La cura del son en
el castillo de Otranto

Pedro de la Hoz

Cuando el sol cae bien tarde sobre el castillo que Alfonso de Aragón construyó al pie de los acantilados de Otranto, playa italiana que mira hacia el Levante, la piedra calcárea de la fortaleza parece incendiarse como alguna vez, en el lejano 1480, ardió en el fragor de la resistencia contra el asedio otomano. Pero en este verano peninsular no menos calcinante, la recientemente restaurada ciudadela, que permite a los visitantes emprender un viaje en el tiempo, por sus sinuosas y límpidas callejas, desde las primeras eras de la cristiandad hasta el calendario de la dominación imperial española, el fuego de la noche es atizado por vientos trasatlánticos. Otranto es la sede del II Festival Internacional Latinoamericano, y una multitud se agolpa en la plaza mayor a la espera del concierto largamente anunciado: de Cuba, Manolín, el Médico de la Salsa.

Ver para creer: en una semana pasan y entusiasman conjuntos conocidos y menos conocidos; la gente responde, se vive en Italia una especie de fiebre de los ritmos tropicales. De modo especial, el venezolano Oscar D'León y la orquesta colombiana Niche, refuerzan la convocatoria, pero el propio Paolo Pagliaro, magnate de los medios de difusión en la región del Salanto y máximo promotor del Festival, dice que "lo del Médico no tiene paralelo, el público sabe qué significa bailar a la batalla".

La hora y media de actuación del Médico y sus músicos, que repasaron un abanico que registró desde sus primeros éxitos hasta los temas que acaba de grabar en los estudios Ojalá para la firma Caribe Productions, desarrolla una espiral de sucesivas intensidades.

¿Se trata de un boom pasajero o de una auténtica inserción? ¿Es el Médico parte de la marea o puede considerarse una ola con entidad propia?

Lo latino, no hay por qué negarlo, está de moda y encaja en la temporada estival: ropas ligeras, movimiento, sensualidad, ritmo. Pero de la moda se va transitando hacia un sentido de pertenencia que se advierte en el descubrimiento de un tejido musical que ofrece no sólo diversión sino una vitalidad necesaria a quienes se ven envueltos en los trajines de un fin de siglo agónico, global, informático y metalizado.

Pero después de todo, lo latino es una categoría demasiado difusa, donde lo cubano adquiere un peso específico. La música cubana, ya sea tradicional -aquí Buenavista Social Club y Afrocuba All Stars son firmas de prestigio- o contemporánea -Los Van Van, Irakere, la Charanga Habanera, NG la Banda e Issac Delgado cuentan con legiones de seguidores- se prefiere con conocimiento de causa.

En ese estado de cosas, Manolín constituye un punto de referencia. Quizá entre nosotros, sumergidos en el vórtice de la cotidianidad, en la estéril polémica entre la timba y el son, en el debate bizantino acerca del cuál es la que manda o la que se mantiene, en la deificación o la satanización de la salsa a cuenta de exacerbados fundamentalismos en la apreciación de nuestra creación bailable, perdamos de vista algo que define a los muchachos del Médico y a los de otras orquestas del momento: La extraordinaria calidad de las orquestaciones y la ejecución instrumental en vivo. Sentimiento y academia, destreza e imaginación, potencia de sonido y seducción representan pares armónicamente resueltos en las interpretaciones del Médico de la Salsa, quien, por demás, canta a escala humana, interactuando con el público, haciéndolo participar de un modo familiar, que se agradece en medio de los megaconciertos caracterizados por la histeria y la violencia.

 
 
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