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La "democracia representativa"
de Estados Unidos

Elecciones sin electores

RICARDO ALARCON DE QUESADA

LA OFICINA del Censo de Estados Unidos publicó el 17 de agosto un estudio sobre las elecciones presidenciales de 1996, según el cual el número de personas que votaron fue el más bajo desde que en ese país se registra ese dato.

Eso no es noticia. Se sabía ya que para esas elecciones había disminuido significativamente la cantidad de ciudadanos inscritos en los registros electorales y que una gran parte de ellos se abstuvo de concurrir a las urnas. En resumen, los candidatos triunfadores recibieron menos de la mitad de los sufragios de los que votaron y estos fueron alrededor de la mitad de las personas que hubieran podido votar.

Lo novedoso del estudio son las razones aducidas para no votar. Junto a los millones de personas que sencillamente dijeron que no les interesaban las elecciones o que no les gustaban los candidatos, aparece otra motivación que, de acuerdo con la investigación, puede llegar, incluso, a ser la principal.

Ella afecta exclusivamente a los trabajadores: los patronos no los autorizan a ausentarse del empleo para ir a votar o no tienen medios para transportarse al lugar de la votación. Este factor, no solo dificulta a muchos electores poder votar sino que también impide a muchos ciudadanos realizar los trámites previos para inscribirse en los registros electorales y adquirir la condición de elector.

Porque tanto la inscripción como la votación tienen lugar en días y horarios laborales. A diferencia de los demás países, las elecciones en Estados Unidos se realizan un día martes y ese es un día de trabajo como otro cualquiera.

En todo el planeta, hasta en los propios Estados Unidos, son muchos los que señalan como uno de los defectos más evidentes en el sistema político de ese país, la muy escasa y cada vez menor participación de la gente en sus procesos electorales. Quienes no parecen verlo como algo negativo y no hacen nada para cambiar la situación, son los políticos norteamericanos.

En ello no hay la menor contradicción. El sistema yanki está concebido precisamente para evitar la participación real de la gente en el Gobierno. No le interesa que el pueblo sea elector ni que concurra a votar. Si les hubiera interesado habrían declarado feriado el día de las elecciones y establecido la inscripción automática de los ciudadanos al arribar a la edad electoral como es en Cuba y en otras partes.

Los problemas que enfrentan los negros, los latinos y los pobres para tratar de ejercer allá sus derechos han sido numerosos y grandes. Algunos han pagado con sus vidas. En días recientes fue sometido a la justicia un ex "Mago Imperial" del Ku Klux Klan que hace más de treinta años dirigió el asesinato de un activista negro que promovía la inscripción de electores en el racista estado de Mississippi.

Hay otro dato cargado de sugerencias en el estudio de la Oficina del Censo. En las elecciones de 1996, cuando menos personas fueron a votar, el número de los que practicaron lo que ellos denominan el "voto ausente" aumentó tanto que duplicó el de las elecciones anteriores y llegó nacionalmente hasta el 8% del total. Ocurre que el "voto ausente" no es secreto por la sencilla razón que quien deposita la boleta no es el elector sino otra persona, un agente pagado por las maquinarias politiqueras, que "testifica" cuál era la "intención" del "elector" (los cubanos de más edad recuerdan al personaje: en la Cuba anterior a la Revolución aquí le llamaban "sargento político").

A veces el "voto ausente" lo "ejercen" las personas sin saberlo. Hace ya varios meses estalló un gran escándalo en Miami cuando se descubrió que algunas personas que no querían, ni pensaban votar, o ni siquiera vivían en Miami, habían, sin embargo, "votado" en ausencia.

También se supo entonces, que además, otras boletas de votación se compraron por diez dólares o por un plato de comida.

Pero aquel escándalo parece casi una bobería comparado con lo que se sabría después. El 19 de agosto, por ejemplo, el Miami Herald publicó datos suministrados por la Secretaría de Estado de la Florida que revelan que entre los electores de ese Estado aparecieron 50 mil delincuentes encarcelados y 17 mil personas fallecidas. (¿Será por eso que ese diario dedica la misma sección a las noticias sobre la politiquería local y a las informaciones sobre quiénes fallecieron la víspera engrosando así las filas de los disponibles para el "voto ausente"?).

En el mismo artículo, el Herald agrega otro detalle: también hay 47 mil personas -vivas y en libertad- que están inscritas como electores en más de un distrito y por lo tanto pueden votar más de una vez.

¿Ha ido sumando el lector? ¿Cuál es el por ciento real de personas que ejercieron el voto libre y secreto verdaderamente?

El fraude y la corrupción, por supuesto, no son exclusivos de la Florida. El sistema que lo sustenta rige en todo el territorio norteamericano. El diario miamense, quizás para demostrar que esos vicios no imperan solo allí, ha publicado informaciones sobre incidentes parecidos en otros estados, ocurridos ahora y a lo largo de la historia de la "democracia" norteamericana.

¿Qué tiene que ver todo esto con "el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo"?

Es exactamente la negación de lo que afirmara Lincoln en su famosa frase.

El mismo sistema que hace extraordinariamente difícil a los trabajadores realizar los trámites para convertirse en electores y multiplica los obstáculos a quienes quieran ir a las urnas, pone a "votar" a los delincuentes convictos, a los muertos, a los que no quisieron votar y permite a otros hacerlo varias veces.

En la llamada democracia representativa, el modelo que Washington busca imponer por todas partes como única forma posible de gobierno, el papel del ciudadano se limita, exclusivamente, a votar el día de las elecciones por candidatos que él no pudo proponer, ni sabe de dónde salieron y a veces ni siquiera conoce. El papel del ciudadano queda reducido a votar o no por quienes fueron seleccionados por los grandes intereses o las maquinarias electoreras. Los elegidos a partir de ahí se supone, "representan" a los ciudadanos y actúan en su nombre pero deciden cualquier cosa sin rendir cuenta a los electores ni volverlos a ver.

Por eso la coletilla con que bautizan a la democracia: "representativa". Ese es el límite infranqueable, la frontera celosamente custodiada para que nadie la cruce. Los trabajadores, el pueblo, no tienen nada más que hacer, con relación al gobierno de la sociedad, el resto de los días del año o todos los días de los años sin elecciones. Para eso están los "re-presentantes", los que ganaron las elecciones.

Como la gente se va dando cuenta de esa realidad, crece sin parar el número de los que voluntaria y conscientemente le dan la espalda a la farsa y no participan en ella.

Por otra parte, como el sistema ha sido concebido para mantener a la mayoría bajo el dominio de sus explotadores, tiene buen cuidado en poner cuantas trabas pueda imaginar para que los trabajadores no voten. Excluye así el riesgo de que vayan a elegir a alguien que verdaderamente represente sus intereses y aspiraciones.

La combinación de ambos factores conduce, inevitablemente, a que la mayor parte del pueblo sea el gran ausente en tales elecciones y que la situación se agrave cada año. ¿Qué hacer, entonces, para salvar una farsa sin pueblo?

Como el sistema es esencialmente ficticio, solo puede recurrir al incremento de la ficción, inflando el globo "democrático", introduciendo dentro de él, en los resultados electorales, mayor corrupción y más votos falsos, comprados o inventados, de gente que no votó o de personas que no existen.

Poco importa. Después de todo, ese sistema, digan lo que digan, nunca ha representado a la gente. Ni quiere ni puede hacerlo. La "democracia representativa" deviene así una insólita representación teatral, tan mala que el público no asiste a su puesta en escena. El empresario, entonces, inventa el público y gracias a una buena publicidad hace creer que el teatro estuvo solo medio vacío.

Hay algo que choca especialmente al conocer estas revelaciones. Desde los tiempos más remotos, el hombre ha rendido culto a sus muertos, o los ha dejado descansar en paz. En Estados Unidos durante muchos años, ha habido gente humilde añorando ejercer sus derechos. Pasaron toda la vida sin lograrlo. Fue la muerte la que, a algunos al menos, los convirtió, finalmente, en "electores". Pero los obligaron a "votar" diferente a como ellos hubieran querido.

Porque allá no se respetan los derechos civiles y políticos de la mayoría. Y tampoco se respeta a los muertos.