Solo mostré desacuerdo con Julio Cortázar una vez, cuando leí «El noble arte», publicado en La vuelta al día en ochenta mundos. El gran aficionado al boxeo expuso, según su criterio, la muerte de ese deporte, y remató su análisis así: «El resto fue y sigue siendo entropía: cf. ese triste mamarracho que hasta escribe versos, Casius Clay».
Sin embargo, comprendo al autor porque de aquel pugilista saltaban, a primera vista, una irreverencia y un ego desmedidos, aunque bien asentados en su desempeño encima del cuadrilátero. Probó la gloria olímpica en Roma-1960 y conquistó el estrellato profesional tras un cuatrienio, aquel 25 de febrero.
A los 22 años bailó como una mariposa y picó cual avispa al gigante Sonny Liston, para arrebatarle el título planetario de la división pesada. Previamente alardeó sobre la posibilidad de noquearlo en el octavo asalto y equivocó sus pronósticos, pues un round antes fulminó a su oponente, en una de las mayores sorpresas de la historia.
Al festejo de su corona asistió Malcom X. Dos días más tarde la celebridad anunció su afiliación a la Nación del Islam y luego rechazó su nombre –vestigio de una familia esclavizada– por el musulmán de Muhammad Ali.
En nueve ocasiones defendió su faja y solo se la robaron en 1967, tras iniciar su combate más valiente, al plantar su negativa al reclutamiento por el ejército estadounidense y recibir una condena de un lustro por evadir la Ley del Servicio Selectivo.
«No volaré decenas de miles de kilómetros desde aquí para ayudar a asesinar a otras personas pobres, simplemente para continuar la dominación de los esclavistas blancos (…) los enemigos reales de mi gente están justo aquí, no en Vietnam», expresó, con la convicción de conectar el golpe más certero de su vida.
También utilizó su influencia para enfrentar un fenómeno formado por la combinación siniestra entre el racismo y el fascismo: el Apartheid. Trasladó mensajes de paz en las Naciones Unidas, pues, más allá de la dureza de sus puños, creyó que «Un hombre es su corazón».
La Corte Suprema anuló la sentencia en su contra en 1971. Una década después de su primer trofeo en el ámbito rentado recuperó su trono ante George Foreman y lo mantuvo en Filipinas al año siguiente, sobre el retador Joe Frazier.
Siempre nos quedó el deseo y la curiosidad por aquel mítico duelo frente a Teófilo Stevenson, pero más adelante unieron sus manos en el abrazo de los grandes amigos, e incluso intercambiaron sparrings con guayaberas. Asimismo, resulta inolvidable la escena en la cual Fidel Castro le coloca su brazo derecho en el mentón.
En 1984 recibió el diagnóstico de un rival silencioso y devastador: el síndrome de Parkinson pugilístico. Lo arrostró lleno de valor hasta el campanazo final, escuchado por todos salvo él, en un hospital de Phoenix, Arizona, el 3 de junio de 2016.
Cuando la épica confrontación con Foreman, el público de Zaire gritaba enloquecido «Ali, bumaye» (mátalo). José María Memet, el gran poeta de los deportistas proscritos, tituló una de sus más entrañables obras con esa frase.
«Ali fue un poeta,/ cambió el lenguaje de la tribu,/ a los otros nadie los recordará.// Nosotros lloraremos a Ali/ hasta el fin de la historia,/ generación tras generación/ daremos la pelea.// Los pobres de la tierra/ por doquier contra el racismo./ Los muros que segregan/ no deben existir.// Y aunque te quiten la corona mil veces,/ todos sabemos que Ali,/ es el único campeón».







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