ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El bateo no pudo responder ante oponentes de nivel, incluso contra Alemania. Foto: WBSC

El resultado duele, pero no debería sorprender. La eliminación de Cuba en la fase de grupos de la Copa Mundial de beisbol Sub-15, firmada tras caer sorpresivamente ante Alemania en suelo mexicano, dejó una estela de desazón y debate.

Se trata, en términos numéricos, de la actuación más discreta de un representativo nacional en la historia de estas lides. Sin embargo, reducir el análisis a la pizarra o buscar culpables dentro del dugout sería una equivocación tan injusta como errónea.

Sentir pena por este grupo de adolescentes es un sentimiento natural. Esos muchachos salieron a defender la camiseta con el ímpetu, el deseo y la pasión que históricamente ha caracterizado al pelotero cubano. El problema es que, en el alto rendimiento contemporáneo, la voluntad –por más pura y desbordante que sea– dejó de ser suficiente para ganar partidos.

El beisbol no se aprende únicamente repitiendo movimientos sobre un terreno de práctica; se aprende jugando. Y esa fue la gran carencia con la que Cuba se presentó en Mérida.

La dura realidad económica del país provocó, nuevamente, la suspensión del campeonato nacional de esta y otras categorías, privando a este colectivo de la herramienta más elemental en el desarrollo de un atleta: el kilometraje competitivo.

Nuestra selección acudió a una cita ecuménica alimentada exclusivamente de sesiones de entrenamiento concentrados por un largo periodo, estrategia utilizada por enésima vez por la Federación Cubana que sigue sin arrojar los resultados esperados.

Es verdad que la práctica diaria perfecciona la mecánica del swing, afina el control de los lanzadores y automatiza los desplazamientos a la defensa. Pero la práctica es un ambiente controlado, un simulacro sin consecuencias.

Ninguna práctica, por rigurosa que sea, es capaz de reproducir la presión real de un conteo de tres y dos con las bases llenas en la última entrada, la responsabilidad de sostener una ventaja mínima ante un estadio enardecido, o la fortaleza mental que se requiere para reponerse de un error a la defensa en el siguiente turno al bate.

El oficio no se enseña en la pizarra; se adquiere acumulando errores, aciertos y decisiones bajo tensión en juegos oficiales.

Mientras nuestros peloteros sumaban horas de gimnasio y repeticiones en el terreno, sus rivales internacionales llegaban a México tras haber disputado decenas de partidos en sus ligas locales, torneos regionales y circuitos de desarrollo.

Cuando Cuba enfrentó a selecciones como Japón o incluso a un beisbol emergente como el alemán, la diferencia no estuvo en el talento natural, sino en el ritmo competitivo. Frente al imprevisto y la presión, el equipo que juega seguido reacciona por instinto; el que solo entrena se paraliza o vacila.

No se le puede exigir madurez táctica ni cabeza fría en momentos de presión a un adolescente a quien no se le brindó la oportunidad de equivocarse previamente en un campeonato nacional. Exigir resultados a estos muchachos bajo tales condiciones es pedir un milagro.

El beisbol cubano atraviesa una crisis compleja donde intervienen múltiples factores materiales y estructurales, pero el principio básico sigue siendo el mismo: para formar competidores hay que competir.

Si aspiramos a que Cuba vuelva a ser una potencia en las categorías de desarrollo, la prioridad absoluta tiene que ser rescatar los torneos domésticos de base, sin importar las fórmulas logísticas que se deba inventar.

El talento en nuestras tierras sigue naciendo de forma silvestre, pero sin el fuego de la competencia real se apaga ante la primera tormenta. La amarga experiencia de Mérida no debe servir para señalar a una generación de peloteros, sino como un llamado de atención urgente: sin juego diario, el futuro de nuestro beisbol seguirá en pleno retroceso de sus resultados.

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