ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El fútbol forma parte del plan imperialista para hacer olvidar el genocidio, pero alrededor del terreno hablan las ruinas. Foto: Omar Al-Qatta

La imagen era perfecta para los titulares. En la sala del U.S. Institute of Peace, en Washington, Gianni Infantino, presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), se cubría con una gorra roja de «usa» mientras anunciaba 75 millones de dólares para construir cinco canchas, una academia y un estadio para 20 000 aficionados en Gaza.

A su lado, Donald Trump bendecía el proyecto: «Cada dólar gastado es una inversión en la estabilidad y en la esperanza de una región nueva y armoniosa». La Junta de Paz, dijo, demostraba «cómo se puede construir un futuro mejor».

El fútbol crea realidades paralelas, pero Gaza se empeña en ser más cruda que cualquier ficción. Mientras en Washington se diseñaban los planos, en los hospitales de la Franja los médicos operaban sin anestesia a niños cuyos cuerpos habían sido convertidos en escombros por la guerra.

Según apuntó la Organización Mundial de la Salud (OMS) a finales de 2025, más de 42 000 de los 172 000 heridos desde octubre de 2023 habían sufrido lesiones invalidantes. Una cuarta parte son menores: unos 10 000 niños con discapacidades permanentes. Save the Children elevaba la cifra de menores heridos a cerca de 40 000, muchos sin extremidades, sin vista, sin movilidad.

Gaza alberga «la mayor cohorte de niños amputados de la historia moderna». Solo en las diez semanas posteriores al 7 de octubre, más de mil niños perdieron una o ambas piernas. «La tasa más alta de amputaciones infantiles del mundo», confirma la Universidad Americana de Beirut.

Los que sobreviven no siempre pueden celebrarlo. Ahmed, de diez años, jugaba en la calle cuando una bomba le destrozó las piernas. Ahora espera una prótesis que la OMS admite que es casi imposible de conseguir: los centros de rehabilitación no funcionan y el acceso al equipamiento básico está bloqueado.

La mayoría de estas heridas, que deberían ser tratables, se convierten en condenas de por vida. Tener una discapacidad en Gaza, además, multiplica el riesgo de morir sin ser tratado adecuadamente.

La paradoja se profundiza cuando se recuerda el contexto. El mismo día en que Trump hablaba de paz, advertía a Irán: «Si están tratando de rearmarse, los noquearemos sin piedad». Su estrategia de «paz coercitiva» vincula la estabilidad de Gaza con la neutralización de Teherán, ignorando la raíz del conflicto.

Así, perpetúa las condiciones para que niños como Rateb Abu Qleeq, de nueve años, vean su futuro desvanecerse. Su primo Ahmed le fabricó una prótesis con un tubo para que pudiera volver a jugar. Esa no es una solución: es un diagnóstico.

El proyecto de la FIFA promete un estadio para 20 000 personas. Pero, ¿con qué piernas jugarán los niños amputados? ¿Con qué ojos verán el partido si han perdido la vista?

La inversión no es para los niños que sufren la guerra, sino para el simulacro de una paz que no existe. Mientras la ayuda para la rehabilitación sigue bloqueada, el fútbol se convierte en el decorado de una tragicomedia global, en la que los heridos son el único público al que no se le ha pedido su opinión.

Desde Washington, la «paz» tiene nombre de estadio. Desde Gaza, la «esperanza» tiene forma de muleta improvisada. El gol, para los niños de la Franja, se sigue marcando en la propia puerta.

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