ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
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El Salón Conmemorativo de Kekeya muestra los resultados del proyecto y enfatiza su importancia para un modelo de gobernanza ecológica sostenible. Foto: Yesey Pérez López

«Plantar árboles no es fácil. Hacer que sobrevivan lo es aún menos.»

La frase aparece en un cartel en la pared. Parece simple pero resume la épica de un proyecto que transformó una región y la vida de sus habitantes. 

Porque detener el desierto no es una tarea sencilla. En Kekeya, zona ubicada en la prefectura de Aksu, en la Región Autónoma Uigur de Xinjiang, esa dificultad marcó el punto de partida. Con apenas 56,7 milímetros de precipitaciones anuales y niveles de evaporación que alcanzan los 3 000 milímetros, el entorno está marcado históricamente por la aridez.

Antes de la década de 1980, el desierto del Taklamakán se encontraba a solo seis kilómetros de las zonas urbanas y avanzaba a un ritmo de hasta cinco metros por año. En invierno y primavera, el viento levantaba arena con tal intensidad que obligaba a permanecer dentro de las casas. 

¿Cómo revertir un proceso así? El Salón Conmemorativo de Kekeya, en Aksu, explica cuál fue la respuesta. Mapas, imágenes, representaciones y objetos documentan el avance del desierto y las condiciones iniciales del territorio. A partir de ahí, se reconstruye la ruta que dio lugar a uno de los principales proyectos de control de la desertificación en China.

El proyecto ecológico en Kekeya inició a finales del año 1986, hace casi cuatro décadas. Se trataba de una estrategia con participación de instituciones, técnicos y población local. Su objetivo era intervenir el entorno para frenar el avance del desierto y proteger las zonas habitadas.

La historia había recogido el fracaso de intentos anteriores debido a la falta de agua. En la memoria local, dice uno de los materiales de la exposición, quedó una expresión que resume ese sentimiento: «cada año se plantaban árboles, pero siempre en el mismo lugar».

El nuevo proyecto, por tanto, exigió soluciones innovadoras. El Partido y la población se movilizaron para llevar a cabo las tareas necesarias. Se excavaron zanjas profundas, se trasladaron suelos, se seleccionaron especies más resistentes y se ajustaron los métodos de plantación para mejorar la supervivencia en condiciones extremas.

En 1987 los primeros árboles alcanzaron una tasa de supervivencia cercana al 90%. Un año después, los participantes en la plantación recogieron los primeros frutos. Eran pocos, pero suficientes para demostrar que el entorno podía ser modificado.

La historia cuenta que hubo lágrimas de emoción y de alegría. No era para menos: quien observa la inmensidad de las arenas y el contraste de los árboles que las detienen, comprende el valor del cambio que comenzaba a producirse.

Maqueta e imagen satelital de teledetección del reverdecimiento en Kekeya, prefectura de Aksu, en la región autónoma uigur de Xinjiang. Foto: Yesey Pérez López

RESULTADOS Y TRANSFORMACIONES EN EL TIEMPO

Tras casi 40 años de detener el avance del desierto, Aksu ha ido construyendo un nuevo modelo de desarrollo ecológico: desde la plantación hasta la creación de bosques con fines económicos y paisajísticos.

En términos de lucha contra la desertificación, la cobertura forestal en la región pasó de poco más del 3% a más del 9%. Este aumento evidencia el éxito de una estrategia en un contexto adverso que antes había impedido no solo el crecimiento de nuevos árboles, sino también mantener lo plantado.

Se incorporaron bosques productivos y paisajísticos, y en distintas áreas se introdujo el desarrollo agrícola. De esta forma, los cultivos frutales adaptados a las condiciones locales comenzaron a generar ingresos sostenidos.

Así se creó un modelo de «bosques que sostienen los bosques», utilizando plantaciones económicas para apoyar la conservación de las ecológicas, logrando beneficios en ambos propósitos.

Las labores de mantenimiento y gestión del proyecto generaron empleo estable y contribuyeron a la organización productiva del territorio.

Fotografía aérea que muestra parte del proyecto de Kekeya, en Aksu, en la región autónoma uigur de Xinjiang, China. Foto: XINHUA

Actualmente, Aksu es la principal zona de producción forestal y frutícola de Xinjiang. En septiembre pasado, el periódico Global Times reportó que la región alcanzó una producción total de fruta de 2,81 millones de toneladas. Entre ellas, se destacan las manzanas, nueces, dátiles rojos, peras, albaricoques, uvas y otras frutas. El valor de producción de la industria frutícola alcanzó los 19,1 mil millones de yuanes.

Sus productos han sido galardonados con numerosos premios y reconocimientos. Es reconocida como «la cuna de las nueces en China», «la cuna de las manzanas rojas Fuji en China» y «la cuna de los pequeños albaricoques blancos en China».

En 2017, el presidente Xi Jinping se refirió a este proyecto como ejemplo de recuperación medioambiental, en el marco de las políticas orientadas a la construcción de una civilización ecológica. En ese sentido, los resultados de Kekeya son un ejemplo clave en la estrategia de China para enfrentar la desertificación. En los próximos años, el gigante asiático tiene previsto continuar priorizando la gestión ambiental, en línea con los objetivos de su recientemente aprobado XV Plan Quinquenal.

Mientras, a la salida del Salón Conmemorativo de Kekeya, un visitante regresa a su autobús. De vuelta en la carretera, ya conoce el origen de los contrastes que no comprendía inicialmente: el verde crece en lugares donde parecía imposible y el agua fluye por canales. Sonríe al pensar que en la imagen que pasa ante sus ojos no hay secretos: está la mano transformadora  del hombre.

           

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