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El arca de Noel

Pedro de la Hoz

Noel Nicola ha sembrado bien. No importa que se oculte -apenas se presenta en escenarios o ante las cámaras- o lo oculten -las modas, las olas, la fama les han sido esquivas-; su obra va quedando como uno de los hitos fundacionales de la nueva canción cubana, esa que se incubó en las postrimerías de los 60 y se asocia, justa e inevitablemente, a Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.

Sería equivocado decir que la puesta en circulación, por la EGREM, de una compilación de su cancionística, bajo el título Soy y no soy el mismo, le devuelve actualidad. Cierto que la antología llama la atención sobre un modo de hacer fértil y consecuente, pero la vigencia de Nicola no solo depende de que se le recuerde con un disco, sino mucho más de lo que ha marcado la sensibilidad de trovadores, poetas, gente sensible de varias generaciones. En otras palabras, se trata de una obra de permanente actualidad y silencioso crecimiento.

Alguien dijo alguna vez, a propósito de Jorge Manrique, que si este hubiera escrito únicamente las Coplas a la muerte de mi padre, le bastaría para tener un sitio seguro en la historia universal de las letras. A nuestra escala, Para una imaginaria María del Carmen, le daría a Nicola el privilegio de ocupar por derecho propio un espacio prominente en lo mejor de la canción cubana de amor de todos los tiempos, hermanada en su época con Ojalá (Silvio) y Para vivir (Pablo).

En esa cosecha se advierten frutos como Comienzo el día y Es más, te perdono, canciones que hablan de los sentimientos más íntimos del hombre desde una perspectiva infrecuente entre nosotros. Esa mirada hacia el amor logró, un tiempo después, su mayor intensidad en la obra que cierra precisamente la compilación de la EGREM, Trovador sin suerte, autoconfesión lúcida y descarnada, deliberadamente chaplinesca, en la que admite a una probable mujer que "te canté una canción/ me equivoqué,/ creí que te iba a gustar/ desafiné/ pero me queda corazón/ aun así, me queda corazón/ a pesar de mi mala suerte/ y esa es una buena razón/ una magnífica razón/ para estar vivo, simplemente/ para sentir, para soñar y amar".

Pero en el arte de trovar, las palabras, para completarse, necesitan de la música, y en ese menester Noel ha sembrado melodías reveladoras de su cubanía (Son oscuro me sigue pareciendo una pieza excepcional en el uso contemporáneo de nuestra matriz genérica esencial) y, a la vez, de un cultivado instinto para que el sonido refuerce imágenes, mensajes y metáforas.

Este Noel es el que quisiéramos siempre próximo. Aunque se oculte habrá que descubrirlo.

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