 11 de septiembre 1973-1998
Una deuda que hay que pagar

NIDIA DIAZ
Cuando se habla de tiempo y de historia, veinticinco años
parecieran poco, pero para los chilenos esta cifra constituye sentir en lo más profundo
el dolor lacerante de una herida aún no cerrada y el mayor escollo para la necesaria
reconciliación nacional.
Pocos en el mundo podrían dejar de recordar hoy las trágicas
imágenes de los muros humeantes de La Moneda o la dramática noticia de la muerte del
presidente Salvador Allende o las escenas de terror seguidas al cruento golpe militar de
aquel 11 de septiembre de 1973, cuando el Estadio Nacional de Santiago se convirtió en
una carnicería humana bajo las botas de los uniformados, traidores a la Constitución y a
su pueblo.
Cinco lustros no son suficientes para que los criminales puedan ser
ignorados, olvidados o perdonados, aún cuando algunos en la frágil democracia se
esfuercen por dar vuelta a la hoja o contemporanicen con un Pinochet, devenido senador
vitalicio por obra y gracia de un acto de travestismo político.
Algunos en ese bando dirán que ya las fuerzas armadas y el propio
ex dictador renunciaron a celebrar la fecha en un gesto de reconciliación. El problema,
sin embargo, pasa no por los jolgorios de los vencedores de entonces, sino por la
impostergable decisión de hacer justicia.
Solo así la sociedad chilena podría asumir el proceso de
reconciliación nacional que tanto necesita.
Los que un día en contubernio con las fuerzas de la derecha
hicieron abortar el proyecto de la Unidad Popular para impedir que el pueblo chileno
ejerciera plenamente el poder, son los mismos que hoy se aferran al mantenimiento de las
leyes pinochetistas y a desentrañar el paradero de los centenares de desaparecidos.
Son ellos los que tergiversan la verdadera dimensión del
pensamiento humanista y democrático de Salvador Allende, quien con una valentía sin
precedentes nacionalizó el cobre y profundizó como nunca se había hecho hasta entonces
el proceso de reforma agraria en el país.
Hoy es de esos días en que la nación chilena se muestra ante el
mundo tal cual la dejó aquel infamante golpe militar fascista: dividida y dolida.
Echar a andar con la experiencia de los años transcurridos y
enmendar los errores cometidos sería para algunas de las fuerzas políticas que hoy
gobiernan en Chile la única manera de reconciliarse con el pueblo, la Historia y pagar
una deuda moral con Salvador Allende. |