con renovados bríos y al llegar a sus
ochenta y cinco años es no solo una de las más veteranas cultoras del verso en todo el
ámbito del idioma con sostenida calidad, sino que disfruta de una etapa fecunda. Lo
prueban sus más recientes títulos: Vitral de sueño, en Ediciones
Unión, premio de la crítica, y Moradas para la vida, auspiciado por
Vigía en Matanzas en 1995. Ese mismo año terminó otro extenso libro titulado Porque
vivir es un testimonio raro, todavía inédito.
Aunque solo comenzó a escribir décimas hacia 1956, es una pulcra
inventora de espinelas que se asoman en sus libros y ahora Ediciones Capiro, de Villa
Clara, publicará unas cuarenta escritas entre 1994 y 1997 con el título de Rosas
de mi mansedumbre; algunas, muy singulares en el cauce del endecasílabo, pero la
mayoría renueva el tradicional verso de ocho sílabas.
Una grata noticia en sus natales: Letras Cubanas, con el coauspicio
de la UNESCO, tiene en proceso de edición una antología de su obra que abarca temas
escritos entre 1936 y 1997 y se ha de nombrar En las serenas márgenes. Y
ese es el mejor homenaje, pues las poesías impresas que descubren cada día los nuevos
lectores, son gallardas rosas siempre abriéndose al porvenir. |