La palabra ahorrar proviene del árabe hurr (horro), "libre" —de ahí la frase negros horros—. En el siglo XVII significaba "poner en libertad a un esclavo". Se usaba también en el sentido de "ahorrar una acción para ganar tiempo", como puede apreciarse en el Quijote: "Y ella ahorró la escalera y dio con ellos por la ventana abajo" (t. I, cap. 6). En el Lazarillo de Tormes, aparece ya con el sentido de "hacer economías". A principios del siglo XIX, en el Nuevo Tesoro de la Lengua Española puede leerse: "Guardar uno en su gasto o manutención alguna parte de lo que tiene [...]". Hoy mantiene sus acepciones históricas, aunque lo usamos esencialmente como "reservar alguna parte del gasto ordinario", "guardar dinero como previsión para necesidades futuras" o "evitar un gasto o consumo mayor", acepción esta última en la que debiéramos como pueblo hacer mucho más.









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