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 10 de Octubre de 1898
Ciento treinta años de lucha

LUIS SUARDIAZ
ESTE AÑO hemos reflexionado sobre los últimos episodios, las
anécdotas, los triunfos, los descalabros y el saldo de aquel 1898, porque hace un siglo
terminó la guerra de independencia. Y hoy, Diez de Octubre, rendimos tributo a los
mártires y héroes del primer gran levantamiento contra el coloniaje en nuestra Patria:
el grito que protagonizaron Carlos Manuel de Céspedes y sus lúcidos seguidores en el
ingenio La Demajagua, hace exactamente ciento treinta años.
El fin de la última guerra del siglo XIX y el inicio de la de los
Diez Años suelen estudiarse por separado en atención a la combustión interna de cada
episodio, pero vistos en la distancia son como capítulos de un mismo proceso, porque si
bien se produjo una tregua en 1878 no hubo paz verdadera ni sosiego, porque no hubo
independencia. Por eso, después de la viril protesta de Baraguá que encarnó el Titán
de Bronce, Antonio Maceo, se sucedieron meritorios empeños frustrados como la Guerra
Chiquita y los alzamientos espontáneos, las numerosas conspiraciones, las protestas y el
sacrificio de hombres y mujeres que no siempre recoge la historia, pero que fueron la
indudable levadura para forjar y fraguar la guerra necesaria que tuvo un extraordinario
jefe en José Martí.
Fue precisamente Martí quien destacó el ímpetu de Céspedes, y
ciento treinta años después de su grito de guerra contra el despotismo, el colonialismo
y la esclavitud sentimos aún su resonar en el alba de las nuevas batallas por la libertad
y ese ímpetu, más que un defecto, representa una de sus mayores virtudes.
Se ha señalado en Céspedes, el Padre de la Patria, sus sueños de
poeta, su pasión, su don de mando, su estatura de líder, su febril necesidad de estar en
el centro de los grandes acontecimientos, y aunque no todos los biógrafos o estudiosos de
aquel legado exaltan estas características, ¿cómo era posible que se atreviera a alzar
a sus esclavos y compañeros de ideales y a todo un pueblo sin esa pasión, esos
humanísimos sueños, ese don de mando sustentado en firmes convicciones?
En su prédica desde la emigración, Martí dejó sentado que la
guerra que se preparaba no era sino la continuación de la Revolución iniciada en Yara y
en una de sus cartas en verso, en vísperas del 24 de febrero, confiesa que fue pensando
en Carlos Manuel que compró un vapor en las pascuas -se trata de La Fernandina, que luego
incautó el gobierno yanki, siempre enemigo de nuestra independencia- para desembarcar en
Cuba y reiniciar la guerra.
La generación que dio memorables batallas en las décadas del
veinte y el treinta de este siglo retomó esas ideas. Y en su medular discurso del 10 de
octubre de 1968 en La Demajagua, Fidel dejó bien claro que nuestra Revolución era parte
de un largo proceso que por entonces llegaba a un siglo de duro batallar y que ahora,
resistiendo y venciendo el execrable bloqueo norteamericano que ya dura más de treinta y
cinco años, y el desplome del socialismo irreal en Europa del este, cumple nada menos que
ciento treinta años.
Al valorar los méritos de Céspedes y sus compañeros, Fidel afirma
que lo que verdaderamente les da el título de revolucionarios es su comprensión de que
solo había un camino para conquistar los derechos y la decisión de adoptar ese camino,
así como la ruptura con las tradiciones, con las ideas reaccionarias y la decisión de
abolir la esclavitud.
Las generaciones forjadas en las condiciones de nuestro tiempo, con
un conocimiento amplio de nuestra problemática, con presupuestos y objetivos naturalmente
mucho más elevados que en el siglo XIX, pueden entender sin dificultad la justeza de la
causa de aquellos hombres, patriotas enteros que decidieron desafiar las ideas, las
estructuras dominantes y el poderío colonial. Como dijera poco después el Generalísimo,
al sintetizar en un símbolo una vasta hazaña, pelear por la libertad del negro,
sin embargo no fue tarea menuda para aquellos audaces, aquellos valientes que debieron
vencer primero sus prejuicios, los defectos de su propia educación, echar a un lado los
intereses económicos de la clase de la cual salieron y no solo llegar al convencimiento
de que la esclavitud tenía que ser abolida sino de que, como dice el Manifiesto que la
Junta Revolucionaria dirigió a sus compatriotas de todas las naciones, consideraban un
principio venerable el de que todos los hombres son iguales.
Los acontecimientos venideros, además, demostraron con creces que
no había nada de retórico en el declarado propósito de que, si España persistía en su
sistema de dominación y exterminio, se pagaría con las vidas del propio General en Jefe,
Céspedes, y sus oficiales y soldados y las de las generaciones venideras antes de que
Cuba fuera un vil rebaño de esclavos.
Esas virtudes destacadas por Fidel, esa decisión patriótica de los
hombres del sesenta y ocho, auténticos forjadores de nuestra conciencia nacional, está
en la médula de la heroica resistencia de hoy. Cada época tiene sus características
propias, cada momento de lucha tiene sus razones y sus tácticas, pero los principios no
cambian.
En el crisol de la guerra se fue formando la nación. Como bien
afirmó Carlos Manuel de Céspedes al liberar el esclavo los amos daban un paso decisivo
hacia su propia liberación, y al romper las cadenas que lo ataban a la metrópoli
española expresaban también la decisión de no ser nunca más sometidos por ningún otro
imperio.
Otras muchas facetas pueden destacarse, numerosos episodios heroicos
pueden ser recordados, pero todo hilo nos conduce al ovillo prodigioso de aquella mañana
del Diez de Octubre, cuando los patriotas entraron en el torrente de la Revolución del
que no saldrían, como sentenció nuestro Apóstol, hasta coronarla. Los cubanos de hoy y
de mañana tenemos el deber de mantener alta y viva esa llama, y desplegada y luminosa
también esa bandera. |