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Adiós definitivo
al carnaval electorero
LUIS SUARDIAZ
NOS SEPARAN cuarenta años de la última farsa electoral de la república mediatizada. La guerra de liberación librada, bajo la dirección de Fidel, sus últimas batallas, esta vez sin la nociva intervención yanki, pero los politiqueros que pretendían ignorar una realidad adversa se entregaban a una verdadera orgía propagandística, a repetir consignas huecas, no sin desechar presiones, amenazas, chantajes con el fin de seguir, como decía la voz popular, metiéndole el diente al jamón.
Desde la intervención norteamericana una vez terminada la guerra de independencia, que le escamoteó el triunfo al general mambí Bartolomé Masó, se instauró la botella y toda suerte de sinecuras y el gobierno interventor se hizo de la vista gorda ante los desmanes de aquellos fieles al águila imperialista.
No hubo elecciones democráticas en Cuba sino por excepción, y los verdaderos candidatos del pueblo, carentes de recursos materiales debían batirse con una monstruosa maquinaria electoral al servicio del execrable sistema burgués.
Los políticos venales no vacilaban en invertir cuantiosos recursos, incluida la compra de votos a los desposeídos, no para trabajar por la nación sino para aprobar leyes que beneficiaban generalmente a los expoliadores. En esas condiciones los más conscientes y activos peleaban con el arma del voto en favor de los políticos más progresistas, sin saber si serían adulterados o si la urna sería robada por los propios militares que debían custodiarla. Otros preferían abstenerse, lo cual nada garantizaba porque el fraude llegó a ser de tal magnitud que los farsantes hacían votar aun a los muertos.
La historia de esas campañas electorales son dignas de la picaresca, pero también son parte del drama que sufrían las mayorías ignoradas y excluidas del poder.
Cuarenta años no es mucho en la historia llana de un país, excepto cuando, como en nuestro caso, marca el inicio y desarrollo de un proceso revolucionario que cambió la suerte de los oprimidos y borró para siempre el fraude electoral, lo que despertó, para nuestro orgullo, la ira de los politiqueros, la de sus amos y la de sus cómplices.
Entre las referencias que ilustran esa época definitivamente extinguida, recuerdo la de un senador millonario y analfabeto que esgrimió su pistola contra un agente que le notificó una multa y proclamó que iba a matarlo y a él nada le pasaría porque como senador disfrutaba de inmunidad parlamentaria. En rigor de impunidad, porque ellos hacían las leyes, las modificaban, las ignoraban o las violaban a su antojo.
Este mes se cumple medio siglo del asesinato del gran líder sindical y político Jesús Menéndez, querido por los que fundan, forjan y siembran, los que viven por sus manos. Menéndez era representante a la cámara y lo asesinó un capitán al servicio de la reacción porque se trataba de un líder obrero y comunista; para él no valían las leyes que a otros amparaban. El militar, odiado por el pueblo, no solo no fue condenado sino que llegó a ser coronel y únicamente la fuerza justiciera de la Revolución puso fin a su historia criminal, cuando intentó darse a la fuga en los días triunfales de Enero de 1959.
La Revolución y no el carnaval electoralista fue la que cambió esa realidad oprobiosa. Cuánta diferencia entre los chupasangres de ayer y los diputados o delegados de hoy cuyo premio es el trabajo cotidiano y creciente y la satisfacción del deber cumplido en la batalla contra el imperialismo y su corona fúnebre de leyes criminales y en favor de un destino mejor.
Por eso el pueblo que en el pasado se sentía cuando menos ajeno a la impúdica trama electorera, ha venido participando desde el principio de nuestro nuevo proceso como un auténtico protagonista. Al elegir desde la base a sus representantes se elige a sí mismo y se reconoce en los suyos. Por eso en cada etapa ha sido más numerosa y consciente la participación popular. Por eso acudiremos a las urnas el domingo once, unidos como la plata en las raíces de los Andes, como pedía José Martí, para elegir a los candidatos del pueblo.