ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Las restricciones migratorias de Estados Unidos atentan contra el carácter universal de la lid. Foto: AP

Hay mundiales que pasan a la historia por un gol, una atajada o una polémica. El de 2026, sin embargo, ya era histórico antes de patearse el balón.

Por primera vez tres países organizan la Copa del Mundo, una fiesta que crece hasta las 48 selecciones y promete ser el escenario más ambicioso jamás construido para el fútbol. Más allá del despliegue logístico y las cifras, lo que realmente atrapa la atención son las historias humanas que se cruzan en ese tapiz de 16 ciudades.

La geografía del poder en el fútbol muestra síntomas de cambio. Uruguay, la cuna de la garra, arrastra horas bajas. Alemania, sinónimo de eficiencia, busca recomponerse después del fracaso en Catar y Rusia. Brasil, el pentacampeón que vive obsesionado con el hexa, sigue buscando su identidad entre el «jogo bonito» y la pragmática europea.

Mientras tanto, los favoritos hablan con títulos recientes: Argentina llega con la estrella de 2022, Francia con su poderío físico, y España con su torrente de jóvenes talentos.

Estados Unidos, Canadá y México completan la triada anfitriona. El primero aporta su innegable poderío organizativo, aunque con una sombra que empaña el discurso de la inclusion, bajo el lema «El fútbol une el mundo».

Hinchas de al menos 12 territorios –Afganistán, Myanmar, Chad, República del Congo, Guinea Ecuatorial, Eritrea, Haití, Irán, Libia, Somalia, Sudán y Yemen– no podrán pisar suelo estadounidense por la negación de sus visas.

Por ejemplo, el árbitro de uno de esos lugares de origen «prohibido», el somalí Omar Artan, fue expulsado de la magna justa, debido a «presuntos vínculos terroristas», por quienes se arrogan el derecho de llevar la infundamentada lista de Estados patrocinadores de ese flagelo.

En compensación, la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) le pagará su salario completo del torneo y el organismo rector europeo lo designó para pitar la final de su Supercopa de clubes entre el París Saint-Germain y el Aston Villa, el 12 de agosto, en Salzburgo.

Sin embargo, así como para los jugadores el certamen planetario resulta la máxima aspiración, también ocurre en el caso de los colegiados, por lo cual esos beneficios mencionados apenas constituyen un pequeño consuelo ante la inmensa desazón de su veto.

En definitiva, el equipo iraní decidió medirse en la contienda, pero en condiciones muy adversas en comparación con los demás combinados, que aumentarán notablemente el desgaste y reducirán las posibilidades de recuperación: debe entrar y salir de Estados Unidos los mismos días de sus duelos. Además, competirá con escaso acompañamiento, producto de las restricciones para sus hinchas.

El ensañamiento por motivos políticos también alcanza a directivos como Jibril Rajoub, el presidente de la Federación Palestina de Fútbol, que se quedó varado en México, a la espera de una autorización para visitar el «vecino» del Norte.

Los problemas igualmente afectan a decenas de periodistas acreditados, sobre todo iraníes y africanos, quienes ven diluida la ilusión de cubrir el evento.

Mientras, los colegas hispanohablantes que consiguieron entrar al territorio mundialista soportaron la humillación de no poder preguntar en las ruedas de prensa en su lengua materna. La FIFA ya corrigió esa ridícula medida, pero brinda un ejemplo más de cuánto la realidad contradice la hermosa frase «El fútbol une el mundo».

Este deporte, al fin y al cabo, es un idioma que entienden todos los pueblos. Y el mundo entero, con equipos en lidia o no, se da cita en Norteamérica para recordarnos que, debajo de las diferencias, solo hay una pelota rodando y 11 contra 11 que quieren llegar a la gloria.

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