Cuando una persona elige el alto rendimiento acepta enfrentar a los rivales, pero también luchar contra los límites de su cuerpo, las lesiones, el sueño. Sin embargo, para los cubanos existe una dificultad añadida, más allá de los esfuerzos ineludibles en el ascenso a la cima: el bloqueo.
Esa piedra está presente en el camino desde 1962, cuando la Isla implementaba una estrategia dirigida a posicionarla en la élite internacional. Justo una década después ocurrió el gran despertar en los Juegos Olímpicos de Múnich.
Pese a la política de genocidio, el movimiento deportivo atesora hazañas, imposibles según la lógica del mercado, en su menosprecio de otros factores tan o más valiosos que el dinero.
Así lo demuestran el quinto lugar en Barcelona-1992, durante el inicio del periodo especial; el único equipo femenino de voleibol tricampeón consecutivo bajo los cinco aros y el beisbol, rey absoluto en la segunda mitad del siglo XX; el hombre capaz de repetir el triunfo en 400 y 800 metros, así como el autor del salto más alto de la historia…
Sin embargo, en un planeta comercializado las victorias parecen reservadas a los dueños de fortunas, capaces de desarrollar a sus atletas, comprar a los de otras tierras y estar a tono con los adelantos de la ciencia, imprescindible hoy.
Dicho panorama exige una apertura a esas pautas, tan difícil en un país que mide cada paso para evitar un envenenamiento de sus esencias. Sin dudas, ocurrieron profundas transformaciones, pero un gran obstáculo persiste y afina sus mecanismos y asfixia como nunca: el bloqueo.
En el emotivo regreso del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz al barrio neoyorkino de Harlem, en 1995, cuando el imperialismo incrementaba su voracidad tras el fin de la supuesta amenaza del comunismo en la Unión Soviética, expresó: «Que si otros no han cambiado, nosotros tampoco cambiaremos».
Esa extraordinaria lección de resistencia –sin dejar de aprovechar los aspectos positivos de cada época– guia el deporte de la Mayor de las Antillas en su era más difícil desde que la Revolución le enseñó la posibilidad de tocar el cielo.
Por solo citar un ejemplo, el tercer lugar en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, apenas dos títulos encima del cuarto, numéricamente dista del dominio acostumbrado, pero el coraje honra nuestra historia de sobra.
¿Cómo explicarle a un aficionado extranjero en qué condiciones transcurrió la preparación de la boxeadora Dayira Mesa, la badmintonista Taymara Oropesa, la pareja de voleibol de playa Damián Gómez-Eblis Veranes o los equipos de hockey antes de conseguir algunos de los éxitos más espectaculares en la cita múltiple?
Los principios del olimpismo se derrumban ante la impunidad del gobierno estadounidense en su proyección internacional. Casi vuelve imposible la puesta a punto de los competidores de esta nación y luego se guarda el insolente derecho de admitirlos o no en los eventos organizados por ellos.
Únicamente la inmensa fortaleza moral, el talento y el amor han podido sostener el esfuerzo inmenso de cada jornada de entrenamiento, como mismo se mantiene en pie, jornada tras jornada, este pueblo heroico, que ante tamaño castigo colectivo, sin dudas ocupa el escalón más alto en el podio de la dignidad.







COMENTAR
Responder comentario