
El beisbol cubano despidió este domingo a uno de sus bateadores más virtuosos y respetados. Héctor Olivera González, el hombre que grabó su nombre en la historia al pulverizar por primera vez la barrera de los .400 de average, falleció a los 73 años en su amada provincia de Cienfuegos.
La noticia, que ha sacudido los cimientos de la familia beisbolera en la Isla, fue confirmada por su hijo, el también expelotero de Series Nacionales Héctor Olivera Amaro. Según trascendió, el legendario jugador se encontraba ingresado en el Hospital Universitario Gustavo Aldereguía Lima, donde batalló contra una insuficiencia renal crónica que finalmente apagó su vida.
Nacido en el municipio de Cruces, Olivera González no fue uno más en la época dorada de las décadas de 1970 y 1980. Fue un arquitecto del madero. Durante 13 temporadas, defendiendo las camisetas de Azucareros, Arroceros y Cienfuegos, se erigió como un bateador de tacto exquisito y fuerza respetable, promediando de por vida un soberbio .316.
Su lugar en la inmortalidad lo selló en 1981, durante la vi Serie Selectiva. En aquel torneo firmó una de las hazañas más impresionantes al liderar a los bateadores con un estratosférico promedio de .459. Con ese registro, se convirtió en el primer pelotero en la historia de esos certámenes en quebrar la mítica barrera de los .400, una proeza que hoy sigue pareciendo de otro planeta.
En aquellos años Olivera era pieza fundamental de una alineación que sembraba el pánico en los lanzadores rivales. Junto a nombres de la jerarquía de Antonio Muñoz, Lourdes Gurriel, Pedro Jova y Pedro «Cheíto» Rodríguez, conformó una de las tandas ofensivas más temibles que se recuerden en la zona central del país.
Su paso por la selección nacional fue igualmente brillante. Desde muy joven mostró su temple, integrando con solo 17 años el equipo Cuba que se coronó en el Mundial Juvenil de Maracaibo en 1970. Una década más tarde alcanzó el cénit del beisbol amateur al proclamarse campeón mundial de mayores en el torneo de Tokio-1980, donde la escuadra cubana terminó invicta. En su vitrina también se destaca el subtítulo de la Copa Intercontinental de Edmonton-1981.
Tras su retiro como jugador activo en la campaña 1983-1984, Olivera no pudo –ni quiso– alejarse de los terrenos. Se transformó en un mentor incansable, al dedicar años a la formación de talentos en Cienfuegos como entrenador de bateo, logrando títulos nacionales en categorías inferiores y transmitiendo su sabiduría a las nuevas generaciones.
Su legado no solo quedó en los números, sino también en la sangre: su hijo, Héctor Olivera Amaro, heredó su talento y polivalencia, como una estrella con las Avispas de Santiago de Cuba y el equipo nacional, antes de probarse en el máximo nivel profesional.
La partida de Héctor Olivera González cierra un capítulo doloroso para el deporte nacional en este 2026, año que ha despedido a otros colosos de la estirpe de Lázaro Junco y Elpidio Mancebo.
Hoy, el municipio de Cruces y el beisbol cubano lloran a un hombre que, más allá de sus jonrones y dobletes, fue un caballero del diamante y un ejemplo de constancia. Olivera se marcha, pero sus marcas seguirán ahí, como un faro en la memoria de su pueblo.







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