 
Calixto García fue un ferviente convencido del valor y la
trascendencia del ideal que defendía y de dos de sus más valiosas cualidades: el
patriotismo inclaudicable y la voluntad a toda prueba
Discurso del General de Ejército Raúl Castro Ruz, Segundo
Secretario del Comité Central del Partido y Ministro de las FAR, en la ceremonia por el
centenario de la muerte del Mayor General Calixto García Iñiguez
Compatriotas holguineros:
Compañeras y compañeros:
Hace cien años, un día como hoy 11 de diciembre, falleció en
Washington, de repentina enfermedad, el Mayor General Calixto García Iñiguez, mientras
cumplía una misión especial de la Asamblea de Representantes de la República en Armas.
La víspera, el 10 de diciembre de 1898, ayer hizo un siglo, los
representantes de Estados Unidos y España firmaron en París el Tratado que ponía fin
oficialmente a la guerra. En esas negociaciones Cuba no estuvo presente, a pesar de los
ríos de sangre, sacrificios y dolor entregados por los cubanos para alcanzar su
independencia; tampoco se refrendó el derecho a la libertad conquistado por nuestra
nación en los campos de batalla, ni la hipócrita Resolución Conjunta del propio
congreso norteamericano, donde se declaraba que "el pueblo de Cuba es y de derecho
debe ser libre e independiente".
Por el contrario, en esa fecha se consuma, de una parte, el último
acto de venganza y soberbia de una metrópoli incapaz de aceptar la aplastante derrota
propinada por quienes oprimió hasta entonces; de la otra, la puñalada por la espalda al
pueblo cubano por aquéllos que, contrariamente a como venían actuando hasta entonces, se
presentaron en el último momento de forma oportunista, como aliados de la causa de Cuba y
solidarios con sus sufrimientos.
Por tanto, la tristeza que invariablemente acompaña la caída de un
grande de la patria, en este caso se ahondó como consecuencia de esta cruel paradoja de
la historia.
No merecía morir en tierra extraña el General Calixto García.
Mucho menos en Estados Unidos, el país cuyos representantes oficiales lo hicieron
víctima de la peor humillación que podía sufrir un hombre de su trayectoria, al
elegirlo como figura central del infamante intento de denigrar al Ejército Libertador y a
la causa que dio sentido a su vida de patriota inclaudicable.
Fue un acto ignominioso impedirle a Calixto entrar en Santiago de
Cuba al frente de sus heroicos mambises, la ciudad que sin su brazo y su talento militar
difícilmente hubieran podido tomar el inepto General Shafter, especialista en la cacería
de indios indefensos en el lejano oeste y sus improvisados o inexpertos soldados, frente a
las aguerridas tropas españolas.
El hecho presagiaba además, el futuro comportamiento y las
verdaderas intenciones de Estados Unidos, de desconocer al Ejército Mambí y la
soberanía que Cuba había ganado en la manigua redentora.
Calixto García supo responder a esta oprobiosa actitud con la
energía que lo caracterizaba y a la altura de un prominente representante de un pueblo
que había luchado durante 30 años por su independencia.
La carta que dirigió al General Shafter, es una lección de
dignidad y patriotismo. "Circula un rumor -dice en uno de sus párrafos- que por lo
absurdo no es digno de crédito general, de que la orden de impedir a mi ejército su
entrada en Santiago ha obedecido al temor de venganza contra los españoles. Permítame
usted que proteste contra la más ligera sombra de semejante pensamiento, porque no somos
un pueblo de salvajes que desconoce los principios de la guerra civilizada; formamos un
ejército pobre y harapiento, tan pobre y harapiento como lo fue el ejército de sus
antepasados en su guerra noble por la independencia de los Estados Unidos de América
pero, a semejanza de los héroes de Saratoga y Yorktown, respetamos demasiado nuestra
causa para mancharla con la barbarie y la cobardía".
No merecía morir en aquel ambiente frío y gris, sumido en la
frustración y la amargura, el hombre que pasó gran parte de su vida bajo el caliente sol
de la manigua insurrecta, o en la penumbra no menos heroica de la prisión que se sufre
por la patria.
Primero son seis años de guerra. Desde el 13 de octubre de 1868,
apenas 72 horas después que Carlos Manuel de Céspedes iniciara en La Demajagua la guerra
liberadora, se suma en Jiguaní a las fuerzas de Donato Mármol, hasta el mes de
septiembre de 1874, en que con su propia mano se hace el disparo bajo la barbilla que pone
una indeleble estrella en su frente, para evitar caer vivo en manos del enemigo.
Unicamente moribundo pudieron hacerlo prisionero.
Su madre, Lucía Iñiguez, se niega a creer que ha sido capturado su
único hijo varón, de cuyo temple sabe de sobra. La ejemplar patriota sólo lo acepta
después de conocer las dramáticas circunstancias en que ello se había producido.
"¡Ese es mi hijo Calixto!", afirma entonces.
En mayo de 1878, cuando sale de la cárcel española, no puede
sentir alegría. Su puesta en libertad es consecuencia del Pacto del Zanjón que lo llena
a la vez de dolor y de ira. Pero no se deja apabullar por la nueva desgracia, se dedica de
inmediato en cuerpo y alma a preparar una nueva guerra. No han transcurrido cuatro meses y
ya preside en Nueva York el Comité Revolucionario Cubano. Después de dos intentos
fallidos de llevar una expedición a la isla en marzo y abril de 1880, el 7 de mayo logra
desembarcar al oeste de Santiago de Cuba.
El fracaso definitivo de la Guerra Chiquita y su deportación a
España, no consiguen aminorar esa voluntad inclaudicable de lucha que siempre lo
caracterizó. El reinicio de la guerra en 1895 renueva su ímpetu, logra evadir la
vigilancia de las autoridades españolas y llegar a Estados Unidos.
Al igual que José Martí, Máximo Gómez, Antonio Maceo y muchos
otros patriotas en el exilio, no escatima riesgos para trasladarse de inmediato al campo
insurrecto. El viejo y destartalado barco en que lo intenta por primera vez, naufraga
frente a las costas de Nueva York poco después de zarpar. A los pocos días es detenido
en pleno mar por las autoridades norteamericanas cuando realiza una segunda tentativa;
hasta que finalmente, el 24 de marzo de 1896, logra desembarcar al norte de Oriente junto
a otros 78 expedicionarios.
UN ALUMNO AVENTAJADO, AL IGUAL QUE MACEO, DEL MAESTRO MAXIMO GOMEZ
La Guerra de los Diez Años fue la academia del Mayor General
Calixto García en el plano práctico; mientras la cárcel y el exilio le sirvieron para
adquirir, de forma autodidacta, un amplio conocimiento del arte militar.
En la contienda del 68 emerge rápidamente como un jefe audaz y de
iniciativa, alumno aventajado, al igual que Maceo, del maestro Máximo Gómez en el empleo
de la carga al machete y de las acciones de la infantería, de la emboscada y las
maniobras atrevidas. Ya en julio de 1869 es General de Brigada y en mayo del 72 lleva los
grados de Mayor General. Para entonces es, sin duda alguna, uno de los más brillantes
oficiales superiores del Ejército Libertador.
En el 96, cuando retorna al campo de batalla, es un hombre que
domina varios idiomas y tiene los conocimientos de un militar de carrera, capaz de
combinar armónicamente los cánones teóricos de la guerra regular y el empleo efectivo
del armamento moderno, con las muchas ventajas que brinda la lucha guerrillera popular,
particularmente en las condiciones del teatro de operaciones militares del Oriente de
Cuba.
Utiliza el envolvimiento y el rodeo en la profundidad operativa;
forma un estado mayor eficiente y lo emplea exitosamente en la dirección del combate; y
organiza con acierto la cooperación entre las tres armas: caballería, infantería y
artillería, aspecto en el que alcanza rango de maestro cuando se trata de sitiar plazas y
centros fortificados.
Al incorporarse al Ejército Libertador para la Guerra Necesaria, es
designado jefe del Departamento Oriental, al frente del cual libra numerosos e importantes
combates. La toma de Victoria de las Tunas, hecho de profunda significación militar y
política, es expresión de su talento como jefe.
Al caer el mayor general Antonio Maceo, recibe la difícil
encomienda de asumir el cargo de Lugarteniente General del Ejército Libertador, a la vez
que continúa al mando del Departamento Oriental.
Está claro que al comenzar el cuarto año de la contienda, la
España colonial había perdido irremisiblemente la guerra en Cuba, a pesar de llegar a
tener en campaña más de 250 mil efectivos, la mayor fuerza que potencia colonial alguna
tuvo en territorios de ultramar, que con los "voluntarios" y
"guerrilleros" al servicio de la metrópoli sumaban más de 300 mil hombres
armados. Es entonces cuando se produce, de manera oportunista y con pérfidos y ocultos
propósitos expansionistas, la intervención militar yanki.
SE DEBE AL GENIO MILITAR DE CALIXTO GARCIA LA TOMA DE SANTIAGO DE
CUBA Y EL RESTO DE LAS VICTORIAS EN EL ORIENTE DE LA ISLA
Hace dieciocho años, en esta misma Plaza, cumplimos con el deseo de
Lucía Iñiguez de que su hijo tuviera un entierro cubano, expresado en el mismo funeral
del bravo mambí en La Habana, solamente escoltado por tropas norteamericanas, al
producirse la retirada de los patriotas ante un nuevo acto de arrogancia yanqui. También
cumplimos el ferviente deseo de los holguineros y de todos los orientales, de que el
General Calixto permaneciera en la tierra que lo vio nacer y donde libró prácticamente
todos sus combates.
En el siglo transcurrido, mucho se ha hablado de la participación
de Calixto García en los días de la intervención de Estados Unidos en la guerra en
Cuba. En aquella oportunidad, expresé en apretada síntesis, nuestra apreciación sobre
aquellos hechos.
En el complejo escenario de 1898, durante la intervención militar
yanqui, hay una verdad que resulta indiscutible. A pesar de que el Lugarteniente General
del Ejército Libertador recibió indicaciones precisas y directas del Consejo de Gobierno
de Cuba en Armas, en cuanto a respetar los compromisos asumidos por Tomás Estrada Palma
con el gobierno de Estados Unidos, de subordinarse a los generales norteamericanos, se
debe al genio militar de Calixto García la toma de Santiago de Cuba y el resto de las
victorias frente a las fuerzas españolas en el Oriente de la isla.
Los planes de asedio, desembarco y operaciones terrestres no son los
propuestos por el Almirante Sampson ni mucho menos corresponden al General Shafter,
incapaz éste último para planificar una batalla de tal envergadura, y mucho menos
dirigirla. Imaginémonos solamente a este General, en medio del calor sofocante del verano
en el sur de la provincia oriental, dirigiendo las operaciones militares con sus 315
libras de peso, que no podían soportar ni las más poderosas mulas del ejército yanki.
La operación de Santiago de Cuba se realiza de acuerdo al plan
concebido por el Mayor General Calixto García, y aceptado por ambos jefes
norteamericanos. Ya en el curso de la sangrienta batalla de San Juan y de El Viso-Caney,
los oportunos consejos del Lugarteniente General y el apoyo de las huestes cubanas, salvan
de un descalabro a las tropas norteamericanas.
Para ser más exactos, lo que ocurrió realmente fue que Estados
Unidos puso los recursos materiales, su poderosa flota, su artillería de campaña y una
infantería brava, que afrontó con coraje sus numerosas bajas, pero bisoña, inexperta y
con poco o ningún entrenamiento.
Mientras que el talento militar, la experiencia en el tipo de
acción que habría de librarse, el conocimiento del terreno y de las tácticas de combate
del ejército español, corrieron a cargo de los valerosos y entrenados mambises, así
como la misión de impedir la entrada de refuerzos a la plaza sitiada o que la guarnición
abandonara Santiago para unirse a otras agrupaciones de tropas peninsulares.
Es importante aclarar que en la capitulación de la plaza de
Santiago de Cuba y su territorio militar, depusieron físicamente las armas ante las
fuerzas norteamericanas sólo 8 mil soldados españoles.
Esta cifra es aproximadamente la quinta parte de todas las tropas de
la Corona desplegadas en Oriente. ¿Por qué no acudió en auxilio de la ciudad sitiada el
resto de los efectivos de la llamada División Cuba, con 23 mil hombres bajo el mando del
general español Toral, ni las otras unidades de dicha provincia?
La única razón está en el magistral plan operacional concebido
por Calixto García. El Ejército Libertador logró aislar esta Plaza de Armas e
inmovilizó la maniobra de las fuerzas coloniales. De esta forma, los mambises impidieron
el refuerzo de Santiago de Cuba, con la sola excepción de una columna de 3 700 hombres,
al mando del Coronel Federico Escario, que proveniente de Manzanillo, llegó tarde,
diezmada y exhausta tras más de 30 combates de hostigamiento con partidas mambisas.
También limpiaron de enemigos las costas antes del desembarco,
condujeron a las tropas norteamericanas hasta el sitio de la ciudad, y con sus constantes
combates y acciones de hostigamiento y desgaste, contribuyeron decisivamente a la
victoria. Fueron precisamente norteamericanos y españoles, los primeros en reconocer en
aquellos años el significado de la participación de las fuerzas insurrectas.
Los amargos capítulos que siguieron a esta historia son bien
conocidos. De colonia pasamos a territorio ocupado militarmente, situación que se mantuvo
durante tres años y medio. Después vino la República castrada con una Constitución a
la que se le impuso la Enmienda Platt. Amparadas en este engendro, las numerosas
intervenciones yanquis se sucedieron una tras otra de forma descarnada o más o menos
encubierta, en dependencia de las circunstancias.
Después de desarmar al Ejército Libertador con arteras maniobras,
disuelto el legítimo órgano del gobierno mambí, el imperio aprovechó las ventajas del
ocupante y su poderío económico para apropiarse, mediante métodos ilegales y
fraudulentos, de nuestras principales riquezas, y finalmente sustituyó su presencia
militar directa por una caricatura de República con un Gobierno integrado por
autonomistas y oligarcas azucareros, y cuerpos represivos tan odiosos como la Guardia
Rural. Prácticamente lo mismo que harían hoy si lograran derrotar a la Revolución
cubana.
PATRIOTISMO, ANTIMPERIALISMO Y JUSTICIA SOCIAL FORMAN UNA UNIDAD
MONOLITICA EN NUESTRAS LUCHAS REVOLUCIONARIAS
No obstante a todos sus esfuerzos y artimañas, no pudo apagar la
eterna rebeldía heredada de nuestros antecesores mambises, que a partir de la década del
20 se manifiesta con renovada fuerza. Desde entonces, patriotismo, antimperialismo, y
justicia social forman una unidad monolítica en nuestras luchas revolucionarias.
Resultado nefasto de estos acontecimientos de hace un siglo, como
una amarga herencia, aún nos queda la Base Naval de Guantánamo, que como Ministro de las
FAR, no hay un día que no la recuerde.
Exactamente sesenta años después del primero de enero de 1899, en
que quedó instaurada oficialmente la intervención militar yanqui en nuestra patria, nos
quitamos de encima ¡y para siempre!, el bochornoso estigma de ser una neocolonia yanqui y
comenzamos a transformar en realidad los sueños de los próceres de la nación cubana. No
olvidamos nunca esta deuda con ellos, por eso Fidel afirmó emocionado, el Primero de
Enero de 1959: "¡a historia del 95 no se repetirá! ¡Esta vez los mambises sí
entrarán en Santiago de Cuba!".
Calixto García estuvo en el vórtice de los acontecimientos del
convulso capítulo de nuestra historia que le tocó vivir. Jamás se consideró a sí
mismo un ser perfecto, pero sí fue un ferviente convencido del valor y la trascendencia
del ideal que defendía, y de dos de sus más valiosas cualidades: el patriotismo
inclaudicable y la voluntad a toda prueba.
Cuando Fernando Figueredo le consulta acerca del libro que entonces
escribía, titulado La Revolución de Yara, Calixto le responde: "No
tema usted acusarnos y pintarnos como fuimos, con nuestros grandes defectos y con nuestras
pequeñas virtudes. La posteridad dispensará los primeros y sólo recordará los
segundos, teniendo en cuenta que hemos sufrido bastante para merecer el perdón".
Ha sido una importante lección aprendida por las actuales
generaciones de revolucionarios. Hace 45 años, el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos
Manuel de Céspedes, en Santiago y Bayamo, respectivamente, marcó el reinicio de la
contienda que había quedado inconclusa. Están a punto de cumplirse cuatro décadas de
nuestra victoria definitiva.
Innumerables han sido los combates y los sacrificios que
caracterizan este período. En la dura marcha hacia adelante han ofrendado la vida
millares de los mejores hijos del pueblo cubano.
Al General de las tres guerras y una estrella en la frente, podemos
decirle:
Sabemos lo que costó conquistar la independencia, la
libertad y la soberanía. También sabemos lo caro que cuesta mantenerlas frente a un
enemigo tan cercano y poderoso, pero un pueblo digno como el nuestro es capaz de pagar el
precio que sea necesario. Por eso Cuba es y seguirá siendo respetada por todo el mundo,
amigos y enemigos.
Somos un pueblo firme, decidido y con la misma voluntad
inquebrantable de Martí, Gómez, Maceo, Fidel y Usted. Un pueblo que mantiene en alto,
sobre esta pequeña isla, la bandera de la estrella solitaria y de su centenaria
Revolución sin reparar en peligros ni dificultades. Un pueblo rebelde y miliciano que
continúa al pie del cañón, gritando junto a sus gloriosos mambises:
¡VIVA CUBA LIBRE! |