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Cabeza abajo

LEYLA LEYVA

La obra de Carlos Augusto Alfonso (1963) es de las que pocas veces ha sido excluida de las numerosas antologías sobre la reciente promoción de poetas. Su peculiar manera de asumir la palabra desde una perspectiva de aparente irrealidad, sustentada fundamentalmente en el experimento del lenguaje, lo han hecho distintivo en el vasto panorama de la lírica nacional.

Entre sus libros editados se cuentan El segundo aire, Población flotante, Oración de Letrán, Fast Delivery y un cuaderno que publica ahora Ediciones UNION, Cabeza abajo, galardonado con el premio UNEAC de poesía Julián del Casal en 1996.

Obra esta bastante fiel a la línea del autor, aunque de una madurez evidente, Cabeza abajo está conformado por cuatro partes: De una ciudad a otra, Cipo, Habana medieval y Las cosas marchan, y es, sin duda alguna, un excelente libro con una consecución de pensamiento tan profundo como el propio despliegue estilístico que ejecuta de manera impresionante Carlos Augusto Alfonso.

El lenguaje desempeña aquí el papel de intérprete de un particular universo creado y violentado al mismo tiempo por la propia palabra que la alienta; dura esta y eficaz, de un sabor amargo, irónico a veces, que en conjunto se expresa en obra de vocación reflexiva sobre el sujeto y el entorno en la búsqueda de un discurso poético de resonancia mayor.

Sin embargo, no es este un libro de poesía que establezca pronto los lazos de comunicación con el lector, por lo menos no con la inmensa mayoría de los poemas publicados aquí. El acercamiento a estos textos, su comprensión y la intensidad de su pulso, sólo pueden ser comprendidos en un proceso de aprendizaje, de desmontaje de los códigos expresivos y de la vuelta a ellos por un gusto de naturaleza consciente.

Familiarizarse con la lectura de Cabeza abajo puede llegar a ser una experiencia muy grata para el lector de poesía que busque relacionarse con lo valioso de una amplia y variada generación lírica, en la cual el autor de este poemario tiene sitial de cabecera.

Para los no creyentes que deseen saberlo,/ mi cabeza es la flecha que apunta hacia la tierra, /el anzuelo que prende los peces más variados./ Por la mano que lame sin el asa/ recibiré del aire su mano temblorosa./Quien me devora a medias no es el ave de paso,/son los pocos que luchan porque duerma,/es el INRI el que tiene la última palabra:/"El esturión caduca y pasa a ser,/porque al hombre de oro no se le ve por todo eso"./ Falta de inmunidad me estaba consumiendo,/porque el hombre de oro debía decir algo./ Ya en la cruz está Pedro,/ que parece destinado a declinar la oferta, /se posesiona siempre antes de mi lugar,/ aprovecha que sabe que un despojo no vuela, /que sólo es conducido/ por quienes existen y acompañan/ es el amaestrado, el eje de la tierra,/ me queda la variante de pensar que él es sordo,/que en la descarga usa altares confabulados./Recogíamos algo, chocamos las cabezas?/ el despojo solar que da a este planeta/ donde si existe agua aún no existe la vida./ (Poema Cabeza abajo 1, del libro del mismo nombre).

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