NACIONALES

Cuba Socialista a ocho años de
aquel vaticinio sobre su muerte

De pie y bien afincada

Sin el ánimo de hacer un balance completo,
creo que el reciente final de 1997 invita a
recordar los días en que desde el exterior,
hace aproximadamente diez años,
anunciaron entre brindis de champán la
cercana muerte de la Revolución Cubana,
hasta que más tarde el sueño volvió a
esfumarse. Otro gran capítulo de la historia
mayor que arrancó el Primero de Enero de 1959


NICANOR LEON COTAYO

En diciembre de 1989 se desplomó el último Estado socialista de Europa del Este, y a partir de aquel momento en Washington y Miami empezó a correr una voz que decía con atronador júbilo: la próxima en caer será Cuba.
Al año siguiente en ambas ciudades se discutía constantemente respecto al tiempo que faltaría para que sucumbiera el sistema político de este archipiélago, y para acelerar su final desde abril fueron presentados proyectos de leyes enfilados a recrudecer el bloqueo.
El plan estuvo claro: desaparecido el socialismo europeo y la Unión Soviética con igual perspectiva, bastaría apretar el cerco norteamericano y Cuba no resistiría, porque carecería del apoyo necesario para disminuir los efectos de la asfixia económica.
Por aquellos meses de 1990 pulularon en Estados Unidos los artículos con el título The Last Days of Castro (Los días finales de Castro), mientras en Miami la denominada Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA) y otros elementos llamaron a "preparar las maletas" para regresar a nuestro país.
En agosto de aquel año La Habana dictó las primeras medidas para enfrentar la muy dura situación económica que se avecinaba, desde entonces conocida como período especial. La decisión cubana era evidente: no claudicar, resistir.
El vaticinado colapso no se produjo, pues Cuba atravesó 1990 y se adentró en el siguiente año, cuando el derrumbe de la Unión Soviética hizo todo aún más difícil, debido a que la pequeña nación caribeña llegó a perder el 85 por ciento de su capacidad de compra y su Producto Interno Bruto cayó fuertemente.
Sin embargo, aquí no mermó ni en un cuarto de pulgada la intención de salvar la independencia y la soberanía que trajo la Revolución, y junto a ellas otras nobles conquistas que se lograron a partir de Enero de 1959.
De ahí la ley Torricelli en 1992, bajo el gobierno republicano de George Bush, para endurecer aún más el bloqueo e introducir vías "pacíficas" en las relaciones con Cuba, ambos carriles enderezados a destruir el proceso revolucionario, pero a la vez no como un reflejo de victoria frente a la plaza sitiada, sino de frustración ante su tenaz resistencia.
El año 1993 fue durísimo para la vida cotidiana de los cubanos. Las más sensibles afectaciones giraron en torno a la alimentación y los productos médicos. El bloqueo de Washington se erigió aún más claramente no como la causa única, pero sí principal de esta situación.
Cuando el demócrata William Clinton llegó a la presidencia en enero de aquel año, en los primeros meses pareció que vendría un determinado cambio positivo en las relaciones bilaterales, pero después en la Casa Blanca hubo una gradual inclinación hacia la derecha que debilitó esa expectativa.
En eso influyeron, entre otros, los intereses ultraconservadores que desde el principio se enfrentaron a importantes proyectos gubernamentales de Clinton, así como las presiones de la FNCA.
En 1994, a cinco años de anunciada sin éxito la muerte de Cuba socialista, en Estados Unidos varios sectores importantes, por ejemplo del Congreso, la prensa y el mundo de los negocios, comenzaron a pedir una revisión de la política seguida hacia La Habana.
Estos pronunciamientos fueron detenidos luego que el Partido Republicano ganase las elecciones parciales de aquel año. El Congreso de Estados Unidos quedó bajo el control de la extrema derecha agrupada en ese Partido, y sus socios de origen cubano de Miami celebraron alborozados el acontecimiento.
En tal escenario fue presentado en 1995 el proyecto de ley Helms-Burton, conocida legislación contra la que se levantaría el mundo, y que daña incluso los intereses del país donde fue impuesta. En su título dos, como es sabido, establece las normas para volver a convertir a Cuba en una neocolonia estadounidense, pero mucho más atada que antes.
Tampoco, como sucedió con la Torricelli, esa otra iniciativa fue símbolo de triunfo sobre la pequeña nación asediada, sino renovada señal del fracaso de la política hacia esta.
Puede afirmarse que en estos últimos ocho años, aún sin desconocer el abanico de atrocidades realizadas contra nuestra nación a partir de 1959, desde Washington se ha hecho un esfuerzo descomunal para ahogar a la Revolución Cubana. Asimismo es oportuno recordar que en el mundo existen ingenuos y cómplices que han hecho el juego al discurso de la Casa Blanca contra nuestro país.
Fue la crisis y el colapso del socialismo europeo y soviético el que, a principios de la actual década, dio la voz de aviso a la administración de Bush para intensificar la embestida contra Cuba en el terreno económico y en todos los frentes. El objetivo, muy claro: rendir por hambre y enfermedades a los cubanos.
Esa línea en esencia no ha variado y su bastión fundamental, en particular durante los últimos tres años, ha residido en el Congreso que domina la ultraderecha, en tanto que los anexionistas de origen cubano de Miami, y en primer lugar la FNCA, han echado mano a todos los recursos para agredir a esta nación caribeña.
De esa alianza surgen las permanentes iniciativas contra La Habana en el Capitolio de Washington, la sistemática oposición a cualquier sugerencia que pudiese contribuir a bajar las tensiones entre ambas partes, y el ajetreo encaminado a endurecer todavía más leyes como la Helms-Burton, que cierran el camino al entendimiento y arrebatan al Presidente su facultad constitucional de manejar la política hacia Cuba.
Los ultraderechistas de Miami antes referidos han estado enrolados en numerosos planes y acciones terroristas contra nuestro país, llevados a cabo principalmente desde territorio de Estados Unidos, han utilizado emisoras de radio, incluidas algunas que financia la Casa Blanca, para alentar aquí salidas clandestinas hacia la Florida y para exhortar a la subversión interna.
Junto a lo dicho están las campañas propagandísticas, que han alcanzado grandes magnitudes, en parte debido a que son alimentadas con medios que antes Washington destinaba a la URSS y la Europa del Este socialista. Los derechos humanos y la democracia son las mercancías preferidas de tales maquinaciones.
Es esa sucia propaganda la que, al tratar de explicar el hecho de que Cuba haya sobrevivido a pruebas tan duras, remite el asunto al "fuerte aparato de seguridad de Castro", a la "represión contra los disidentes" y a otras causas prefabricadas que silencian el decisivo papel desempeñado por el pueblo.
Aquí, por ejemplo, al igual que en otros países fue necesario adoptar medidas para sanear la situación financiera interna, pero con la diferencia en nuestro caso de que fueron aplicadas después de haber consultado y discutido el asunto con millones de cubanos y cubanas. He ahí, en concreto, lo que es la vinculación y participación de toda la gente en su sistema político.
A lo largo de este intrincado período, el tipo de proceso electoral que se realiza en nuestro país habría permitido echar abajo la Revolución por vía pacífica. En primer lugar, en las asambleas de vecinos hubiesen propuesto como candidatos -porque no los selecciona el Partido Comunista- a los enemigos del socialismo cubano, y después elegirlos.
Pero no sucedió tal cosa. A la inversa, en las asambleas de vecinos fueron propuestos como candidatos hombres y mujeres que apoyan a la Revolución, más tarde la asistencia a las urnas, que es voluntaria, fue siempre de casi el cien por ciento y el poder desde la base hasta la instancia nacional quedó en manos fieles a la Patria.
Esa misma perspectiva se vislumbra para los comicios que tendrán lugar mañana domingo, cuando la inmensa mayoría del pueblo cubano se apresta a votar, a través de los candidatos, por su historia de luchas, por la unidad, por su independencia, por la obra que ha levantado durante los últimos 39 años.
A pesar de que Washington y muchos otros no lo creyeron posible en 1990, y después, Cuba ha resistido el período más difícil de su historia, pero además, para completar su proeza, ha ido más allá e iniciado con paso discreto su avance hacia la recuperación económica.
¿El gran héroe? El pueblo cubano, los patriotas cubanos que como siempre han estado dispuestos a sacrificarlo todo por la independencia y la soberanía, a las que ahora unen la justicia social lograda en más de tres décadas y media.
La senda que falta por recorrer sigue cubierta de obstáculos, que tienen su origen básico en la guerra económica desatada por Washington contra nuestra nación, así como en su hostilidad generalizada.
La decisión aquí, con la unidad como arma fundamental, es seguir adelante con tanto ánimo a perfeccionar nuestro sistema de vida, como a no ceder ante los chantajes de cualquier modalidad y de cualquier procedencia.
Con tanta disposición a hacer cada vez mejor nuestra democracia, como a no aceptar que quienes tienen en crisis la suya, como sucede en Estados Unidos, nos tracen pautas de cómo debemos actuar al respecto.
Lo más significativo no es que en Cuba persistan las dificultades, sino que haya resistido a lo largo de casi 40 años, y en especial durante los últimos ocho, la tremenda prueba que le impuso la hostilidad de Estados Unidos por haber roto para siempre el status neocolonial que sufría y puesto en práctica la justicia social.
De pie y bien afincado se encuentra el poder revolucionario, y preservada la conquista mayor, el sistema político. La sagrada misión de defenderlos, porque en ambos radica nuestra verdad, continuará siendo cumplida.

 


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