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El puertorriqueño Jacobo Morales, al centro, junto a su infatigable colaboradora y esposa, la también cineasta Blanca Eró, rodeados por el cuadro de actores que interviene en  Jugando en serio.

Jacobo vuelve a galopar

ROLANDO PEREZ BETANCOURT

El hombre vivía con dos mujeres. Una de ellas era un tratado de atributos físicos, apasionada y seductora. La otra, la clásica ama de casa, sin nada plástico que deberle a la naturaleza. Eso sí, reposada y buena cocinera. En apariencia la esposa era esta y la amante la otra. Eso hacía creer Jacobo Morales en una de las historias integrantes de Dios los cría, película suya que se alzó con uno de los Corales del Festival de La Habana de 1980. Al final de una trama bien urdida y salpicada de un humor de equívocos, el espectador descubría que el marido, abrumado de lujurias y belleza platinada, escapaba del hogar para refugiarse en los cuidados de la noble cocinera, en definitiva la amante y la mujer para quien él, en verdad, estaba hecho.

A partir de aquella cinta, el puertorriqueño Jacobo Morales se convirtió en una figura bien conocida de los espectadores cubanos. Nicolás y los demás, Lo que le sucedió a Santiago, y Linda Sara, además de demostrar calidades de un artista preocupado por hacer arte y mediante él reflejar la identidad de su país, resultaban expositivas también del largo peregrinar económico por el que debía atravesar el cineasta si quería filmar. Bastaba con leer la lista de agradecimientos al final de sus filmes para comprobar a cuántas puertas se tocaba antes de la arrancada.

Hace unos días tuve la suerte de encontrarme con Jacobo en San Juan, Puerto Rico. Y de ver su última obra, un corto dramático de doce minutos al que no vacilo en calificar de excelente. Jugando en serio es el título y en él se habla de los planes, sueños y sufrimientos de un grupo de cineastas empeñados en hacer un largometraje. Encrucijada del querer y no poder que sin ellos saberlo es registrada por una cámara de vídeo operada por un grupo de niños. De nuevo el humor negro de Jacobo, su facultad para armar una trama llena de sorpresas, la imaginación para incorporar a su rápida historia personajes de la iconografía cinematográfica como Doña Bárbara, El Zorro y María Candelaria.

Escritor, actor y director de sus filmes, hombre del treatro, la radio y la televisión, en la que mantiene un programa semanal, Jacobo Morales es una figura bien querida del medio intelectual puertorriqueño. Quijote siempre con un proyecto debajo del brazo, sabe que a la altura de sus años podía haber filmado mucho más. Pero aunque un cierto sentimiento de frustración le ronde a veces, dice tener el optimismo necesario para no claudicar, espantarlo y pensar que el mañana comienza ahora mismo, que no por gusto tiene tres guiones pulidos y prestos a dar batalla tan pronto aparezca un patrocinador. Porque su drama de consumación artística es la misma de la de otros directores latinoamericanos que deben enfrentarse al poderío económico de las casas productoras de Hollywood, dueñas también de la distribución. Conocedor de ello, Jacobo aboga por un cine latinoamericano variado y que a la manera de un abanico sea capaz de hablar de lo humano y lo divino mediante los géneros más diversos.

Entusiasmado, luego de ser descubierto durante la conversación por un grupo de alumnos que acudieron a saludarlo, afirma que nunca antes había visto tantos proyectos de jóvenes empeñados en hacer cine y video. Es necesario darle al público más opciones, en cualquier festival que se celebre en tierras latinoamericanas se ve cómo gusta lo que hacemos, nuestra lengua, nuestras historias comunes, pero luego ese cine desaparece de las pantallas, es como el sueño de unos días, sin la continuidad necesaria para establecerse.

El tema de las comunidades latinas residentes en los Estados Unidos sale a relucir. Se sabe que la industria del cine norteamericano ya está realizando cintas dirigidas a ellas y en opinión de Jacobo Morales ese es un público también interesado por lo que se produce en sus respectivos países, solo que habría que romper el cerco de distribución para llegar hasta ellos. La distribución lo obsesiona, porque sabe que por muy exitosa que sea una película puertorriqueña en su país, la taquilla no da para cubrir los gastos. Un ejemplo lo constituye Linda Sara, que con doscientas mil entradas, no ha podido recuperarse.

De sus películas, Jacobo dice no tener preferidas y reconoce virtudes y defectos en todas ellas. Siempre soy un insatisfecho con lo hecho, asegura. Acerca de su proverbial sentido del humor, afirma que le sale espontáneo y luego lo trabaja, lo pule. ¡Nada de fórmulas! Si tiene que pronunciar el nombre de un director, ese es Tomás Gutiérrez Alea. Me interesa mucho su sentido popular unido a su visión social y filosófica.

En cuanto a Cuba y sus festivales de cine, hacer las maletas, venir, clasifica en el rango de las grandes alegrías.

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