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Pacto del Zanjón
Cuando dejamos caer la espada
PEDRO A. GARCIA
INUTILMENTE fatigará su vista el lector si trata de localizar en uno de los atlas actuales de Cuba, siguiendo el curso del río Saraguamacán, a su modesto afluente Maraguán. Este arroyo, según la Enciclopedia Popular Cubana de Bustamante, le dio nombre a uno de los partidos (territorios judiciales) que subdividía la jurisdicción de Camagüey hasta 1878.
Precisamente en ese año, cerca de la orilla izquierda del arroyo Maraguán, en un lugar llamado San Agustín del Zanjón, los comisionados del Ejército Libertador cubano aceptaban deponer las armas tras diez años de guerra, sin haber logrado los dos objetivos esenciales por los que Céspedes había llamado a la lucha: la independencia de la Isla y la abolición de la esclavitud.
En el momento de la aceptación del Pacto, los mambises reasumían la ofensiva en Oriente y Las Villas.
No es fácil explicar en una frase el porqué, después de una década de sacrificios en la cual el enemigo no pudo arrancarles la espada, los cubanos hayan dejado caer la espada. La verdadera causa hay que buscarla en una concatenación de factores que llevaron a la mambisada al desastre del Zanjón. Y tal vez convengamos con Máximo Gómez en su lúcido análisis, más lúcido aún por su cercanía a la capitulación: "Nos ha faltado la unión y estas son las consecuencias".
LAS CAUSAS
Desde sus inicios, la Revolución del 68 gozó de una unidad precaria. Los recelos mutuos de camagüeyanos y orientales estuvieron a punto de hacer crisis antes y durante la celebración de la Asamblea de Guáimaro, con la cual se pensaba dotar de una constitución democrática a la nueva República en Armas. La autoridad de Céspedes, como iniciador de la gesta, y el vehemente patriotismo de Agramonte, apoyado en su indiscutible carisma, salvaron entonces la Revolución.
La unidad formal lograda en Guáimaro no fue duradera. Tal vez Ignacio Agramonte era el hombre indicado, por tener consenso entre los civilistas y autoridad entre los jefes militares, para concretar la tan deseada unión del campo revolucionario. Una bala fortuita en Jimaguayú ha dejado para siempre sin respuesta esa interrogante.
Las discrepancias entre la mambisada, sobre todo entre los jefes militares y el civilismo exacerbado de los integrantes de la Cámara de Representantes, trajeron graves consecuencias. La destitución de Céspedes como presidente es un episodio más. La Cámara carecía de la autoridad de Céspedes ante los ojos de los jefes militares. Esto se evidenció en los inicios de 1875, cuando Gómez preparaba la necesaria Invasión a Occidente.
En el oeste de la Isla, España tenía su mayor fuente de riquezas para subvencionar su guerra colonial. A la vez, allí se encontraban las mayores dotaciones de esclavos, potencial fuente de soldados para el Ejército Libertador. Ciertos hacendados cubanos no veían con buenos ojos la presencia de Gómez en el Occidente, pues esto suponía la destrucción de sus riquezas. Y estos terratenientes tenían grandes aliados en la manigua y la emigración.
El motín regionalista de las tropas tuneras que debían reforzar a Gómez en la empresa invasora resultó un duro golpe del cual la Revolución del 68 no pudo reponerse. Luego, los villareños se negaron a recibir órdenes de quien no fuera oriundo de esa región y llegaron a exigir la dimisión de Gómez como jefe. Algunos miembros de la Cámara tomaban como pretexto estas indisciplinas e iniciaban los primeros contactos de la capitulación. Y entre los emigrados, un grupo de hacendados boicoteaba toda expedición en apoyo de los insurrectos.
Tiene la aristocracia terrateniente cubana el indiscutible mérito de haber arrastrado a todo un pueblo a la gesta independentista del 68. Aparte de posiciones aisladas, esta clase fue perdiendo sus arrestos revolucionarios mientras la guerra se iba prolongando. Ya en 1878, no tenían fe en el triunfo.
Y vino la capitulación. Aunque debemos diferenciar los matices entre los que la aceptaron: muchos rindieron la espada por falta de firmeza revolucionaria y perdidos los arrestos del 68, nunca más la volverían a empuñar, estos son los zanjoneros; también hubo equivocados, desalentados ante las indisciplinas, el regionalismo y la falta de unidad, que pensaron en una tregua para proseguir la lucha en mejores condiciones: estos secundarían a Martí sin vacilar, años después en su proyecto de la Guerra Necesaria.
LA ESTRATEGIA DE LA RESISTENCIA
A pesar de las indisciplinas y los regionalismos, la mambisada se reponía en 1878 de su difícil bienio anterior. En Las Villas, Roloff y Serafín Sánchez habían logrado asumir la ofensiva; en Oriente, Maceo despedazaba a una columna madrileña en Juan Mulato y al célebre batallón de San Quintín en San Ulpiano.
En la mentalidad del Titán, el tiempo está a favor siempre de los revolucionarios, la estrategia es resistir asestándole golpes al enemigo y arrebatándole las armas. De ahí su azoro y consternación ante la capitulación cubana. "Tres veces en mi angustiada vida de revolucionario cubano he sufrido las fuertes y tempestuosas emociones del dolor y la tristeza", dirá años después refiriéndose a la muerte de sus padres y al Pacto del Zanjón.
Se necesitaba entonces una conmoción nacional que dejara intactos las banderas de la Revolución y el prestigio de los mambises del 68 ante las sucesivas generaciones de cubanos. Eso fue Baraguá. El máximo ejemplo de intransigencia revolucionaria en la decisión de los cubanos de llevar la lucha por la independencia hasta las últimas consecuencias. Y a la vez, con ese ejemplo dejaba abierta la posibilidad de proseguir esa lucha. Pero ahora, el liderazgo de la Revolución cambiaría de manos y serían las masas populares las que encabezarían en el 95 la lucha de liberación.