Cuando Uta Abe cerró su combate en regla de oro y su hermano Hifumi necesitó apenas un minuto para derribar a su rival con un seoi-nage de libro, el Palacio de Deportes de Bakú volvió a rendirse ante la misma estampa que se repite desde hace casi una década: dos hermanos japoneses, de ojos y miradas parecidos, subiendo al podio el mismo día, en el mismo campeonato, en categorías distintas del judo.
Más que coincidencia, es la dinastía de dos hermanos nacidos para deleitar a quienes les gusta el deporte que inventó Jigoro Kano en 1882.
Ese lunes Uta conquistó su sexto título mundial en la división de los 52 kilogramos, nunca ha perdido un combate en un Campeonato del Mundo. Hifumi sumó su quinto cetro planetario en los 66 kilos, superando a leyendas como Yasuhiro Yamashita, con cuatro coronas.
Lo que para cualquier otro judoca sería el punto culminante de una carrera, para los Abe es casi rutina ganar y ganar.
La historia comenzó en Kobe, cuando Uta tenía cinco años y siguió a su hermano mayor al dojo. «Me enamoré del judo el primer día», recordaría ella más tarde. Hifumi, tres años mayor, había empezado antes, atraído por un combate que vio en televisión. Nadie podía imaginar entonces que aquella decisión cotidiana de una familia japonesa daría origen a la pareja de hermanos más laureada de la historia del judo moderno.
El talento de Uta fue precoz y arrollador. A los 15 años ganó el Grand Prix de Düsseldorf y se convirtió en la campeona más joven en la historia del circuito mundial de la Federación Internacional de Judo.
A los 18, en el Mundial de Bakú de 2018, derrotó a su compatriota Ai Shishime y se coronó por primera vez. Ese mismo día, en el mismo recinto, su hermano también ganó el oro. Fue su primera doble coronación mundial. Entonces nadie sospechaba que aquello era solo el ensayo de resultados de alto rango por venir.
El camino de Hifumi fue igual de brillante, pero más tortuoso. Ganó los Mundiales de 2017 y 2018, pero en el de Tokio de 2019 cayó en semifinales ante el compatriota Joshiro Maruyama y solo pudo llevarse el bronce.
Aquella derrota lo empujó a la eliminatoria más cruel que recuerda el judo japonés: dos atletas de élite, compañeros de equipo, amigos, obligados a destruirse mutuamente, tal vez en el combate más largo que haya existido en la casa sagrada del arte marcial nipona.
El 13 de diciembre de 2020 en el Kodokan –el templo fundacional del judo– Hifumi y Maruyama disputaron un combate único, encarnizado, para decidir quién iría a los Juegos Olímpicos de Tokio. Nunca antes Japón había resuelto una plaza olímpica con un solo enfrentamiento.
Tras veinte minutos de tiempo extra, Hifumi conectó un osoto-gari que le dio el waza-ari decisivo. «Ahora puedo decir oficialmente que voy a buscar el oro olímpico junto a mi hermana», declaró entonces. «Como hermano mayor, no podía perder», dijo.
El 25 de julio de 2021, en el Nippon Budokan de Tokio, ocurrió algo que nunca había sucedido en unos Juegos Olímpicos.
Uta Abe salió primero. En la final de los 52 kilogramos se enfrentó a la francesa Amandine Buchard y la venció en el tiempo extra. El pabellón estalló. Media hora después, Hifumi subió al mismo tatami. En la final de los 66 kilogramos se midió al georgiano Vazha Margvelashvili. Ganó.
Por primera vez en la historia olímpica, un hermano y una hermana ganaban el oro el mismo día en pruebas individuales de un mismo deporte.
«Ha sido el día más grande», dijo Hifumi. Uta, todavía con la emoción a flor de piel, apenas pudo articular: «El camino hasta aquí ha sido a veces largo, a veces corto. Gracias al apoyo de mucha gente he podido llegar hasta aquí».
Su entrenador, Kosei Inoue, lo resumió con una frase que se ha convertido en epitafio de aquella jornada: «Él y ella han escrito juntos su propio capítulo en la historia. Estamos asistiendo al nacimiento de dos nuevas estrellas del judo».
NINGUNA DINASTÍA SE CONSTRUYE SIN GRIETAS
En los Juegos Olímpicos de París-2024, Uta Abe llegó como campeona defensora y favorita absoluta, pero en octavos de final cayó ante la uzbeca Diyora Keldiyorova, quien acabaría llevándose el oro y convirtiéndose en la primera campeona olímpica de judo de la historia de su país. Las lágrimas de Uta dieron la vuelta al mundo y se convirtieron en una de las imágenes más dolorosas de aquellos Juegos.
«El dolor de París se transformó, pero no se olvidó», escribió después la Federación Internacional. «Porque los grandes campeones nunca borran sus derrotas».
Casi un año más tarde, Uta reapareció en el Grand Prix de Ulán Bator. Ganó con una autoridad casi insultante y sumó su duodécimo título de Grand Prix en apenas catorce participaciones, algo que ninguna mujer había logrado. La Princesa de Oro estaba de vuelta.
Ahora, en la jornada de Bakú tuvo una simetría casi literaria: los dos hermanos Abe se enfrentaron en sus respectivas finales a dos judocas españoles.
Uta lo tuvo más difícil. Su combate contra Ariane Toro Soler se alargó hasta el tiempo extra y se resolvió por acumulación de amonestaciones de la española. Fue un triunfo de desgaste, de paciencia, de esa capacidad casi sobrehumana que tiene la japonesa para no cometer errores cuando el combate se vuelve un laberinto.
Con este oro, Uta se queda a un solo título mundial del récord absoluto de Ryoko Tani, la legendaria japonesa que ganó siete campeonatos del mundo y dos oros olímpicos (2000 y 2004).
Hifumi, en cambio, resolvió su final contra David García Torné en apenas un minuto. Un seoi-nage explosivo, de los que se enseñan en la academia, y un ippon incontestable. «Sabía que debía ser paciente, sobre todo al principio, construyendo el combate paso a paso», declaró después. «Poder terminarlo a mi manera, con un ippon contundente, hace que la victoria sea aún más especial».
Uta nunca ha ocultado lo que debe a su hermano. «Si no fuera por él, no habría logrado los resultados que tengo hoy», dijo tras Tokio-2020. «Si no fuera por él, ni siquiera sé si habría empezado a practicar judo».
Hifumi siente lo mismo, aunque lo exprese de otra manera. En el Mundial de Bakú de 2018, cuando Uta ganó su primer oro y él aún tenía que disputar su final, declaró: «Mi objetivo no es solo ganar, sino que ganemos los dos. Después de que mi hermana se llevara el título, salí a mi combate con una determinación aún mayor».
Tienen una costumbre que ya es casi superstición: no miran las finales del otro. Lo han confesado en varias ocasiones. Pero cuando se confirma el oro, rompen el protocolo y se funden en un abrazo o se dan un beso en el podio, ante la mirada enternecida de todo el pabellón.
En la rueda de prensa de Bakú, Uta dejó caer una cifra que sonó a desafío: ganar diez campeonatos del mundo. Tiene seis y su hermano cinco. «Queremos sumar veinte títulos mundiales entre los dos».
¿Profecía, entonces? Si por profecía se entiende el anuncio cierto de lo que va a ocurrir, esto se parece más a una declaración de guerra contra sí mismos.
Veinte títulos mundiales entre dos hermanos es una cifra que jamás ha existido, pero los Abe ya han demostrado que son especialistas en hacer lo que nunca antes había ocurrido: cuatro veces han ganado el mismo día, en el mismo Mundial, en categorías distintas.
Para cualquier otro deportista, semejante objetivo sería una fantasía. Para los hermanos Abe, nadie se atreve a dudar. Uta tiene veintiséis años; Hifumi, veintinueve. Los Juegos de Los Ángeles están a dos años. En su deporte, siguen siendo jóvenes.
«Ahora vuelvo a llevar la insignia dorada y roja en la espalda, y quiero conservarla», dijo Hifumi tras su victoria en Bakú. «Por delante hay otros Juegos Olímpicos y más Mundiales. Quiero ganarlos y seguir demostrando que estoy en el más alto nivel».
Sobre el tatami de Bakú, Uta sonreía con esa serenidad que la caracteriza, una alegría sin estridencias, casi monástica. «Estoy contenta de haber ganado mi sexto título», dijo. Y puso un pero: «Sé que el verdadero reto siempre está en el próximo combate».
Y así, una vez más, los hermanos se marcharon de un campeonato del mundo con dos medallas de oro colgadas del cuello y una certeza inquietante para sus rivales: todavía no han terminado.







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