 Lo que el Censo se llevó

RICARDO ALARCON DE QUESADA
En el año 2000 se realizará otro Censo de población en Estados
Unidos. Hacen uno cada diez años porque así lo dispone la Constitución. Siendo algo tan
normal y repetido no debería causar mayores contratiempos ni ser objeto de polémica.
El próximo, sin embargo, ha provocado enfrentamientos entre los
políticos y un pleito ante la justicia federal.
El problema, según reconocen todos los diarios que se ocuparon del
tema, es que los Censos de población allá efectuados, adolecen de serias deficiencias y
estas se agudizan de decenio en decenio. En resumen, las cifras oficiales no reflejan la
realidad, millones de norteamericanos sencillamente no son contados y se ahonda la brecha
entre la población real y lo que dicen los resultados censales. El asunto ha sido
examinado por los estudiosos, incluyendo la Academia de Ciencias, quienes coinciden en su
gravedad a partir de los errores encontrados en el Censo de 1990.
¿Cuántos son los norteamericanos que faltan?
Es comprensible que sobre esto no haya una idea definitiva. Nadie
puede saber exactamente cuántos faltan precisamente porque nadie los ha contado.
Pero es posible hacer cálculos basados incluso en la observación
visual. Puede suponerse, por ejemplo, que la aglomeración de gente humilde en arrabales
inhóspitos que no cesan de crecer debería plasmarse en números superiores a los que
indica el Censo. Basta asomarse a la ventana para ver también cómo se multiplican las
personas que acampan en cualquier lugar, incluyendo las aceras por donde han debido
desplazarse los enumeradores.
Según el Washington Post los "desaparecidos" en el Censo
de 1990 oscilan entre 10 y 15 millones de norteamericanos. Otros diarios hacen cálculos
más conservadores, pero reconocen que en todo caso son más de 8 millones.
Cualquiera de esas cifras, incluso la más prudente, es superior al
total de la población de la mayoría de los estados que integran la Unión. Solo ocho
estados tienen más habitantes.
¿Quiénes son los que no fueron contados?
Al respecto nadie tiene la menor duda. Todos los diarios
norteamericanos apuntan en la misma dirección. Leer el Washington Post o el Washington
Times, el New York Times o el Chicago Tribune o cualquier otro periódico conduce a igual
resultado: son "negros, latinos, aborígenes, jóvenes, inmigrantes, pobres de la
ciudad y del campo, pobladores de arrabales o homeless y la masa creciente de personas que
no hablan inglés".
En esos sectores de la sociedad norteamericana hay desde luego, más
personas que los millones no contados por los funcionarios del Censo. En Estados Unidos
hay muchos más negros, más latinos, más pobres. Y aumentan no solo por razones
demográficas, sino sobre todo como consecuencia del neoliberalismo que allá, como en
todas partes, hace cada vez más ricos a los ricos y más pobres, y cada vez mucho más
numerosos, a los pobres. Tiene razón el New York Times cuando prevé, en su editorial de
agosto 25, que el problema "será más acentuado en el próximo Censo".
¿Adónde nos conduce esta información?
Hay un par de conclusiones importantes sobre la verdadera naturaleza
del sistema yanki. La primera y más obvia es que sus resultados electorales son falsos.
Todos sabemos que en las "elecciones" de allá votan cada vez menos personas.
En los más recientes comicios generales, en 1996, según los datos
oficiales, votaron "casi" la mitad de los electores. Esa proporción,
notablemente baja y siempre decreciente, dice mucho acerca de los problemas que aquejan a
esa sociedad.
En un artículo publicado en Granma el 11 de septiembre
("Elecciones sin electores"), expliqué que esa "mitad" de los
electores se nutre con "votos falsos, comprados o inventados, de gente que no votó o
de personas que no existen".
La situación, sin embargo, es peor. Hay además un fraude
estadístico. Cuando allá hablan del 50 por ciento de electores se están refiriendo a la
mitad de un total que saben que es falso, que ha sido reducido arbitrariamente.
Porque Estados Unidos tiene más habitantes, varios millones más,
que la cifra utilizada para calcular sus electores. En otras palabras, puesto que la
población norteamericana es significativamente mayor, el porcentaje de ella que no votó
también lo es.
Hay otro aspecto también revelador. Hacer un Censo cada diez años
tiene por objeto, según la Constitución, establecer la base para la distribución de los
representantes a elegir por cada distrito electoral. La Cámara norteamericana, desde
1910, la integra una cantidad fija de representantes que son 435, ni más ni menos. Esta
cifra no puede aumentar ni disminuir. Es necesario, por tanto, redistribuir
periódicamente la cuota de representación por distritos según las fluctuaciones
demográficas. Debería ser así, al menos, en teoría. En la práctica el asunto se
convierte en motivo de pelea entre los políticos norteamericanos en la que ganan quienes
controlan el Congreso.
Y he aquí que el Censo de 1990, el mismo que dejó de contar varios
millones, presenta otro curioso error. Resulta que, según él, otros varios millones
fueron contados dos veces.
Aquí, otra vez, hay diferencias en los análisis periodísticos.
Nuevamente el Washington Post da una cifra más alta, calcula entre 6 y 9 millones la
cantidad de personas que fueron contadas más de una vez. Otros diarios consideran que no
fueron tantos pero todos señalan que por lo menos superaron los 4 millones. Ninguno
encontró, desde luego, entre estos "aparecidos", los que son contados doble, a
negros, latinos o gente pobre.
Como resultado de estos "errores" los distritos pobres
están subrepresentados mientras otros, donde predominan personas de altos ingresos, gozan
de sobrerrepresentación. Todo ello en nombre de la "democracia representativa"
que hace desaparecer de las estadísticas a millones de personas y las convierte en un
"cero a la izquierda". |