INTERNACIONALES

¿Perdón y olvido?


NIDIA DIAZ


LA DIFERENCIA entre los ejércitos alemán y japonés al finalizar la II Guerra Mundial y sus homólogos sudamericanos en la cercana década del 80, es que los primeros al ser derrotados, se rindieron incondicionalmente y estos, responsables igualmente de genocidio y crímenes de lesa humanidad, pactaron su retorno a los cuarteles como alto precio para permitir los procesos de tránsito a la civilidad.
Ahí están las historias contadas y escritas de los esfuerzos de las potencias imperialistas de entonces por rearmar al país europeo con el objetivo de lanzarlo contra la joven Unión Soviética.
Más fresca aún en la memoria se conserva la llamada "doctrina de seguridad nacional", diseñada por los Estados Unidos para la región latinoamericana con el objetivo de hacer abortar los movimientos populares y democráticos que en la década de los años 70 cobraron auge en la región y a los que se opuso el terrorismo de Estado.
Los primeros pagaron el precio de su lucha. Para los otros se recomendó perdón y olvido, leyes de Caducidad y Punto Final.
Esa es la razón por la que, casi a las puertas del tercer milenio, cuando se habla con bombos y platillos de la nueva era democrática, una buena parte de los latinoamericanos no encuentran sosiego en el perdón y olvido con que se ha pretendido hacer borrón y cuenta nueva a las inenarrables violaciones de los derechos humanos que, en nombre de la "doctrina de seguridad nacional" se cometieron en sus respectivos países.
Variadas fueron las fórmulas que en cada nación se pusieron en práctica para justificar no hacer justicia contra los culpables, las que pudieron imponerse a costa del miedo del retorno de aquellos al poder.
De esta forma, en Uruguay se llevó a plebiscito la posibilidad de juzgar a los represores en un momento en que la mayor parte de la ciudadanía, sobre todo aquella con poco desarrollo de la conciencia política, aspiraba a vivir en paz aunque ello implicara olvidar.
En Argentina, el gobierno radical de Raúl Alfonsín, aunque promovió la llamada Ley de Punto Final, condenó a los principales cabecillas de aquellas terríficas juntas militares; posteriormente el presidente Carlos Menem los indultó pretendiendo liquidar el asunto y dando el mismo tratamiento a los victimarios que a sus encarcelados adversarios.
El camino hacia la civilidad en Chile se desbrozó en medio de trampas constitucionales colocadas por el propio ejecutor del sangriento golpe militar que derrocó al gobierno de la Unidad Popular.
Pinochet no sólo garantizó la impunidad para los militares represores sino que logró retener el poder real con arrogantes amenazas de un eventual retorno, al tiempo que irónicamente se destinó una banca vitalicia en el Senado.
Oponerse a tales designios en Chile es, por tanto, oponerse a la propia Constitución vigente. Ni Goebbels fue más lejos.
Punto Final, Obediencia Debida, Caducidad, son fórmulas de compromiso acordadas con quienes habían quebrado violentamente el orden constitucional.
Paralelamente, la guerra fría entraba en su fase final y se imponían las políticas económicas neoliberales con la aplicación de un modelo político e ideológico en el que los militares ya no eran imprescindibles, una vez que se consideró eliminada la subversión.
Ese complejo entramado, y los factores locales e institucionales que lo rodearon, puede explicar por qué la verdad y la justicia aún no prevalecen, a pesar de los años transcurridos desde la trasmisión del mando a la civilidad.
El problema de los desaparecidos, de los asesinatos, de las violaciones, de las torturas, del exilio forzado vuelve a estar hoy en el vórtice de la confrontación entre aquellos que piensan que por decreto se olvida y se perdona y los que, sin ánimos de venganza, exigen castigo a los culpables.
El tema vuelve a ser noticia, sobre todo en Argentina, Uruguay y Chile. Son heridas que, sólo con rozarlas, vuelven a abrirse.

 


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