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 Premio Nobel de Literatura de 1998
Saramago: Honor al mérito

LUIS SUARDIAZ
Las decisiones de la Academia sueca que cada año conmueven a los
círculos científicos y literarios, al anunciarse los favorecidos con el discutido y a la
vez codiciado galardón, adquieren una mayor difusión y un contenido con frecuencia
polémico cuando se trata del reconocimiento a un escritor. Pero esta vez -la cuarta en
forma sucesiva que recae en un europeo- son escasas las discrepancias e incontables las
voces autorizadas que expresan alegría, conformidad o satisfacción con la obra, la
persona y el idioma que comparten el premio.
Saramago, durante una visita a Cuba. Un
clásico vivo de las letras y un consecuente militante marxista.
El autor merecedor del Nobel de este año, José Saramago, nació en
la aldea de Ribatejo, Azhinaga, no lejos de Lisboa, el 16 de noviembre de 1922.
Autodidacto, más por obligación que por decisión propia, hijo de una campesina
analfabeta, no recuerda haber visto libros en su casa natal. Se inició hacia 1946 con una
novela de escasa resonancia -Tierra de pecado- y poco después escribió otra -La
Claraboya- que prefirió dejar en la sombra. Durante años sobrevivió desempeñando
modestos oficios sin dejar de escribir poemas que más tarde juntó en tres volúmenes,
artículos y crónicas, antes de reiniciar, ya en la madurez, su labor como narrador con
una obra de fuerte acento social: Levantando del suelo, de 1980, publicada en Cuba
en 1989 por Arte y Literatura.
Dos años más tarde retoma una etapa lejana de su país, la
desentraña y la transforma ejemplarmente en Memorial del convento. En los
siguientes siete años asombra y convence con otras tres novelas: El año de la muerte
de Ricardo Reis, La balsa de piedra y El cerco de Lisboa.
En Saramago donde, cosa nada frecuente, el mérito y el éxito se
trenzan armónicamente, suelen combinarse el poder de observación y la agilidad del
periodista, la imaginación del poeta, el viejo y difícil arte de contar leyendas, que
acaba por dar nueva vida a lo yacente bajo el peso del tiempo, y una aguda, dialéctica,
capacidad de reflexión que caracteriza a sus ensayos y da consistencia a sus
comparecencias públicas.
Como hace más de un lustro esperábamos sus amigos, lectores y
estudiosos de su obra, Saramago, al obtener el Nobel, rompió al fin el maleficio que
durante casi un siglo persiguió a los herederos de Camoens, los que en Europa, Africa y
América Latina escriben en portugués, lengua de tan subido tono poético que Cervantes
-uno de los maestros de Saramago, el otro es Pessoa- la llamó en son de elogio: el
español sin hueso, lo que hacía más extraño que por lo menos una docena de maestros
muy reconocidos por los lusitanos nunca alcanzaran el Nobel, rareza y olvido que todavía
alcanza a los autores chinos.
Cuando Saramago vino por vez primera a La Habana en 1981, para
participar en un Coloquio sobre Literatura Cubana, era ya un decidido defensor de nuestro
proceso revolucionario. Aquí realizó un fecundo trabajo de campo y conoció a decenas de
intelectuales que pronto intimaron con él. Volvió dos años después y desde entonces ha
venido compartiendo con nosotros sus experiencias en encuentros, ferias del libro y como
jurado del Premio Casa de las Américas.
Verdadero clásico vivo, no ha perdido un ápice de su cordialidad,
ni ha renunciado a sus principios, aun cuando algunos efusivos, buscadores del éxito a
toda costa le han sugerido que modere sus críticas al capitalismo y no destaque, como lo
hace, su condición de militante comunista de base. Sin embargo, el autor de Todos los
nombres, cumplidor de la disciplina partidaria, es también un sincero crítico de los
errores del socialismo irreal, del falso marxismo y de todo lo que empañe o rebaje la
condición humana.
Junto a sus admiradores no han faltado los censores de sus opiniones
políticas y de novelas del calibre de El evangelio según Jesucristo, fustigada
por dogmáticos incapaces de entender la dialéctica de su trama y la exaltación del
Cristo de los desposeídos, a partir de su posición humanista.
Con Saramago se premia, como hubiese dicho Fernando Pessoa, toda una
literatura, renovadora y participativa, una lengua viva y floreciente, una ética, y a un
amigo y compañero de sueños de la Cuba revolucionaria. |