
Idorys Díaz León es un nombre menos conocido de la esgrima cubana en la década dorada de 1990, pero sus méritos deberían reservarle un espacio de mayor protagonismo. El arma de sus evocaciones intenta ahuyentar la pátina del olvido y mostrar el brillo de su historia.
La habanera, nacida en el municipio de Diez de Octubre el 6 de diciembre de 1974, realizó una carrera muy estable. «Coqueteaba con los podios y las medallas: obtuve bronce escolar en 1987, cuando aún pertenecía a la edad pioneril, y jamás perdí.
Después gané casi siempre en el juvenil y la primera categoría.
«Hilvané una cadena de ser elegida la Novata de la temporada y luego la más destacada, por lo cual ya representaba la selección nacional absoluta desde la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético».
Alcanzó onceno lugar, al sufrir revés con una italiana, en el Mundial para Cadetes y Jóvenes de 1989, celebrado en Portugal. Conquistó la corona panamericana juvenil desde 1991 hasta los dos años siguientes, en su especialidad del florete.
«En el segundo de esos tres torneos me brindaron la oportunidad de medirme también en el conjunto de espada, para sumar más preseas, y ganamos.
Asimismo, fui bicampeona en estafeta, combinado formado con el mejor exponente de cada arma en uno y otro sexo».
Sus mayores alegrías ocurrieron en los Juegos Panamericanos de Mar del Plata-1995, pues triunfó en la modalidad colectiva: «Mi gran equipo de florete fue el único femenino clasificado a unos Juegos Olímpicos y asistimos a Atlanta para una exhibición, pero el presupuesto nos impidió lidiar en el evento».
Confiesa haber disfrutado, sobre todo, buenos momentos, al luchar siempre por su país, pero en el certamen argentino enfrentó un instante que casi significa el último, durante la contienda individual.
«Allí caí 15-14 en la final ante la estadounidense Ann Marsh, tras vencer a su compatriota Felicia Zimmermann. Previamente, en la disputa del acceso a las semifinales, la china nacionalizada canadiense Jujie Luan me atravesó y por nada no me mata, pero entonces habíamos adquirido excelente protección.
«Solo pudo pasarme la primera chaqueta, y la segunda, más o menos, aunque me generó una fisura importante en una costilla que me ha obligado a cuidarme el flanco izquierdo».
Ese propio año volvió a discutir un lauro, el de la Copa del Mundo Villa de La Habana, cedido a manos de la francesa Laurence Modaine-Cessac. «A esa justa venían grandes exponentes porque otorgaba puntos dobles para el ranking».
De igual manera, probó su talento en el Mundial Universitario de 1997, «en el cual logré un buen resultado debido a que ya competían más de 200 naciones tras la desintegración de la Unión Soviética».
Esa disciplina de combate vivió en la Isla un siglo xx extraordinario, iniciado con el inigualable Ramón Fonst y cerrado con luminarias como Zuleidis Ortiz, Miraida García, Rolando Tucker y Elvis Gregory. Sin embargo, en la presente centuria todo cambió, sucedió una desaparición de los principales medalleros del orbe.
Al respecto, la máster en Actividad Física Comunitaria y en Investigaciones Biomédicas considera: «La tecnología ha entrado en los deportes para su mejoramiento, pero a nosotros nos cuesta porque la esgrima es netamente tecnológica, por el armamento puedes perder.
«Ese elemento ha atentado, junto a la economía: un sola vestimenta de un atleta sobrepasa los 2 000 dólares, y necesitan varias para los certámenes.
Además, las figuras se han ido, lo cual rompió la cadena de desarrollo.
«En América éramos reyes absolutos. Tenemos que empezar de cero, volver a imponernos en nuestro terreno y luego reconquistar otros escenarios.
Carecemos del dinero para viajar a Europa, donde se encuentra la posibilidad de recuperar poco a poco nuestro nivel; eso es bien costoso, ahora el doble».
Idorys Díaz León, artífice de la gloria y el reconocimiento merecido por la esgrima de la Mayor de las Antillas en su última época dorada, nunca abandona el anhelo de que surjan más historias como la suya.






COMENTAR
Responder comentario