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 Las ventanas de la crítica

ROLANDO PEREZ BETANCOURT
CUANDO todavía soñaba con ser campeón mundial de lucha libre, o
al menos cuarto bate en una novena de las Grandes Ligas, en los tiempos en que el cine se
reducía a las películas de Randolph Scott, o Tarzán, o el Durango Kid, exhibidas en las
matinés del barrio, y el primer beso en la oscuridad del lunetario era un plan
ampliamente urdido, pero todavía sin aparecer la dichosa protagonista, en esos días sin
vuelta, repito, en que amasaba la posibilidad de que Helena de Troya (Rosanna Podestá,
claro) y yo pudiéramos ir a la reconquista de la ciudad desmedrada por los aqueos, la
crítica de cine o de cualquier otra rama artística me importaban un bledo.
Los pantalones quedando cortos, las camisas estrechas, en fin, el
tiempo, hicieron que aquellas ensoñaciones nacidas en las salas oscuras convocaran cada
vez menos a la fantasía y más a una cierta necesidad de conocimiento y que en lugar de
abrir el periódico en la página deportiva lo hiciera por la de espec-táculos, que
entonces así se denominaba. Las primeras opiniones de los mayores al verme leyendo las
críticas cinematográficas llegaron con la convicción de un ciclón atravesando una
tarde penalizada de octubre: Psssss, todo lo que dice hay que leerlo al revés, si el
hombre asegura que es mala, entonces hay que ir a verla, si la aplaude, ni se te ocurra
entrar al cine.
También con el paso de los años pude comprobar que aquella
contradicción, en ocasiones contienda tira-pellejos, entre lo que pudiera denominarse, no
sin error, gran público y la crítica especializada, era algo consustancial a cualquier
país y época. Una discordancia, sin embargo, tan inevitable como necesaria, porque de
ella crecían y se perfeccionaban mentalmente las dos partes en pugna.
Sucede que mientras el espectador va desarrollando una serie de
resortes sensoriales y hasta teóricos en relación con lo que recibe, el crítico
especializado, además del mucho conocer e informarse -que le permite comparar, relacionar
y decir-, busca un distanciamiento emotivo capaz de juzgar el hecho artístico, menos con
la pasión y más con la razón. Esto hace, por ejemplo, que un público que ha llorado la
noche entera viendo una película en la que el abuelo muere de frío mientras el nieto
vende fósforos bajo la nieve para comprar la medicina que necesita el anciano, no perdone
el que al día siguiente el crítico se le aparezca diciendo que aquello se trata de un
burdo melodrama repetidor de las fórmulas patéticas con las que Eugenio Sué atrapó la
atención del París de mediados del XIX.
Después de todo a nadie le gusta que le pongan en tela de juicio la
calidad de sus afectos.
¿Pero hace esto pensar acaso que el crítico es un ser omnímodo,
nominador de la llave de todos los truenos? En lo absoluto. Pruebas sobran de juicios
realizados por eminentes plumas que luego se estrellaron contra la gran verdad del éxito
artístico. Desde Proust hasta García Márquez, pasando por Picasso y hasta nuestro
Nicolás Guillén, se ganaron juicios adversos al comienzo de sus carreras.
Del otro bando pudieran colocarse igualmente listas de obras
mediocres que aunque llegaron a recibir aplausos populares y reverencias cortesanas fueron
condenadas al olvido por lúcidas mentes de la crítica. En esto del juicio, ya se sabe,
el tiempo juega un papel insustituible y lo que en un momento nos pareció grandioso,
entre otras razones a causa de la emoción o de cualquier resorte afectivo o
extrartístico, es sepultado por el peso de la intrascendencia.
El crítico no es un matemático ni una máquina de rayos X capaz de
detectar la última mancha, sino alguien que desde una preparación conceptual trata de
aproximarse a una verdad que en ningún caso será la verdad de todos, entre otras
razones, porque junto a los requisitos anteriormente enumerados aparece algo de extrema
importancia; la carga de subjetividad que necesariamente sale a relucir en cada juicio. El
otro día, por ejemplo, leía las consideraciones de un crítico europeo que encomiaba la
labor de Mel Gibson en Hamlet. Pues bien, en lo personal, hay escenas, como la
muerte del protagonista, que en lugar de provocarme la conmoción para las que fueron
concebidas, me mueven a la risa, viendo aquellos ojos entornados, contorsiones y mohínes
al estilo del mejor policíaco cómico, género para el cual el actor sí está dotado.
Con la honestidad como requisito indispensable para ejercer la
crítica, las tres o cuatro reflexiones anteriores, insuficientes para un tema que ha
movido desde enjundiosos tratados hasta a duelos a muerte, no están pensadas solo para el
cine, sino también apuntando a la literatura, la televisión, el teatro o cualquier otra
manifestación artística.
Lo importante, a la hora de esa inevitable confrontación entre el
público y la crítica, es evitar que las vehemencias, simpatías, rechazos
apriorísticos, o influencias que nada tienen que ver con la cultura y el arte nublen los
caminos del entendimiento.
Hace mucho tiempo, alguien importante y cuyo nombre por desgracia no
recuerdo, escribió que la casa de la crítica tiene un millón de ventanas.
¡Imagínense ustedes cuántos asomos! |