Al igual que Alicia –el popular personaje de Lewis Carrol– debe lidiar con personajes excéntricos en un «país de las maravillas» donde la lógica se desdibuja, en el escenario internacional los países se enfrentan a intereses contradictorios, cada uno con su propio juego de reglas y prioridades.
En este contexto ha ganado importancia la diplomacia transaccional como política factible para que, al final, quede la misma sensación que al escuchar decir a uno de los personajes de la historia del escritor inglés: «Todos hemos ganado y todos tenemos que recibir un premio».
Desde un enfoque pragmático, se basa en la lógica del quid pro quo; o sea, no hago nada por ti si no obtengo algo a cambio. En el juego político, eso significa alcanzar acuerdos a través del intercambio de concesiones, negociando resultados concretos que beneficien a las partes y dejando de lado, incluso, principios ideológicos o morales básicos, como el respeto a los derechos humanos.
Mediante el canje de concesiones, ambas partes logran un acuerdo que, si bien no proporciona la victoria absoluta, sí facilita el alcance de un objetivo común, lo que puede ser desbalanceado cuando entra al tablero el Gobierno de EE. UU., el gran negociante del mundo, cuyos ejercicios de presión suelen ser muy visibles en los resultados de cualquier pacto.
Marina Henke, profesora de Relaciones Internacionales en la Universidad Northwestern, lo explica así en la plataforma Violencia política de un vistazo: «Si se practica la diplomacia transaccional con toda su fuerza, cada acción cooperativa –ya sea en las esferas económica, institucional o de seguridad– se convierte en un activo fungible y potencialmente negociable: derechos de bases militares, derechos de sobrevuelo, derechos de tránsito, intercambio de inteligencia, cooperación policial, inmigración, control de armamentos, comercio, medio ambiente, finanzas… lo que se quiera».
El 1ro. de enero de 1994 entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Con este, EE. UU., Canadá y México eliminaron aranceles y barreras comerciales para aumentar el flujo de bienes y servicios. A cambio, cada nación abrió sus mercados a productos de los demás, con beneficios económicos para todos, pero el dólar estadounidense fue coronado como única moneda para las transacciones. ¿Se entiende el punto?
El Medio Oriente ha sido geopolíticamente transformado bajo la acción de la política estadounidense. Israel, ahora en cruel guerra contra Palestina, llegó a establecer relaciones diplomáticas con cuatro países del mundo árabe en tiempo récord, proceso como parte del cual la participación estadounidense, bajo el mandato de Donald Trump, resultó crucial.
La administración trumpista destacó por la aplicación de esta política internacional de una manera menos velada que hasta entonces, al politizar de forma más agresiva y pública las negociaciones.
Algunos especialistas consideran, aun así, que la diplomacia transaccional podría ser un espacio de oportunidades. En el ámbito internacional puede servir para resolver conflictos, crear alianzas y construir puentes entre países con intereses divergentes.
La práctica, sin embargo, ha demostrado lo contrario. La prueba está en la manera en que países menos desarrollados terminan respondiendo a los intercambios con EE. UU., que incluyen pagos secundarios y vinculaciones temáticas, muchos relacionados, de manera muy frecuente, con la ganancia de votos en el Consejo de Seguridad o en la Asamblea General de las Naciones Unidas.









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