ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Lázaro Junco llevó a otra dimensión la fuerza en la pelota cubana. Foto: Ricardo López Hevia

No hay sonido más huérfano en un estadio de beisbol que el silencio del madero que no volverá a tronar. Este 1ro. de junio la mítica caja de bateo del estadio Victoria de Girón se quedó definitivamente vacía de su inquilino más temido.

Lázaro Junco, el hombre que enseñó a la afición cubana a mirar al cielo para buscar la pelota, ha emprendido su viaje definitivo tras batallar, con la hidalguía de un titán, contra una implacable enfermedad.

Nacido en la fértil tierra beisbolera de Limonar, Junco reescribió el beisbol con la brutalidad de su swing. Fue él, con su imponente anatomía y unas muñecas de acero, el primer mortal en derribar la mítica muralla de los 400 cuadrangulares en los campeonatos cubanos, deteniendo su cuenta histórica en 405 estacazos de vuelta completa.

Despachó parábolas perfectas que desafiaban la gravedad y hacían delirar a una fanaticada que aprendió a venerarlo vistiendo las camisas de Occidentales, Citricultores, Henequeneros y los Cocodrilos de Matanzas. Cada jonrón suyo era un acontecimiento social, un fogonazo de júbilo que paralizaba la provincia.

Sin embargo, «Papá Jonrón» –como cariñosamente lo bautizó el argot popular– trascendió la fría tiranía de los números, por su inmensa calidad humana. Era un gigante noble.

Recorría las bases con una parsimonia casi litúrgica, como si no quisiera herir el orgullo del lanzador derrotado. En las peñas deportivas de Matanzas no hacía falta pronunciar su apellido; decir «Junco» bastaba para evocar las tertulias más apasionadas del territorio yumurino.

LA RESISTENCIA FUERA DEL TERRENO

Cuando la salud comenzó a jugarle en contra y el destino le colocó delante el más duro de los diagnósticos, el slugger no dejó caer los hombros. Enfrentó los quirófanos, las terapias y las noches en vela, con la misma entereza con la que asumía un conteo adverso de dos strikes en el noveno inning.

Mientras las fuerzas se lo permitieron, se le vio sentado en la grada del Victoria, contemplando en silencio el juego de las nuevas generaciones. Porque un jugador de su calibre puede colgar los arreos, pero el alma de un pelotero jamás abandona el terreno de sus glorias.

Matanzas anochece con un nudo en la garganta. En los portales coloniales y en las esquinas calientes las discusiones habituales sobre tácticas y alineaciones han dado paso a un silencio respetuoso.

Los más veteranos rememoran con nostalgia aquel célebre batazo contra Industriales en la temporada de 1992, o el día que descifró la velocidad supersónica de Pedro Luis Lazo. Junco poseía ese don escaso de los elegidos: lograba que el adversario, en un gesto de pura caballerosidad, se quitara la gorra y aplaudiera.

Su ingreso al templo de los inmortales del beisbol cubano no requirió la firma de un comité de expertos ni de rigurosas votaciones; fue expedido directamente por el clamor y la memoria de su pueblo. Su número de camiseta, el 32, aquel que defendió con tanta garra, queda ahora como una reliquia sentimental para la provincia.

Descansa en paz, coloso de Limonar. Gracias por enseñarnos que el poder más arrollador y la humildad más sincera pueden habitar en el mismo uniforme. La pelota blanca que tantas veces enviaste a las nubes hoy parece un sol lejano, pero tu huella, profunda como tus conexiones, se queda grabada para siempre en la arcilla del corazón de Cuba.

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Carlos dijo:

1

2 de junio de 2026

14:32:50


Junco fue un gran pelotero y una gran persona. Muy bueno el artículo.