La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa de laboratorio para convertirse en una fuerza transformadora de la economía, la sociedad y la geopolítica mundial. Sin embargo, su desarrollo no avanza de manera homogénea ni beneficia por igual a todas las naciones.
Mientras un puñado de países y corporaciones tecnológicas concentran el poder de cómputo, los datos y el talento especializado, la mayor parte del Sur Global observa con legítima aspiración, pero también con justificada cautela, cómo esta revolución tecnológica redefine las reglas del juego.
Por tanto, para las naciones en desarrollo, la cuestión no está en si la inteligencia artificial puede promover su desarrollo económico y social –esta es ya una verdad irrebatible–, sino cómo puede hacerlo de manera efectiva, equitativa y sostenible, atendiendo tanto a las oportunidades concretas como a los desafíos estructurales que enfrentan países como Cuba.
Tal como reconocen los acuerdos establecidos en la reciente Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial, celebrada en Shanghai, China, la inteligencia artificial puede ser un poderoso catalizador del desarrollo cuando se inserta en una estrategia nacional clara, con gobernanza definida y prioridades sectoriales alineadas con las necesidades de la población.
En línea con los acuerdos de esa Cumbre –a la que asistió, representada por su Ministra de Comunicaciones, Mayra Arevich Marín–, la Mayor de las Antillas ha entendido esta premisa y la ha convertido en política de Estado.
La Estrategia para el Desarrollo de la Inteligencia Artificial en Cuba, aprobada por el Consejo de Ministros, en mayo de 2024, demuestra la seriedad con que se ha asumido este asunto. Resulta un instrumento programático que establece seis ejes estratégicos –ética y marco normativo, capital humano, aplicaciones y servicios, administración pública, ciencia e innovación, y comunicación social– y que sitúa la gobernanza en el centro de su arquitectura.

La creación de un Consejo Técnico Asesor y la apertura a espacios de diálogo con la academia, el sector empresarial y la sociedad civil revelan una apuesta por una gobernanza participativa y adaptativa, no vertical ni autorreferencial.
Este diseño institucional no es casual. Responde a la convicción de que la inteligencia artificial, lejos de ser un fin en sí misma, es una herramienta social cuyo uso debe orientarse a la resolución de problemas apremiantes.
Como afirmó la Ministra cubana de Comunicaciones, en la Conferencia Mundial de IA de Shanghai: «para Cuba, la inteligencia artificial es una herramienta social, cuyo uso se prioriza y orienta a la salud pública, la educación universal, la agricultura sostenible, la gestión de desastres y la mejora de servicios públicos, con el fin de reducir desigualdades y reforzar la resiliencia nacional ante crisis sanitarias, climáticas y económicas globales».
Esta declaración se ancla en una práctica concreta: el desarrollo de modelos de lenguaje con identidad propia, soluciones de IA para la salud, la educación y la inclusión social, todo ello impulsado por un capital humano formado en las universidades cubanas y sostenido a pesar del cerco externo.
Por supuesto, también está claro que ninguna estrategia, por bien diseñada que esté, puede fructificar sin acceso a infraestructura digital, capacidad de cómputo, datos de calidad y talento especializado.
Aquí es donde el caso de la Isla revela su paradoja más elocuente: el bloqueo económico de Estados Unidos.
La Ministra lo denunció con claridad en su intervención: «las medidas coercitivas unilaterales de EE. UU., recrudecidas hasta extremos sin precedentes, limitan nuestro acceso a tecnologías, financiamiento y plataformas esenciales, negándonos el derecho a desarrollarnos y a conectar plenamente a nuestro pueblo».
Pero el cerco no ha doblegado la capacidad de innovación; al contrario, la ha catalizado. Cuba ha aprendido a priorizar la formación de recursos humanos por encima de la adquisición de hardware costoso, y a buscar alianzas internacionales que compensen las asimetrías estructurales.
Esta experiencia, se sabe, no es exclusiva de Cuba, sino que es parte de las salidas de muchos países del Sur Global que enfrentan brechas digitales pronunciadas, infraestructuras insuficientes y dependencia tecnológica. Sin embargo, Cuba añade un matiz distintivo: la convicción de que la inteligencia artificial debe estar al servicio de la soberanía nacional y el bienestar popular, y no al de intereses hegemónicos o corporativos.
Esta perspectiva ética, que coloca a las personas en el centro del desarrollo tecnológico, es uno de los aportes más valiosos que los países en desarrollo pueden hacer a la gobernanza global de la IA, y que la Declaración de la Presidencia de la Conferencia de Shanghai recogió, al insistir en un enfoque centrado en las personas y en la necesidad de que la IA se convierta en una fuerza para la prosperidad compartida y la seguridad común.
CONTRA LA ASIMETRÍA, LA COOPERACIÓN
La Conferencia Mundial de IA y la Reunión de Alto Nivel sobre Gobernanza Global dieron un paso inédito en el propósito de resolver las asimetrías actuales a partir de una cooperación internacional amplia y real. Ese hito fue la creación de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO), una plataforma alternativa propuesta por el Presidente de China, Xi Jinping, y que Cuba fue de las primeras naciones en suscribir.
WAICO no es una organización más; es la materialización de un principio político claro: la gobernanza global de la IA no puede estar dominada por un puñado de países tecnológicamente avanzados y grandes corporaciones, sino que debe reflejar plenamente las necesidades de desarrollo, las tradiciones culturales y las experiencias de gobernanza del Sur Global.
El Plan de Acción para el Desarrollo y la Cooperación Global en Inteligencia Artificial, publicado durante la Conferencia, concreta esta visión en ocho ámbitos de cooperación: datos, capacidad de cómputo, ecosistemas de código abierto, aplicaciones sectoriales, formación de talento, normas y estándares, gobernanza de la seguridad y ética de la ciencia y la tecnología.
Entre las medidas más relevantes para los países en desarrollo destacan el ofrecimiento de servicios de cómputo inclusivos y accesibles, el desarrollo compartido de corpus multilingües y conjuntos de datos de alta calidad, y el apoyo a la innovación adaptada a realidades locales mediante modelos de código abierto.
China, por su parte, anunció compromisos concretos: 5 000 oportunidades de formación para países en desarrollo en los próximos cinco años, la construcción de centros internacionales de cooperación para aplicaciones de IA, y la facilitación a 30 países del sistema Mazu, un esquema de alerta meteorológica basado en inteligencia artificial.
Estas acciones, si se implementan con transparencia y sin condicionalidades, pueden contribuir significativamente a cerrar la brecha digital y la brecha de inteligencia artificial que hoy persiste.

DEL QUÉ HACER AL CÓMO HACER
La respuesta a la pregunta sobre cómo los países en desarrollo pueden fortalecer sus capacidades tecnológicas, ampliar los ámbitos de aplicación, mejorar la formación de talento, reducir la brecha digital y aprovechar más eficazmente la IA para impulsar la modernización nacional, no es única ni mecánica.
El problema de la formación de capital humano es una de las claves principales. Ninguna estrategia de IA puede sostenerse sin profesionales capacitados. Cuba ha hecho de la educación su principal activo, y la Estrategia de IA lo reconoce al incluir la formación como uno de sus ejes centrales. Eso sí, la formación no puede limitarse a la élite técnica; debe alcanzar a funcionarios públicos, docentes, profesionales de la salud, agricultores y ciudadanos en general, para que la IA sea apropiada socialmente y no impuesta desde arriba.
Además, la cooperación internacional, como la anunciada por China, puede ser un complemento valioso, pero no un sustituto de las políticas nacionales de educación y capacitación.
Un segundo asunto es el desarrollo de infraestructura digital accesible y soberana. La capacidad de cómputo, el ancho de banda y el almacenamiento de datos son condiciones materiales imprescindibles. La Estrategia cubana no elude este desafío, aunque el bloqueo dificulta enormemente su cumplimiento.
Aquí la cooperación Sur-Sur y las plataformas de código abierto, promovidas por WAICO, pueden ofrecer alternativas más asequibles y menos dependientes de proveedores extranjeros. Los servicios de cómputo inclusivos y accesibles, mencionados en el Plan de Acción, serían una línea de acción prioritaria.
Otro tema primordial es la aplicación sectorial con impacto directo en el bienestar. La IA no puede quedarse en los laboratorios o en los centros de investigación; debe llegar a los campos de cultivo, a los consultorios médicos, a las aulas escolares, a los sistemas de gestión de desastres y a las plataformas de gobierno digital.
Cuba prioriza la salud, la educación, la agricultura sostenible y la gestión de desastres, sectores donde las necesidades son urgentes y los resultados tangibles. La experiencia de China con el sistema Mazu, ofrecido a 30 países, muestra el potencial de la IA para la prevención de desastres climáticos, una prioridad para muchas naciones del Sur Global afectadas por el cambio climático.
Un cuarto tópico es la gobernanza participativa y ética. Los países en desarrollo no pueden limitarse a adoptar marcos regulatorios diseñados en el Norte; deben construir sus propias normas, basadas en sus tradiciones jurídicas, sus valores culturales y sus prioridades de desarrollo.
El enfoque cubano, que combina un Consejo Técnico Asesor con espacios de diálogo con actores diversos, es una apuesta por una gobernanza que no es ni autoritaria, sino deliberativa y adaptativa. Este enfoque podría reproducirse en otros países de la región que busquen equilibrar la innovación con la protección de derechos y la soberanía nacional.
Por último, y no por ello menos importante, está la cuestión geopolítica. La gobernanza global de la IA está en disputa. Por un lado, el modelo estadounidense, dominado por grandes corporaciones y orientado a la rivalidad estratégica y la contención tecnológica; por otro, el modelo chino, que enfatiza la cooperación Sur-Sur, el código abierto y la IA para el bien común, aunque sin renunciar a su propia proyección geopolítica.
Para Cuba y para la mayoría de los países del Sur Global, la opción no es binaria, sino estratégica. La adhesión a WAICO no significa una alienación automática a los intereses de China, sino la búsqueda de espacios de cooperación que contrarresten la exclusión impuesta por el bloqueo y el orden digital dominado por unas pocas potencias.
La Ministra cubana de Comunicaciones lo expresó con claridad en Shanghai: WAICO es «una oportunidad real para los países en vías de desarrollo, afectados por la escasez de infraestructura digital, falta de personal especializado, carencias formativas y riesgo de dependencia tecnológica».
NADIE PUEDE QUEDAR AL MARGEN
La inteligencia artificial es, ante todo, un campo de batalla simbólico y material por el futuro. Los países en desarrollo no pueden quedar al margen, pero tampoco pueden repetir los errores de modelos excluyentes y dependientes que han marcado otras oleadas tecnológicas.
La experiencia cubana, aun en las condiciones adversas que le impone el bloqueo multidimensional de EE. UU., propone una estrategia de IA soberana, ética y orientada al bienestar.
No obstante, la realidad global también revela los límites que impone la asimetría estructural: sin cooperación internacional genuina, sin transferencia de tecnología, sin acceso a capacidad de cómputo y datos de calidad, la brecha digital y la brecha de IA seguirán ensanchándose, reproduciendo desigualdades históricas bajo nuevas formas.
El camino hacia una gobernanza global de la IA justa, equitativa e inclusiva no está trazado, se está construyendo, y Cuba, articulada con la Conferencia de Shanghai y los acuerdos de WAICO, muestra que es posible soñar con un orden digital más fraterno y democrático; pero también advierte que ese sueño no se realizará sin voluntad política, sin cooperación efectiva y sin la participación activa y protagónica de los países del Sur Global.
Como sentenció el Presidente Xi Jinping en la apertura de la conferencia, la pregunta no es si la IA será parte del futuro, sino cómo queremos que sea ese futuro: si dominado por unos pocos o compartido por todos; si al servicio de la hegemonía o al servicio del bien común.
La respuesta, para Cuba y para el Sur Global, está en la acción colectiva, en la soberanía tecnológica y en la convicción de que la inteligencia artificial, como todas las herramientas humanas, debe estar al servicio de la vida, de la dignidad y de la justicia.








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