JUYONGGUAN, China.–Sobre el lomo de piedra de la Gran Muralla caminan todas las naciones. Bajan o suben, se cruzan.
Según el tramo, la pendiente puede ser más o menos inclinada, y así el esfuerzo. Los escalones no son iguales de alto –no pueden serlo si se hicieron con mezcla de piedra rústica y premura de la guerra–, y eso cansa más.
Entonces siempre hay resoplido, y sudor, y pausa obligada, y la gente de todas las naciones se cede el paso, se saluda, se detiene a esperar, sin prisa, la foto que se hace otro. Hay aquí una cierta cortesía que oxigena.
Cuando la primera vez en la Gran Muralla se camina en Juyongguan, todas las experiencias pueden vivirse en solo cientos de metros de almenas y torres. Y se anda más a gusto porque, aunque pasen por tu lado todas las naciones, y se vendan souvenirs y haya gente local que viva de eso, no es precisamente allí el ritmo febril de Badaling, el paso más visitado, más vendido, más consumido por la impiedad del consumo turístico.
En Juyongguan –un circuito circular que enlaza las enormes montañas que rodean el profundo y angosto valle de Juyong, a unos 50 kilómetros al noroeste de Beijing– todo es más compacto y diverso.
Si optas por subir la ruta sur de 12 torres principales, vas a hacerlo sin más tregua al descanso que el tramo de un escalón. Lo escarpado apenas ofrece el piso llano de cada atalaya, y solo subes, subes, subes, hasta que la formación de rocas que admiraste por el norte, desde abajo, se te hace una línea fina a los pies de la mirada.
Por más que te lo hayan dicho, que lo hayas leído, no puedes alcanzar a comprender la resolución de los hombres que emprendieron aquella arquitectura extraordinaria que suma más de 8 000 kilómetros en toda China. Aquí en Juyongguan alcanza dimensiones todavía más desafiantes, por el rigor de la geografía, que obligó incluso a unir montaña con montaña mediante un arco tallado en piedra sobre el río, hasta hacer inexpugnable la puerta de una ciudad que fuera capital de dos dinastías imperiales.
El Guardián de Beijing, le llaman abajo; la Puerta del Cielo, arriba, donde las nubes humedecen las mejillas; el Verdor Escalonado, reza una piedra a pocos metros del primer peldaño. Solo lo entenderás cuando, en cualquier parada del ascenso, una alfombra tupidamente verde premie ante tus ojos el esfuerzo.
Es una hermosa postal, indescriptible. No obstante, sobre el muro caminan y se cruzan todas las naciones. Todo tipo de gente también.
–¿Y vos de dónde sos?
–De Cuba
–¿De Cuba? Terrible la situación allá. No deberíais volver. ¿Cómo es que no habéis matado a quienes les gobiernan?
–Te equivocaste de cubano. No matamos, como los que nos asfixian.
–Qué pena. Deberíais oír la otra versión.
–¿Qué sabes tú de la mía?
–No, sí bastante tengo ya con España.
–Entonces, ocúpate allá.
Sí, la Gran Muralla es una hermosa postal indescriptible, y a la vez –lo es también– un macizo legado de la guerra. Por fortuna, el paisaje impone su espléndida magnitud, y predomina lo fraterno.
Si eres un simple turista, habrás ganado una foto envidiable para Tik Tok y otro destino a tu cuenta.
Si más que conocer te anima comprender, valorarás la oportunidad de estar allí; admirarás el monumento colosal a lo imposible; y si eres justo, padecerás de cierto modo por los hombres cuyas vidas se quebraron en la piedra, por sus huesos que, al morir de agotamiento, los mezclaron con la roca y con la cal, para que ahora caminen sobre ellos turistas y filántropos.
Si prefieres soñar, anhelar para tu mundo que algo aprenda de las magnas lecciones que esa historia de China tiene para ofrecer, decidirás que esta Gran Muralla es insuperablemente grande, y desearás que no hagan falta más porque no haya más guerras; que bajo los muros nuevos que quieren levantar las nuevas ambiciones no mueran ya más hombres… ni sobre ellos.








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