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 Vida y aventura
de Silvestre de Balboa

LEYLA LEYVA
El poema épico Espejo de Paciencia, considerado el más
antiguo testimonio de nuestras letras, forma parte de la historia de la literatura cubana
gracias a la labor del obispo Morrell de Santa Cruz, quien lo incluyó en su Historia
de la Isla y Catedral de Cuba. El manuscrito fue conservado en muy mal estado en la
Sociedad Económica Amigos del País hasta la mitad del siglo XIX, en que el tiempo
terminó por destruirlo. Pero ya el historiador José Antonio Echeverría, en 1837, lo
había copiado íntegramente, y en 1927 tuvo la obra de Silvestre de Balboa la oportunidad
de ser editada por primera vez de forma completa.
Juego de espejos, de Gregorio Ortega, se presenta el próximo lunes 14, a las
4:00 p.m., en la sala Martínez Villena, de la UNEAC.
Los ecos de aquel canto épico, facturado en octavas reales bajo el
influjo de los aires de La araucana, de Alonso de Ercilla, llegan hoy de singular
manera a nuestros lectores.
Gregorio Ortega, conocido entre otras múltiples labores y escritos
por su novela La red y el tridente -Premio de la Crítica en 1985-, es autor de una
novela que Ediciones Unión acaba de publicar (Juego de espejos, 245 páginas) con
el peliagudo asunto de las circunstancias y motivos que llevaron a Silvestre de Balboa a
escribir lo que consta en los anales literarios, al margen de otras tantas evidencias (?)
ocultas que bien pudieron haber existido en el lejano 1604, cuando el contrabando y la
piratería señoreaban por el Caribe.
Según indica la historia, Silvestre de Balboa escribió el poema en
1608, ateniéndose a un suceso local de la época: El Obispo de Cuba, fray Juan de las
Cabezas y Altamirano, de visita pastoral en la región oriental, es tomado prisionero por
el pirata Gilberto Girón y sus veintiséis hombres. El capitán Gregorio Ramos planeará
y dirigirá el rescate del prelado, que culminó con la muerte del pirata francés y el
paseo de su cabeza por las calles de Bayamo.
El libro Juego de espejos se integra y devela interioridades
de aquellos avatares, a través del prisma del escritor, estudioso de un período
fascinante y apenas novelado de nuestra historia.
Ortega prefirió que en el tratamiento a fondo del tema, fuese el
propio poeta, el de las pompas y artificios de Espejo de Paciencia, quien llevase
las de perder o ganar en un juego harto difícil: el de la verosimilitud y las licencias
de la literatura. Para ello, puso en voz del propio Balboa gran parte de la narración, y
la estructuró en tres partes: San Cristóbal de La Habana, La Ciénaga y Bayamo;
que son, a su vez, escenarios consecutivos de lo que vivirá el protagonista en el camino
hacia los acontecimientos del poema; leitmotiv de una novela en la cual la acción y la
aventura llevan un peso insospechado.
En cada uno de los tres capítulos que conforman Juego... el
autor despliega una espléndida imaginación, unas veces sazonada por la naturaleza de las
continuas aventuras de Balboa y sus contemporáneos en la ficción y en la vida real: la
amante fatal, la negra amante, el amigo, los piratas, clérigos, autoridades,
contrabandistas...; otras supeditada a la intención de mantener el suspenso alrededor de
lo que está por pasar, aun cuando en líneas generales la anécdota deberá
transfigurarse a merced de la pluma del escritor, pero nunca perder el rumbo conocido.
Vale considerar que no existe en este libro liviandad intelectual
alguna en ver convertido en un personaje de arrojos, violento o jugador, al bardo
Silvestre de Balboa, del que apenas se conocen datos desde su llegada a Cuba, oriundo de
Gran Canaria, hasta que se radicara en Puerto Príncipe como escribano. Ortega ha roto
todo límite o impedimento en la comprensión de los hechos y se ha valido de dos recursos
esenciales: contar un cuento apasionado, sin perder el ánimo (para que otros no lo
pierdan), y documentarse con maña.
EL JUEGO HA FALLADO A SU FAVOR
Algunos giros y diálogos de personajes tal vez hagan pensar en la
contemporización que el narrador tiende a hacer, a ratos, del lenguaje y el pensamiento
de hace tres siglos, no obstante, el tono general del libro mantiene el rigor de la
empresa y el lector, cualquiera que fuese, queda complacido. |