
Las simbólicas cuatro letras, más allá de simples costuras encima del pecho, penetran hondo en el alma de los amantes del beisbol en esta Isla, incluidos los privilegiados de nacer con las habilidades para ser llamados por esa hermosa palabra, sueño de tantos niños: «peloteros».
Definirlo como deporte jamás bastará para honrar su dimensión: habita cualquier lugar –dentro y fuera de los estadios– y todo tiempo. Sin su esencia de cubanía resultaría imposible entendernos.
Peter Bjarkman, el más consagrado y apasionado estudioso estadounidense de las bolas y los strikes en la Mayor de las Antillas, contó sobre un visitante a quien le advirtieron acerca de las arraigadas creencias de este pueblo. Tras unas horas, concluyó: la religión más grande consistía en los ponches y en los jonrones.
¿Cómo ocurrió ese milagro? ¿De qué manera una importación, a través de un proceso de asimilación transformadora y propositiva, devino signo imprescindible de identidad?
Según establece la investigación nacional, en 1864 los hermanos Nemesio y Ernesto Guillot, junto a Enrique Porto, regresaron de Mobile, Alabama, con implementos enigmáticos.
En un tentador viaje imaginario, los vemos entusiasmados ante la perspectiva de enseñar el descubrimiento en las calles habaneras, pero difícilmente sospecharan que el primer bate poseería el poder de una semilla capaz de desatar el florecimiento de un desierto.
La historia pionera escrita por Wenceslao Gálvez y Delmonte nos permite sentir cómo caló el beisbol en las tradiciones más autóctonas, cuando muchos partidos terminaban con un concierto de danzón.
Además, el país ardía en anhelos libertarios y esta práctica los acompañó, como metáfora frente a costumbres coloniales y con la sangre de varios jugadores que en la Guerra Necesaria convirtieron los golpes por lanzamientos en heridas de balas.
Tras las románticas décadas finales del siglo xix, las exuberantes manifestaciones de patriotismo y nacionalismo en torno a la esfera de 108 costuras experimentaron el fenómeno, referido por Roberto González Echevarría, de la «cotidianeidad asumida».
Nunca decayó la intensidad, gracias al amor hacia los equipos en el diamante y a la apertura –señalada por Félix Julio, Norberto Codina y otros autores–, a través de un entramado de tradiciones y alegorías, a cada rincón de la vida del cubano.
La pelota precisa de las estadísticas, pero a la vez escapa de ellas. La rodea un misterio: la magia para unir tantas frustraciones y esperanzas a lo largo de unas entradas que parecen abolir el tiempo y revelan la existencia en sus niveles más auténticos.
Un templo de proezas y semidioses vestidos de uniforme alimentan este credo, desde el duelo entre La Habana y Matanzas en el Palmar de Junco en 1874, pasando por las victorias contra clubes de las Grandes Ligas, hasta el subtítulo en el Clásico, los lauros olímpicos y mundiales.
Si miramos más allá, contemplamos una realidad: Cuba resulta tan importante para este deporte como viceversa. Con razón, Bjarkman nos calificó «los apóstoles», los padres adoptivos. Cada potencia caribeña tiene una inmensa deuda de gratitud hacia la Mayor de las Antillas.
Sin embargo, cuando la pérdida de calidad y afición amenaza este tesoro, quienes le deben al menos una alegría están llamados a aportar algo por él. Todo cuenta en el fortalecimiento de la pirámide competitiva y en el aprovechamiento de sus posibilidades expresivas.
Una concepción más dinámica del espectáculo en los terrenos, la venta de artículos de las diferentes selecciones, la presencia en la filmografía, los videojuegos, el tan necesario y esquivo Salón de la Fama… cualquier iniciativa representa una valiosa contribución.
El 19 de octubre de 2021 declararon el beisbol Patrimonio Cultural, pero nada significa, por sí sola, esa exaltación. El reto está lanzado como una recta de 100 millas: la bola nunca puede dejar de rodar en el imaginario de la nación.







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Edwin dijo:
1
20 de octubre de 2026
00:52:35
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