ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

La economía global anda loca. Ayer leía yo que en los principales mercados las acciones caen como si se avecinara una recesión; mientras, paradójicamente, los precios del petróleo suben como si las economías estuviesen creciendo.

No es la única contradicción: las tasas de interés aumentan como si la inflación fuera del 10 %, y, a la vez, cae el precio de oro como si la inflación hubiera desaparecido.

Asimismo, suben los precios de las viviendas; pero el sector inmobiliario comercial cae.

En una fría mirada a los gráficos podemos apreciar el mismo panorama caótico previo a la Gran Recesión de 2008, la cual generó una crisis alimentaria global, e hizo que millones de personas perdieran sus casas, sus ahorros y empleos.

Sin embargo, lo que ahora subyace tras semejante cuadro es peor. En realidad, recuerda las condiciones que indujeron las Primera y Segunda guerras mundiales: estamos asistiendo a otra dura lucha entre potencias por el reparto comercial del mundo.

Cuando en las redes sociales yo hago análisis de este tipo, casi siempre alguien me recrimina: Oiga, por casualidad quisiera dejar el mundo tranquilo, y centrarse un poco más en nuestras realidades.

Es algo que, incluso, veo en especialistas; supuestos análisis que son una enumeración de efectos, sin detenerse en las causas: que unas pueden ser carencias propias, pero otras escapan a nuestro control. No es extraño entonces que muchas propuestas no sean tenidas en cuenta.

Tal vez suponen que Cuba –como en la novela Este otro Paraíso, de Paul Harding– es una suerte de ecosistema cerrado que se sostiene sin intercambio con el exterior.

Ojalá fuéramos como el llamado péndulo de Foucault: capaces de movernos por largo tiempo sin más energía que la rotación de la Tierra.

Lamentablemente, nos movemos con un petróleo, amén de otros recursos, que no producimos y hoy se vende a precios disparatados.

Además de las variables ya mencionadas –condiciones previas a las crisis de 2008, y de las Primera y Segunda guerras mundiales– hay otro par de fantasmas al acecho.

De un lado, el mundo aún no se recupera de lo generado por la pandemia, y, de otro, está ocurriendo una suerte de versión 2.0 de la llamada Crisis del Petróleo de 1973, cuando la opep detuvo la producción petrolera y dejó de exportar crudo a Occidente.

Ahora, lo mismo que entonces, los principales países exportadores han reducido sustancialmente la producción de hidrocarburos, con el objetivo de subir precios y usar esto como elemento de presión geopolítica contra el liderazgo hegemónico de Estados Unidos y sus aliados occidentales.

Han surgido nuevos focos de poder como los Brics, que en la práctica crean relaciones políticas, de seguridad, económicas, comerciales y de inversión diferentes, y, por tanto, entran en colisión con las reglas del llamado Orden Mundial.

En este choque, se generan guerras como las de Ucrania y se implantan políticas de sanciones que vienen a complicar aún más las ya resentidas cadenas de suministro. 

Un viejo proverbio africano reza que «cuando dos elefantes pelean, quien más sufre es la yerba que pisan».

En esta lucha de potencias los que más sufrimos somos los países del llamado Tercer Mundo, que no disponemos de suficientes riquezas y capacidades productivas. Para el caso, somos la «yerba».

Desde luego, no tendría sentido usar semejante análisis para el vano lamento o como excusa para cubrir probables ineficiencias; todo lo contrario.

Para saber cuáles son nuestras reales oportunidades, o dónde debemos incidir, primero hay que despejar aquellos asuntos que escapan de nuestras manos. Solo se puede abrir adecuado camino, o sugerir nuevas rutas, cuando objetivamente se conoce la magnitud de los obstáculos.   

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